OPINIÓN

Lo que queda de un hombre

El argentino Víctor Hugo Saldaño ha esperado más de 20 años a que le apliquen la inyección letal en Estados Unidos.

Cámara de inyección letal en una cárcel de Estados Unidos. Foto: Wikipedia
Cámara de inyección letal en una cárcel de Estados Unidos. Foto: Wikipedia

Le dijeron que lo van a matar pronto. Un alto tribunal internacional dice que es ilegal; un país poderoso dice que no le importa. El hombre ya lleva 24 años esperando que lo maten: en una cárcel esperando que lo maten. El hombre se llama Víctor Hugo Saldaño, es argentino y cordobés.

No ha cumplido 47 años. Se había ido de su país a sus 18, a buscarse la vida, y no encontraba nada. A fines de 1995 andaba dando tumbos alrededor de Dallas y una tarde, tras dos días de borrachera corrida con un amigo mexicano, asaltaron y mataron a un viajante de comercio. Los detuvieron horas más tarde: Saldaño tenía el arma asesina y el botín, un reloj y unos US$ 50. Días después, cuando empezó a entender, escribió una carta a su familia para decirles que se olvidaran de él porque ya estaba muerto. La agonía ha sido larga pero, le dicen, está por terminar.

-En este país si no tenés plata te destruyen. Si tenés, el primer día te dicen que pongas una fianza: ya está, pagás y te vas a tu casa. Después vas a la corte con los mejores abogados y encuentran la forma de salvarte. ¿Quién se queda en la cárcel? Los pobres. A los pobres les dan un abogado que no hace una mierda, entonces te mandan para acá.

Me había dicho, todavía belicoso, la primera vez que fui a verlo, en el año 2000. Entonces sus abogados habían pedido la nulidad de su condena porque, entre otras lindezas, un experto de la fiscalía había recomendado la pena de muerte sobre la base de que Saldaño era hispano y “está demostrado que los hispanos son más violentos, más peligrosos que la media”. Unos años después lo intentaron de nuevo. Saldaño ya llevaba casi una década en el pasillo de la muerte y estaba desquiciado; su primer día en el banquillo se abrió la bragueta y empezó a masturbarse. Lo esposaron, siguieron con el juicio, lo condenaron otra vez, volvieron a encerrarlo.

El 20 de junio pasado había, en Estados Unidos, 2.635 condenados a muerte; el 41% son personas negras, aunque son solo el 13% de la población estadounidense. Cada condenado pasa una media de 16 años esperando que lo maten. Hace 30 años la espera era casi tres veces menor; las distintas apelaciones -y las vacilaciones de los Estados para dar con una forma de ejecución “satisfactoria”- la fueron estirando. Así que, so pretexto de garantismo y respeto por sus derechos, los condenados se pasan años y años en una situación que muchos expertos describen como tortura.

La segunda vez que lo fui a ver, hace cinco años, Saldaño ya llevaba 18 en el pasillo de la muerte. Me dijo que cuando su madre o su hermana, una vez cada dos o tres años, conseguían ir a verlo, no las dejaban acercarse: lo mantenían del otro lado de ese vidrio blindado y así llevaba 24 años sin tocar a un ser querido. Y que por eso, entre otras cosas, varias veces había intentado matarse:

-Lo intenté varias veces pero no tuve huevos, no pude aguantar tanto dolor así. No tuve valor para eso, ¿no?

Después dijo que qué raro:

-Qué raro. Se me hizo fácil matar a alguien, pero se me hace tan difícil matarme a mí.

-¿Es fácil matar a alguien?

-Es tremendamente fácil. Tenés un cuete en la mano, hacés así y ya está.

China es el país del mundo que más mata; la siguen, en orden de eficacia, modelos de civismo como Irán, Arabia Saudita, Vietnam, Irak, Egipto y Estados Unidos. Irán e Irak suelen ahorcarlos; China, una bala en la cabeza; Arabia, la decapitación; Estados Unidos, la inyección o la electricidad. Junto con Bielorrusia, son los únicos occidentales que lo hacen. La pena de muerte es un límite de la democracia: en este tema, en nombre de ciertos principios, preferimos desoír la voluntad mayoritaria; si se aplicara, la pena capital volvería a tantos sitios.

La Comisión Interamericana de Derechos Humanos emitió, ya en 2016, su resolución 76/16, donde declara la nulidad de las dos condenas a muerte impuestas a Saldaño porque todo el caso estuvo teñido de racismo. El papa Bergoglio también mandó dos declaraciones formales donde pide clemencia, pero tampoco le contestan y la muerte se acerca. Semanas atrás el servicio penitenciario del estado de Texas comunicó -“informalmente”- a Saldaño que tiene previsto ejecutarlo por inyección letal en noviembre.

Mientras tanto, en su celda de aislamiento, Saldaño espera:

-Yo estoy ahí en la cámara de la muerte, me tienen atado a la camilla… No sé, después no sé más. Yo pienso que la ejecución debería haber pasado ya hace mucho tiempo, viste, para estar en paz, para estar junto con mi familia. Mi mamá ya está viejita, yo querría estar al lado de ella sus últimos años…

-Pero si te ejecutan no vas a poder estar al lado de ella.

-Bueno, yo creo que si me ejecutan después voy a salir, voy a nacer de nuevo en Córdoba. Yo creo mucho en el hinduismo, ¿viste? Nazco de nuevo como un chico en la ciudad de Córdoba, con una nueva madre, pero mi madre anterior va a saber dónde vivo, todo, y la voy a poder ver, ella va a estar contenta.

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