Ana Ribeiro
Ana Ribeiro

Nuestros muros

En 1996 la Asamblea General de las Naciones Unidas determinó que el 16 de noviembre de cada año se celebraría el Día Internacional para la Tolerancia. Una fecha que responde a los problemas de nuestro tiempo: migraciones, xenofobias, enfrentamientos religiosos, minorías étnicas y sexuales, miedo, inferiorización y rechazo del otro. Uruguay, forjado como un caldero fundente de gallegos, italianos, franceses, turcos, parece estar a salvo de muros. Somos tolerantes. ¿Somos...?

En 1996 la Asamblea General de las Naciones Unidas determinó que el 16 de noviembre de cada año se celebraría el Día Internacional para la Tolerancia. Una fecha que responde a los problemas de nuestro tiempo: migraciones, xenofobias, enfrentamientos religiosos, minorías étnicas y sexuales, miedo, inferiorización y rechazo del otro. Uruguay, forjado como un caldero fundente de gallegos, italianos, franceses, turcos, parece estar a salvo de muros. Somos tolerantes. ¿Somos...?

La tolerancia es la capacidad de aceptar y entender todo aquello que se concibe como diferente y tiene varias capas que la constituyen.

En primer lugar, la tolerancia civil, que refiere a las normas legales que una comunidad determinada se da a sí misma, estableciendo obligaciones y prohibiciones a todos sus miembros. En Uruguay ha aumentado el número de quienes desconocen las reglas, a la vez que el Estado incrementa sus intervenciones en los espacios antes considerados privados: cuánto se pone de sal en un plato o qué hace cada uno con su dinero, ahora, son asuntos en los que el Estado interviene. Estas medidas, que infringen libertades ciudadanas, no logran, sin embargo, abatir los índices de delincuencia.

En segundo lugar, la llamada “tolerancia de clase”, en la cual hemos menguado nuestro puntaje, porque las escuelas y barrios son menos integradores, porque se han territorializado tanto la riqueza como la pobreza.

En tercer lugar, la tolerancia sexual, en la cual se registra el avance de los “nuevos derechos”. Conquistas registradas también en el terreno de la tolerancia racial, mediante el mecanismo de la cuotificación en empleos estatales y otra serie de medidas de amparo. Inseparable de esta última es la tolerancia religiosa, en la cual conservamos el perfil de fuerte anticlericalismo del batllismo, pero con el agregado de otros cultos y de un clima new age de pluralidad espiritual.

Por último, la tolerancia de las ideas. Allí, en la columna vertebral del concepto tolerancia, es donde radican nuestros mayores problemas. Intolerancias al otro por pertenecer a determinado cuadro de fútbol; intolerancia de algunos hacia quienes tienen dinero y marcan sus espacios con símbolos de estatus económico; tristemente correspondida con la intolerancia hacia el que tiene las marcas de la pobreza en sus espacios vitales, actitudes e indumentaria. Intolerancia al otro en política, negando el valor del adversario, las reglas de la escucha y la confrontación de ideas.

Se me dirá que tenemos reservas morales en ese aspecto, que aún conservamos recursos de un ejercicio democrático fuerte y sostenido. Es cierto, los tenemos, pero no caben dudas de que declinamos en el valor de las polémicas y en el respeto hacia el contrincante.

Tampoco cabe dudar de la caja de resonancia que los medios informáticos le han dado a esa actitud de lobos esteparios que es parte de la condición humana. Internet nos ha hecho más intolerantes, porque si bien nos da la posibilidad de abrirnos a todos los “otros” posibles, paradójicamente, asistir al show infinito de egos que se desnudan on line ha desatado nuevas formas de impunidad y agresividad.

Linchamos on line. No hemos ganado en tolerancia en esos tejidos sociales virtuales, sino todo lo contrario.

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