LA BITÁCORA

Soldaditos del odio

Las preguntas que planteó Barcelona: ¿por qué un puñado de jóvenes que no sufren miseria ni marginación, perpetra una masacre de manera cobarde y abyecta? ¿Por qué sus colectividades musulmanas, así como sus maestros y demás vecinos, no habían visto en ellos nada que revelase extremismo o naturaleza violenta?

Las respuestas a estas preguntas son clave para entender al jihadismo actual. Fue precisamente en España donde el terrorismo global dio uno de sus primeros golpes, porque allí se había radicado uno de sus ideólogos. En 1985, Mustafá Setmarien provocó una masacre en un restaurant madrileño. Ese miembro de Al Qaeda que adiestró jihadistas en Afganistán, escribió el "Llamado a la Resistencia Islámica Global", proclamando que "el terrorismo es un deber; el asesinato una regla y todos los jóvenes musulmanes deben ser terroristas".

En ese manual sostiene que Dios ordenó la jihad contra infieles, apóstatas y herejes, y que esa deidad del Antiguo Testamento que ordenó a Abraham asesinar a su hijo Isaac, santifica las masacres cometidas en su nombre contra indefensos blancos civiles, aunque haya mujeres, ancianos y niños.

No debiera sorprender la juventud de los jihadistas que actuaron en Cataluña. Tanto Al Qaeda como ISIS reclutan exclusivamente jóvenes. La juventud es una etapa de crisis de identidad que hace a las personas proclives a abrazar convicciones absolutas. El monje Savonarola usaba jóvenes para apedrear prostitutas y quemar libros en la Florencia renacentista. Ernst Röhm formó con jóvenes las SA, el primero de los brutales grupos de choque del nazismo. Mao llamaba "mis pequeños guardias rojos" a los jóvenes que lanzaba a las cacerías de brujas de la "revolución cultural", y fue con púberes y adolescentes que el Khemer Rouge perpetró el genocidio en Camboya.

Miles de ejemplos prueban que la mayor proclividad al fanatismo se da en la juventud y los adoctrinadores del jihadismo global se hicieron expertos en detectar potenciales fanáticos y convertirlos en armas letales.

Como tras la masacre de Atocha el 11-M, los servicios de inteligencia españoles se perfeccionaron en descubrir células terroristas, los adoctrinadores se concentran en reclutar jóvenes bien integrados y con perfiles amigables, para asegurarse que no estén en el radar de los agentes.

Bajo la lupa del Estado están los jóvenes marginales, los violentos, los vinculados con fundamentalistas y los que dan señales de radicalización. Pero no están aquellos que no presentan ninguno de estos rasgos. Por eso es allí donde pescan ahora los reclutadores profesionales.

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