ANÁLISIS

La religión verdadera de Lavrov es el Estado ruso

Hoy tiene 71 años y en 1992 fue nombrado vicecanciller. En 1994 pasó a ser representante ruso en la ONU por lo que su hija disfrutó de una excelente educación en la Universidad de Columbia.

Serguei Lavrov. Foto: AFP.
Serguei Lavrov. Foto: AFP.

En 2019 estuve un fin de semana en Moscú y me llamó la atención que en las tiendas de souvenirs y ferias, además de las consabidas postales de Vladimir Putin a caballo con el torso desnudo en actitud casi de superhombre, había postales de un ceñudo Serguei Lavrov delante de desfiles de tanques o de misiles.

Me resultó intrigante porque me pareció que indicaba que se trataba de alguien percibido a nivel popular como un adalid inconmovible de los designios de su jefe.

Dicen que la religión verdadera de Lavrov es el Estado ruso y defiende lo que haya que defender. Hoy tiene 71 años y en 1992 fue nombrado vicecanciller. En 1994 pasó a ser representante ruso en la ONU por lo que su hija disfrutó de una excelente educación en la Universidad de Columbia.

“Foreign Affairs” contó que fuma muchísimo y que pidió que se lo exceptuara de la normas antitabaco de la ONU. También le gusta beber alcohol bastante (vodka y whisky). Desde 2004 es el ministro de Relaciones Exteriores y ha batido todos los récords de permanencia en el cargo acompañando a Putin, que es el mandamás ruso más perdurable al frente del país desde Stalin.

Barack Obama describe en sus memorias a Lavrov como “sofisticado”. La periodista francesa Isabelle Mandraud escribió en “Putin, la estrategia del desorden”, que Lavrov, Vitali Tchourkin y Vassili Nebenzia, sucesivos embajadores rusos ante la ONU, fueron “tres rocas sobre las cuales se estrellaron las resoluciones occidentales y permitieron modificar los textos (de la ONU) para conformar a la visión del Kremlin, tres sólidos oradores que hicieron sentir la voz putinista”.

Un día le preguntaron a Lavrov que hacía falta de para ser diplomático y respondió “ser erudito” (debió estudiar cingalés para ir a Sri Lanka) y conocer la historia de su país. Se ha quejado de que en las relaciones entre Rusia y Estados Unidos se perdió lo que llamó “respeto”.

Me llamó la atención cómo en junio pasado en Ginebra, cara a cara frente a Joe Biden y Antony Blinken, movía la pierna impaciente con cara muy seria, esperando que terminara la sesión previa de fotografía.

En Ginebra también, en 2013, se dio el famoso episodio cuando Hillary Clinton, entonces secretaria de Estado, le entregó un botón rojo de plástico con la palabra rusa “peregrouzka” pensando que quería decir “reset” pero que en realidad quiere decir “recargar”. El botón debió decir “perezagrouzka” si se buscara que fuera una alusión a un recomienzo de las tratativas entre Estados Unidos y Rusia. Lavrov, por una vez dejó su tremenda seriedad, se rió y dijo que intentaría no recargar la relación bilateral. Pero vaya si esa relación está recargada.

Lavrov es un soldado de la causa que dirá lo que Putin le diga con rostro impertérrito. Cuando el disidente Alexei Navaltny fue envenenado en Rusia y su vida fue salvada en Alemania sostuvo, imperturbable, que los médicos rusos eran “más transparentes” que sus colegas germanos. Agregó que tomaba las versiones sobre el envenenamiento de Navaltny con “una buena dosis de escepticismo”.

Este es el hombre con el que se reunió Blinken, en Ginebra ayer, para realizar el enésimo intento por encontrar una salida que impida la invasión de Ucrania.

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