CAMBIO PROFUNDO EN CHINA

Vía libre para ejercer todo el poder

Mandato ilimitado otorgado a Xi Jinping en China tiene impacto mundial.

Xi Jinping por Arotxa
Xi Jinping por Arotxa

Hubo una época, hace no mucho tiempo, en la que, si un líder chino se proclamaba mandatario de por vida, habría desatado la condena internacional por rebelarse en contra de la tendencia mundial hacia una mejor democracia. En la actualidad, ese tipo de acción está en total concordancia con las que muchos países han tomado en la dirección contraria.

La revelación sorpresiva de que el Partido Comunista busca abolir los límites constitucionales sobre los periodos presidenciales —lo cual permite de forma efectiva que el presidente Xi Jinping gobierne China de forma indefinida— fue la última señal y tal vez la más importante de la inclinación definitiva que ha tomado el mundo hacia los mandatos totalitarios, los cuales suelen basarse en el ejercicio del poder altamente personalizado.

En la lista se encuentran Vladimir Putin de Rusia, Abdel-Fattah el-Sissi de Egipto y Recep Tayyip Erdogan de Turquía: todos prácticamente han dejado de fingir que gobiernan de acuerdo con la voluntad de la gente. El autoritarismo también está reapareciendo entre otros lugares en Hungría y Polonia, países que hace apenas un cuarto de siglo se liberaron de los grilletes de la opresión soviética.

Hay muchas razones para que Xi y los demás tomaran estas decisiones —entre ellas, proteger su poder y sus ventajas en una época de intranquilidad, terrorismo y guerra amplificados por las nuevas tecnologías—, pero una importante es que pocos países ocupan el lugar o tienen la autoridad, moral o de otro tipo, para manifestar su oposición; Estados Unidos sería el que menos podría hacerlo, aseguran los críticos.

"Es decir, ¿quién lo va a castigar a nivel internacional?", cuestionó Susan L. Shirk, la presidenta del Programa de China Siglo XXI de la Universidad de California, campus San Diego.

Contagio.

Shirk y otros expertos describieron esta "restitución autoritaria" como un contagio global que ha socavado la fe pertinaz según la cual crear democracias liberales y economías de mercado era el camino más seguro hacia la prosperidad y la igualdad.

"Hace 30 años, con lo que hizo Xi, con lo que Erdogan ha hecho, habría habido una cascada de inquietud a nivel internacional: Se están desviando del objetivo, etc.", señaló Michael A. McFaul, un politólogo y diplomático quien, antes de ser embajador de Estados Unidos en Moscú de 2012 a 2014, escribió de manera extensa sobre la construcción de las democracias. "Nadie está argumentando de esa forma en la actualidad, mucho menos Trump", añadió McFaul.

Casi nadie habría descrito a China como una democracia genuina antes de la última medida, la cual se anunció sin fanfarrias hace una semana; el país no ha dejado de ser un Estado unipartidista con un amplio control sobre la vida política, social y económica.

Aun así, la acción de Xi terminó un periodo de liderazgo colectivo y mandatos limitados que comenzó Jiang Zemin, quien ocupó el mismo puesto que Xi de 1993 a 2003, y que muchos esperaban que generaría un grado mayor de apertura y de Estado de derecho. La medida que se anunció confirma un punto de vista que cada vez está tomando más fuerza, según el cual lo más probable era que estas expectativas fueran ingenuas.

"Somos ilusos al pensar que todo el mundo tendrá una democracia como la nuestra", mencionó Merriden Varrall, directora del Programa de Asia del Este del Instituto Lowy en Australia.

Xi, quien tendría 69 años cumplidos cuando termine su segundo periodo en 2023, no solo está siguiendo el ejemplo de Putin y otros líderes, sostienen Varrall y otros expertos. Sus motivaciones son particulares en la historia y la política de China. Sin embargo, la caída del Muro de Berlín en 1989 y el colapso de la Unión Soviética dos años después tuvieron una influencia profunda.

Estabilidad.

Esos hechos históricos dieron lugar a una era de libertades políticas y económicas en expansión. McFaul señaló que, durante casi 25 años, los líderes autocráticos "tuvieron que jugar a la defensiva" en contra de la tendencia democratizadora que tomó por la fuerza el orden posterior a la Guerra Fría. Ahora, los líderes autoritarios actúan con una mayor impunidad, o al menos la preocupación del aislamiento internacional es menor. En cambio, los autoritarios en ciernes como Viktor Orban en Hungría parecen seducidos por el tipo de poder que ejercen Putin y Xi, a quienes les tiene sin cuidado la necesidad de comprometerse, consultar o, en caso de corrupción y nepotismo, responder ante la evidencia de una mala gestión y actividad ilícita.

Los críticos del presidente Donald Trump aseguran que, a pesar de que aún no ha erosionado la democracia en Estados Unidos, su gusto por el populismo y sus políticas nativistas, su aversión palpable hacia los medios y los controles tradicionales del poder, y la admiración que manifiesta por algunos de los caudillos más fuertes son aguas del mismo río.

Desde la perspectiva de China, el final de la Guerra Fría estuvo lejos de ser una inspiración, pues se vino abajo la dictadura de un partido. El "contagio" de 1989, en el cual el clamor popular echó abajo los gobiernos comunistas de Europa Central y Oriental, también infectó a China. Unos meses antes de la caída del Muro de Berlín, estudiantes chinos que se reunieron en la plaza de Tiananmen representaron lo que los líderes en Pekín percibieron como una amenaza existencial.

Como resultado, Xi cree que solo la estabilidad puede garantizar su visión del resurgimiento y la aparición de China como la potencia mundial. "En verdad parece creer que es la única persona capaz de llevar a cabo esa visión", opinó Varrall. En el congreso del Partido Comunista que se celebró el otoño pasado, Xi incluso presentó a China como un nuevo modelo para el mundo en desarrollo: un argumento ligeramente velado que Estados Unidos y Europa ya no son tan atractivos como lo fueron alguna vez.

Un dirigente cercano a su pueblo.

Xi Jinping nació en un entorno acomodado, en la provincia de Shaanxi, el 15 de junio de 1953. Su padre, Xi Zhongxun, fue uno de los fundadores de la guerrilla comunista y pertencía a la casta de los "príncipes rojos", descendientes de los revolucionarios que llegaron al poder en 1949, antes de ser purgados por Mao. Debido a que en sus años juveniles trabajó en la agricultura, Xi tiene una imagen de dirigente cercano al pueblo y la prensa oficial siempre destaca su vida en el ámbito rural durante la Revolución Cultural (1966-76), cuando vivía en una gruta.

Al final de la agitación de la era maoísta, Xi se recibió de ingeniero químico en la prestigiosa universidad Tsinghua en Pekín, pero optó por la carrera política dentro del Partido Comunista, al que ingresó con 21 años.

En 1985, viajó al estado de Iowa, en Estados Unidos, para estudiar agricultura.

Se desempeñó como gobernador de Fujian en 2000 y jefe del partido en Zhejiang.

Está en las funciones decisivas.

El presidente Hu Jintao recurrió a Xi Jinping, en 2007, para pedirle que restableciera el orden en Shanghái, donde el jefe del Partido Comunista había caído como consecuencia de un escándalo de corrupción. Ese mismo año, Xi ingresó en el Comité Permanente del Buró Político, cenáculo del Partido Comunista de China, a cuyo mando se puso en noviembre de 2012.

Escaló hasta lo más alto del poder, ya que además de ser presidente también tiene las funciones de Secretario General del Partido Comunista y Presidente de la Comisión Militar Central, lo que le permite supervisar a las Fuerzas Armadas y los asuntos de seguridad como pilares del poder. Uno de sus objetivos es desarrollar la capacidad militar del país. Asimismo, encabeza la Comisión de Seguridad Nacional.

Xi se divorció en 1987 y se casó con la cantante Peng Liyuan, una voz famosa en el país asiático. El matrimonio tiene una hija. FUENTE: AFP

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