OPINIÓN

2030: Esta será la década soñada

Este ejercicio de futurología es una crítica de la actualidad, pero también un mapa posible de lo que como sociedad deberíamos buscar desde hoy.

Tecnología. Foto: Archivo El País
Tecnología. Foto: Archivo El País

Ya llegamos: empieza una década, arden las predicciones. Es uno de esos ejercicios que el periodismo actual aprecia tanto. Para hacerlo, la mejor opción es basarse en la década que acaba de acabar: la única posibilidad de predecir consiste en postdecir, leer lo que pasó y tratar de continuar la historia. Así que así intentaré hacerlo.

Es obvio que el gran punto de quiebre de la década que se termina fueron esas horas en que todo estuvo a punto de saltar por los aires. Nadie lo ha olvidado: apenas pasaron dos años desde el 17 de octubre de 2027, cuando el mundo contuvo el aliento ante la inminencia de la conflagración final. Pero es cierto que, tras esos momentos de terror, el balance chino-americano se restableció mejor que lo esperado: quizá, gracias a aquel pavor, la carrera final por la Supremacía podrá definirse sin llegar al Desastre. Por supuesto, siempre queda la posibilidad de que no: la vuelta a ese mundo bipolar que caracterizó a la segunda mitad del siglo XX -y que ya parecía superado- abre la puerta a lo inimaginable. O tan imaginado. Llegan años para vivir con los dedos cruzados.

Los avances continuados de la robótica y la inteligencia productiva, que siguen reduciendo la necesidad del trabajo humano, mantendrán vivo el gran conflicto de la década pasada: la lucha entre los empresarios y los extrabajadores por apoderarse de los dividendos de este aumento de la productividad.

En un mundo que, por el momento, no resuelve sino que ahonda sus tremendas diferencias, mil millones de personas siguen alimentándose a trancas y barrancas. Las declaraciones de buenas intenciones lo son cada vez más -declaraciones, intenciones- y la llegada de 2030 muestra que los Objetivos de Desarrollo Sostenible que las Naciones Unidas lanzaron para este año hace ya 15 tampoco se cumplieron. Queda por verse qué pasará con la gran esperanza que despertó el comienzo de la producción en masa de la carneHumana, el nombre que finalmente impuso Abiba Nedel para la carne hiperclonada en el Golán, la que ganó la carrera de los bifes de laboratorio.

Para los primeros años de la década, entre tantas otras cosas, se anuncia el fin de ese tiempo en que, para darles órdenes, había que hablarles a las máquinas como si fueran personas. Pronto, nos dicen, tampoco habrá que hablarles a las personas como si fueran máquinas. Ya llevan años prometiéndonos la M2M -MindToMind-, transmisión directa neuronal; ahora dicen que para fines de esta década, sin falta. Habrá que ver cómo resulta ese mundo de silencios hipercomunicados -donde la comunicación, definitivamente, ya no pasará por el sonido-. Habrá que ver, sobre todo, qué sonidos ocupan el espacio.

Mientras tanto, la IAfobia -el miedo a la inteligencia artificial seguirá presente, pavorosa. Están, por supuesto, los que dicen que este nuevo terror tan a la moda es solo la versión actual de esos apocalipsis que siempre necesitamos imaginar para vivir; están, como siempre, los que insisten en que este es el verdadero y que, por descuidarlo, ya estamos perdidos.

El salto de terapias nanointernas y los famosos reemplazos están teniendo efectos curiosos. El salto de la esperanza de vida, que se había detenido en los 2010, retomó en los 2020 en nuestros países y profundizó la grieta. Miles de millones empiezan a tener conciencia de que ahí se juega la mayor desigualdad: dos o tres décadas más de vida son una diferencia tremebunda. Si a principios de este siglo la televisión y los teléfonos pseudointeligentes mostraron a los países más pobres cómo vivían los más ricos y ese conocimiento desencadenó aquellas grandes migraciones, ahora, entender que la diferencia no es solo el cómo sino el cuánto puede producir consecuencias incalculables.

Hace dos años, cuando el estado de California anunció que la media de sus salarios femeninos era 3% superior a la de sus salarios masculinos, un rugido de triunfo recorrió el mundo. Después, por supuesto, hubo datos que matizaron los primeros, pero es cierto que la igualdad salarial entre hombres y mujeres está a punto de obtenerse en buena parte del planeta y que en estos años empezaremos a olvidar que durante siglos no la hubo -como ya hemos olvidado, por ejemplo, que las mujeres no votaban-.

La violencia machista también ha disminuido en muchos países hasta cifras marginales, aunque la vieja ecuación se mantiene: cuanto más pobre y supersticiosa es una sociedad, más sufren sus mujeres. Le queda a esta próxima década el esfuerzo de conseguir que la riqueza y la razón dejen de ser la condición para la igualdad entre los sexos.

La historia de la humanidad nos enseña que, tras cada período de desencanto, siempre aparece un nuevo encantamiento. La idea de que las sociedades necesitan acordar sobre un futuro que les resulte deseable sigue siendo válida. Allí está, por supuesto, el desafío de esta próxima década. Sin ese logro, las energías sociales desparramadas por el planeta seguirán derramándose en desastres: guerras pequeñas, migraciones masivas, todo tipo de incendios y tsunamis sociales. Allí, en esa búsqueda, se juega casi todo.

Martín Caparrós es un escritor y periodista hispano-argentino, colaborador regular de The New York Times.

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