Sembrando vientos

En la escena final de una estupenda película de Bertrand Tavernier llamada La vida y nada más, Philippe Noiret evocaba el desfile militar con que Francia celebró la victoria de 1918 por los Campos Elíseos y entonces decía: "Si los pobres muertos de esta guerra hubieran marchado por la avenida al mismo ritmo que las tropas, el desfile habría durado once días con sus once noches". Pocas veces hacemos el esfuerzo de contabilizar los muertos que deja un conflicto armado o de imaginar el desfile de esos fantasmas, para hacernos cargo del verdadero costo de las aventuras militares. Y casi nunca tenemos coraje para reconocer otra monstruosidad: la que consiste en medir con distinta vara los muertos propios y los ajenos, los blancos y los oscuros, los cristianos y los musulmanes, los cercanos y los remotos.

Porque los atentados del 7 de julio en Londres dejaron un saldo de 56 muertos y la prensa internacional cubrió el hecho con una amplitud oceánica, pero esa misma prensa dedica mucho menos espacio y menos énfasis a registrar las cifras de víctimas civiles en la guerra de Irak, por ejemplo. Un informe elaborado por las empresas Iraq Body Count y Oxford Research Group ha llegado a la conclusión de que los civiles asesinados desde abril de 2003 en Irak son 24.865, cifra que se calculó basándose en 10.000 datos publicados por la prensa durante esos dos años. No se trata de soldados, de insurgentes, de mujaidines ni de guerrilleros. Se trata en cambio de civiles, víctimas completamente inocentes que han sucumbido bajo los bombardeos, los atentados, los tiroteos y la represión, a un ritmo promedial de 34 individuos por día. El 18 por ciento de esas víctimas, es decir 4.500 personas, fueron (y siguen siendo) mujeres y niños.

De manera que cuando los medios de comunicación se vuelven torrenciales para divulgar un hecho trágico como los atentados de Londres o los del 22 de julio en Sharm El Sheij, donde hubo 45 muertos, deberían mostrar similar vehemencia para registrar los 40 muertos —mayormente civiles— que se produjeron el 24 de julio en Bagdad por la explosión de un camión-bomba. Nada en este mundo se produce de forma aislada ni casual y mucho menos los episodios bélicos. Todo está encadenado, aunque a veces los eslabones sean poco visibles. Al comentar los ataques sobre Londres, el alcalde Ken Livingston dijo que "las intervenciones militares de países occidentales en Medio Oriente han dejado un terrible legado de violencia que inspiró a quienes cometieron los atentados del 7 de julio". Y agregó que "en 1980 la CIA reclutó y entrenó a Osama Bin Laden para luchar contra los rusos en Afganistán. Los norteamericanos nunca pensaron que ese terrorista se volvería contra sus maestros". Es que todo forma parte de una misma historia.

Hace unos días se conmemoraron diez años de la masacre de Srebrenica en Bosnia, donde los serbios asesinaron a 8.000 musulmanes. También se cumplió una década de la carnicería de Ruanda, donde el conflicto entre dos etnias provocó 500.000 muertos en pocas semanas. Cuando luego se producen los atentados en que mueren doscientos madrileños o cincuenta londinenses, hay que entender esos golpes como la consecuencia de otros que han ayudado a abrir el camino de la violencia y hay que esforzarse por dar el mismo valor —no sólo moral sino también emocional y político— a las víctimas de Atocha y de King’s Cross que a las de Bagdad o Kandahar, las de Bosnia o Ruanda, tan lejanas que ya resultan inmateriales. Por eso cuando desfilan algunos muertos hay que hacer desfilar a todos los demás, ya que sólo así se descubre que el mundo es uno solo y la violencia también.

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