ANÁLISIS

Trump se hundió con sus palabras

En los últimos momentos de su presidencia, Trump se enfrentó a un destino poco familiar. Se le responsabilizó, como nunca antes, por las cosas que ha dicho.

Donald Trump. Foto: AFP
Donald Trump. Foto: AFP

Durante la mayor parte de los 74 años de Donald Trump, la relación entre sus palabras y sus consecuencias ha sido bastante clara: dice lo que quiere, y nada particularmente duradero tiende a pasarle.

Pero en los últimos momentos de su presidencia, Trump se enfrentó a un destino poco familiar. Se le responsabilizó, como nunca antes, por las cosas que ha dicho, y está descubriendo que sus típicas defensas -la negación, la ofuscación, sus amigos poderosos, alegar que todo era una gran broma- son insuficientes para justificar a la turba violenta que actuó en su nombre.

En lo que seguramente es la mayor serie de sanciones que ha recibido en su vida, su cuenta de Twitter fue censurada, su marca comercial se ha visto afectada de gravedad y su presidencia fue condenada a la infamia histórica de pasar por un segundo juicio político. Su mayor prestamista, el Deutsche Bank, está movilizándose para distanciarse de él. Algunos republicanos en el Congreso, que en algún momento le fueron leales, están reconsiderando su compromiso hacia Trump, poniendo en juego su poder en el partido, incluso cuando la popularidad del presidente entre gran parte de sus fieles partidarios permanece intacta.

Quienes conocen a Trump y lo han observado a lo largo de los años no pueden evitar ver la ironía de un presidente que es derribado por la misma fórmula que lo llevó a la cima: un discurso inflamatorio y una autoestima que a veces se ha convertido en un autoengaño funcional.

Trump nunca ha considerado que las palabras sean tan importantes como las acciones, ni siquiera que estén en el mismo nivel de un posible delito. Las palabras solo fueron medios para llevarlo de una situación a otra, según asegura la gente que trabajó con él.

En teoría, los instintos de supervivencia de Trump estaban tan bien desarrollados que le faltaba poco para perfeccionar un arte de la negación casi encomiable, una ventaja que adquirió tras estar, aparentemente, en todos los bandos en relación con todos los debates políticos importantes en varios momentos de su vida adulta.

En el mensaje antes del asalto al Capitolio, no usó la palabra “pacíficamente” y predominaron “pelear”, “demostrar fuerza” y “acatar reglas muy diferentes” mientras avivaba la ira en contra de funcionarios electos, incluido su propio vicepresidente, que no estaban dispuestos a subvertir la voluntad del electorado?

“Él tiene la costumbre de decir las cosas más escandalosas y luego decir que estaba siendo sarcástico, que estaba bromeando, que las personas no deberían tomar lo que dice de manera literal y que, de hecho, si lo haces, eres un idiota”, aseguró Gwenda Blair, una biógrafa de la familia Trump. “Así tiene negación plausible para sí mismo, pero también para sus seguidores. Trump les da a ellos algo a lo que aferrarse para que puedan seguir creyendo en él”.

Pero Su mandato ha estado manchado con episodios -desde su traspié con la supremacía blanca luego de la violencia que causó muertes en Charlottesville, Virginia, hasta la minimización que hizo de los riesgos indiscutibles del coronavirus- que lo convirtieron en un presidente impopular cuyo contrato no fue renovado. Menos segura es su capacidad para reconocer el vínculo entre su conducta y este resultado.

Después del asalto al Capitolio hizo un mensaje en el que pidió “elevarse por encima del rencor y superar las pasiones del momento (...) para avanzar juntos”.

Cualquier persona que lo escuchó sabía que solo eran palabras.

(*) Corresponsales de The New York Times en la Casa Blanca)

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