LA BITÁCORA

El tropezón que puede ser caída

Al segundo debate, Donald Trump fue más preparado. Manejó con más soltura y precisión temas como el desafío energético. También disparó su plan de conformar una Corte Suprema con total gravitación conservadora. Pero cometió dos errores que lo hicieron salir del debate más cuestionado que elogiado.

El primer error fue atacar con saña al marido de su contrincante, como si fuera Bill Clinton el candidato demócrata y como si sus faltas en el terreno sexual fuesen trasladables a su esposa.

Un golpe tan bajo y de tan baja estofa que volvió a exponer la poca calidad humana que caracteriza al magnate de la construcción. El otro error fue dejar en claro que, de llegar a la presidencia, intentará encarcelar a Hillary por una falta sobre la que ya se determinó que no es punible.

Ese juego sucio y violento terminó eclipsando los pasajes en los que mostró alguna solidez.

Sin brillar, Hillary Clinton salió intacta del debate, porque Trump había vuelto a mostrar sus miserias humanas, en lugar de contrarrestar los dos hechos que podrían sentenciar su derrota: el rechazo público del Partido Republicano, algo inédito e insólito en la historia norteamericana; y el efecto devastador de sus comentarios lascivos y vulgares sobre mujeres.

Esos comentarios impactaron en el corazón de su base electoral. El núcleo duro de sus seguidores son los Wasp (White anglosaxson and protestant), el sector blanco de la sociedad que, en el interior profundo del país, es cerradamente conservador y religioso. A ese grupo estadísticamente significativo, Trump llega con sus propuestas a favor de la posesión irrestricta de armas y en contra de la inmigración, los mexicanos, los miembros liberales de la Corte y la invasión de productos extranjeros merced a los acuerdos de libre comercio.

Ese sector de la sociedad al que no le importa la exhibición grotesca de ignorancia y la megalomanía burda e impresentable de Trump, si le importa su vulgaridad “pecaminosa” con las mujeres. En general, los Wasp son ultra-religiosos y moralistas.

El segundo debate era su oportunidad de revertir la mala imagen que causó su diálogo obsceno sobre mujeres, en el núcleo duro de sus votantes, un sector cerrado y recalcitrante en relación a la religión, la moral y las buenas costumbres. Pero en lugar de aprovechar la oportunidad, lanzó golpes despreciablemente bajos, atacando al marido de Hillary y amenazándola con enviarla a prisión.

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