ANÁLISIS

Vladimir Putin y el miedo al cambio

Vladímir Putin ha convertido el plebiscito sobre la reforma constitucional en un referéndum acerca de su figura.

Vladimir Putin anunció referéndum para reformar la constitución. Foto: Reuters
Vladimir Putin. Foto: Reuters

Al anunciar su disposición de seguir en el Kremlin hasta 2036, el presidente ruso, Vladímir Putin, ha convertido el plebiscito sobre la reforma constitucional en un referéndum acerca de su figura. “Como ustedes, queridos amigos, decidan, como ustedes voten el 22 de abril, así será”, dijo Putin al intervenir ante la Duma (Cámara de Diputados).

Es decir, si los rusos apoyan las enmiendas constitucionales, muchas de las cuales son meramente superfluas -la fe en Dios, la prohibición de ceder territorio, la indexación de pensiones o el matrimonio heterosexual- Putin se sentiría legitimado para optar a un nuevo mandato presidencial.

Putin apela principalmente al voto del miedo, el miedo al cambio entre los rusos. El cambio son las nuevas tecnologías, el liberalismo democrático, la relatividad moral, las minorías sexuales o la historiografía occidental. Cualquier pequeño cataclismo trae a la memoria de los rusos los “salvajes” años 90, cuando la desintegración de la URSS los convirtió de la noche a la mañana en ciudadanos de segunda.

Y es que el Kremlin ha apostado abiertamente por el aislamiento. Una especie de nueva autarquía que reduce la dependencia de Rusia de los mercados y las divisas occidentales, y, siguiendo la senda china, intenta romper lazos con internet, con la opción de desconectarse de la red mundial.

Lo dijo el propio Putin: ni el coronavirus -Rusia fue la primera en cerrar las fronteras con China- ni la caída de los precios del petróleo o los vaivenes del rublo amenazarán la soberanía nacional o alterarán la estabilidad que él trajo cuando llegó al poder hace veinte años y que algunos llaman abiertamente “anquilosamiento”.

Las dos cámaras del Parlamento ruso, la Duma y el Senado, aprobaron sin apenas debate la reforma constitucional. Ahora, sólo falta que los rusos acudan a las urnas.

La elegida para presentar la enmienda constitucional que permitirá a Putin seguir en el Kremlin fue la primera cosmonauta de la historia, Valentina Tereshkova, figura que representa el orgullo soviético y la lealtad a la Rusia de Putin. “El que decidirá será el pueblo”, proclamó.

No es del todo así, ya que Putin no ha convocado un referéndum, sino un plebiscito, opción que la oposición liberal ha considerado más propio de una dictadura que de una democracia.

Putin lo tiene fácil, ya que un plebiscito no exige un mínimo de votantes para que la reforma sea aprobada. Todo lo contrario que un referéndum. El único obstáculo en el camino de Putin es el Tribunal Constitucional (TC), que debe dar el visto bueno a la reforma después de que sea aprobada por las asambleas legislativas regionales. Los analistas lo dan por hecho, aunque existe un precedente en el que el TC rechazó la posibilidad de que Boris Yeltsin se presentara a un tercer mandato, tras lo que cedió el poder a Putin. Fue en 1998, aunque la Constitución del 93 se aprobó en el primer mandato de Yeltsin.

Las redes sociales arden desde que Putin anunciara sus planes. Unos recuerdan que, mientras la incipiente democracia postsoviética pereció con el cañoneo del Parlamento (1993), la putinista murió definitivamente “entre aplausos”. “Eso sí que da miedo y no el coronavirus”, comentan algunos.

A la oposición solo le ha quedado la opción de montar piquetes frente al Parlamento. Así de solos están los que se oponen a que Putin se perpetúe en el poder.

“Mañana son las elecciones anuales del Benefactor. Mañana le entregaremos las llaves de la fortaleza inquebrantable de nuestra felicidad”, dice el libro Nosotros de Yevgueni Zamiatin, considerada la precursora de 1984 de George Orwell.

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