Antonio Mercader
Antonio Mercader

Estar donde se cocina el bacalao

El voto uruguayo en el Consejo de Seguridad de la ONU contra los asentamientos de Israel en territorio palestino ocupado replanteó el debate sobre si conviene que nuestro país asuma funciones internacionales de relevancia.

El voto uruguayo en el Consejo de Seguridad de la ONU contra los asentamientos de Israel en territorio palestino ocupado replanteó el debate sobre si conviene que nuestro país asuma funciones internacionales de relevancia.

Los partidarios de abstenerse y eludir compromisos de ese tipo dicen que la dura protesta israelí por el voto uruguayo muestra los riesgos causados por participar en organismos tan importantes como el Consejo de Seguridad.
Dicen que lo mejor es quedarse en casa para evitar líos.

Los abstencionistas se equivocan. Más allá del juicio que se tenga sobre ese voto nuestra presencia en el Consejo sigue una línea tradicional de la política exterior uruguaya basada en un principio: que países como el nuestro que no pueden gravitar por su tamaño, población o poder material necesitan del multilateralismo para emparejarse con los grandes, algo que no se logra solo con relaciones bilaterales. En organismos internacionales Uruguay tiene voz y voto (aunque no veto en el caso del Consejo) al igual que las potencias.

Esa política tradicional de gravitar fronteras afuera nos indujo a convertirnos en sede de instituciones multilaterales como Mercosur y Aladi tras grandes trajines para que se radicaran en Montevideo. La misma idea alentó otras iniciativas para levantar cabeza ante el mundo entre ellas la resonante “Ronda Uruguay” del GATT celebrada en Punta del Este en 1986 a fin de negociar la política de aranceles y la liberalización de mercados. Para un país que salía de una dictadura aquel encuentro de un centenar de países realizado tras una década de aislamiento nos volvió a poner en el mapa.

Con la tesis abstencionista habría sido mejor no ser sede de nada ni organizar la “Ronda Uruguay” ni otras grandes citas multinacionales por los riesgos que ello entraña, con lo cual hubiéramos perdido oportunidades históricas de dar a conocer las virtudes del país como ocurrió, por citar un solo ejemplo, con la conferencia general de Unesco que sesionó en Montevideo -única vez que lo hizo en América del Sur- en los años 50.

Siempre fue bueno estar donde se cocina el bacalao.

De haber triunfado los abstencionistas no hubiéramos aportado nuestros soldados a los “cascos azules” de la ONU desde hace más de medio siglo. Una tarea en la que actuaron miles de militares compatriotas, algunos de los cuales perecieron en tierra extranjera en defensa de las mejores causas. ¿Alguien se atrevería a decir que lo mejor era encerrarse entre fronteras y restarle apoyo a las misiones de paz porque los riesgos y acechanzas son enormes?

Como es natural, nuestro delegado en el Consejo de Seguridad, Elbio Rosselli, un curtido diplomático, no comparte “la actitud del no te metas” y explica que hay que estar allí “haciendo oír la voz de un país que tiene autoridad moral y política para dar sus opiniones al mundo”. Así es. Negarse a ocupar uno de los 15 sillones del Consejo hubiera sido una reacción de país achicado, medroso e incapaz de asumir responsabilidades en la escena internacional. La cancillería hizo bien en aceptar el cargo sin considerar las quejas de los abstencionistas partidarios de una actitud de resignación y prescindencia que equivaldría a condenar al Uruguay al ostracismo.

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