ANÁLISIS

Nosotros los tanos

Los argentinos son pura mezcla, pero la mayor influencia es de los italianos. Así nació el concepto que es la síntesis de la argentinidad: la chantada.

Inmigrantes en Buenos Aires. Foto: Wikipedia
Inmigrantes en Buenos Aires. Foto: Wikipedia

La primera vez que oí decir que tantos males de la Argentina actual le venían de sus orígenes italianos fue en una conferencia en Trento, hace tres años, y estuve a punto de indignarme y contestar airado -pero no pude porque el que lo decía era yo-. Así que tuve que poner cara de póquer y tratar de justificar mi afirmación; desde entonces, he avanzado bastante.

Es evidente que los argentinos somos tan italianos. Las pruebas abundan y hay una -casi menor- que siempre me impresiona. Nos ha pasado a todos los que alguna vez nos fuimos: caminar por una calle de una ciudad cualquiera y darte vuelta al escuchar, de pronto, voces en tu lengua. Lo he hecho mucho pero no hace tanto que, gracias a mi sordera creciente, empecé a equivocarme -o a entender-: me doy vuelta para descubrir, cuando escucho mejor, que lo que oigo no es argentino sino italiano verdadero.

La influencia italiana en la Argentina tiene lógica: entre 1870 y 1920 llegaron al puerto de Buenos Aires unos tres millones. Fueron casi dos tercios de la inmigración total y su impacto en la cultura nacional fue incomparable. La pizza, la pasta y la milanesa son las comidas argentinas. Laburo o fiaca o pibe o gamba o mufa o birra son palabras de los dos idiomas y el tango no habría existido sin el aporte de De Caro, Manzi, Cadícamo, Discépolo, Magaldi, Troilo, D’Arienzo, Merello, Piazzolla y tantos tanos más. Tampoco el deporte nacional sin Fangio, Di Stéfano, Menotti, Bilardo, Bielsa, Bianchi, Batistuta, Sabatini, Ginóbili, Locche, De Vicenzo, Cambiasso. Se calcula que la mitad de los argentinos vivos tiene alguna sangre italiana.

Los argentinos nos pasamos todo el siglo pasado buscando qué nos diferenciaba de los demás sudacas; ya es hora de que aceptemos que era Italia.

Y en política: allí los símiles son más delicados pero Italia también es un país que conoció tiempos mejores -tanto mejores que cualquier tiempo argentino- y tiempos peores -tanto peores que cualquier tiempo argentino- y ahora vive endeudada porque endeudarse es otra forma de saber que a las promesas se las lleva el viento, y entrampada en un caos que se toma por normalidad hasta que, de tanto en tanto, los ciudadanos se cansan y buscan un hombre fuerte, uno que viene a poner orden -pero eso, ahora, sucede en casi todos lados-.

Y, en la vida y la política, una coincidencia sobresale. Hay un concepto que es la síntesis de la argentinidad: el chanta. Es muy difícil definir al chanta: sería, en español de España, un cantamañanas; en castellano más amplio, un charlatán o vendehúmos. En síntesis, alguien que te convence de cosas que no son y, sobre todo, de que él es el que no es; alguien con gran destreza para aparentar y poco respeto por la idea de coherencia o consecuencia. Chanta, ese concepto tan argentino, es italiano: viene del dialecto genovés, donde ciantapuffi significa “el que te mete un clavo, el que te clava” con una deuda, con cualquier estafa.

Es una historia que ya lleva más de un siglo: cuando yo era chico, en aquella Argentina próspera y orgullosa que se creía que el futuro era suyo, muchos ricos y aspirantes a ricos consideraban a los italianos como una casta levemente inferior, un poco despreciable. En esos años, el adjetivo que solía seguir al sustantivo tano -italiano, en porteño- era bruto: un tano bruto. Eso se refería, sobre todo, a la primera generación de inmigrantes y, si acaso, a la segunda.

Entonces los tanos pretenciosos se disimulaban, trataban de mimetizarse; después, poco a poco, sus descendientes recuperaron el orgullo, y ahora lo italiano se ha impuesto en la Argentina. No es solo que los inquilinos de los dos puestos más importantes y más odiados del país, el presidente de la república y el técnico de la selección, suenen italianos. Lo italiano empezó a cambiar de signo cuando algunos inmigrantes o hijos de inmigrantes se hicieron millonarios: Di Tella primero y Macri, Rocca, Bulgheroni y Magnetto después llevaron la tanidad a los espacios más excluyentes del poder.

Y también a los símbolos. La Argentina siempre se distinguió por su producción de caras para la sudadera universal. Es desproporcionada: su presencia allí es mucho mayor que su peso en el mundo.

Es cierto: somos pura mezcla. De los españoles, se supone, heredamos cierto desprecio altivo por las leyes -la convicción de que están hechas para los demás- y el carácter solemne y levemente brusco; de sirios y judíos, se supone, ciertas maneras de la astucia y de la voluntad; de ingleses y alemanes, se supone, una apariencia de orden que es solo rigidez; de los primeros pobladores, se supone, una paciencia que nunca fue lo nuestro. Somos, de algún modo, todos ellos, pero los italianos se ven más, pesan más, y su influencia ha crecido mucho en la Argentina estas últimas décadas. Son las décadas que han visto a la Argentina caer y caer, su sostenida decadencia, sus promesas rotas. No quiero argumentar que haya, allí, ninguna relación de causa a efecto: jamás me permitiría por escrito tal chantada.

Apellidos italianos

Si en el siglo pasado los argentinos aportaron caras de apellidos hispanos -Eva Duarte, Ernesto Guevara-, en lo que va de este las contribuciones sonaron a italiano: Messi y Bergoglio. El último es, para Caparrós, uno que los resume a todos: su “Chantidad el papa”, un argentino hijo de un italiano que vive rodeado de italianos y habla en italiano y ha conseguido convencer a millones de que está cambiando la institución más conservadora.

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