MIGUEL MORA, EL PAÍS DE MADRID
A sus 12 años, Rebecca Covaciu -ojos grandes, dientes blancos, sonrisa espléndida- vio y vivió tantas cosas, que podría escribir, si escribiera, un buen libro de memorias. Rebecca es rumana de etnia romaní, y pasó la mitad de su vida en la calle. Ha dormido en una furgoneta, en un asentamiento, a ras del piso.
Algunos días mendigó con sus padres por España e Italia. Otros, vio destruir su casucha, fue agredida por la policía italiana, oyó bajo una manta cómo su padre era apaleado por defenderla, ha visto morir a niños por no tener medicinas, conoció el miedo de los gitanos que huyeron de Nápoles cuando su campamento fue incendiado. Pero resistió. Y conmocionó a Italia con su historia en primera persona. Una carta en la que resume su sueño: ir al colegio y que sus padres tengan trabajo.
Con su sencilla carta, titulada "Querida Europa", y una serie de dibujos, "Los ratones y las estrellas", inocentes y precarios, tan especiales como ella, ha demostrado su talento. Y es que Rebecca, en vez de deprimirse con su "vida de tristeza", gritó al mundo su historia dickensiana en primera persona, convirtiéndola en un alegato de justicia y esperanza. A sus sueños de ir al colegio y de que sus padres tengan trabajo "para no pedir limosna" añade otro más amplio: "que Europa ayude a los niños que viven en la calle".
Ahora, Rebecca está contenta. Desde hace unos días vive, sueña y dibuja en una pequeña casa de campo situada cerca de un pueblo de la Basilicata, una región montañosa y agrícola, 250 kilómetros al sur de Nápoles. Cae la tarde. Rebecca y su padre, Stelian, reciben sonrientes en la puerta, su madre Georgina saca un café turco y una tarta, y enseguida la niña trae su carpeta de dibujos y los enseña. Lo hace despacio, con orgullo pero sin presumir.
Rebecca salió de su pueblo, Siria jud Arad, cerca de Timisoara, hace cinco años; ahora habla rumano, romaní, italiano y un poco de español. "Lo aprendí en Ávila cuando vivimos en España", explica en italiano. "No teníamos casa y dormíamos en la furgoneta. Hice allí tercero de primaria, me acuerdo mucho de la profesora. Me quería mucho, le gustaban mis dibujos". La niña es la líder de su familia. Y gran parte de su futuro. Aparte de su talento para pintar, reconocido por Unicef en mayo pasado cuando le otorgó en Génova el Premio de Arte e Intercultura Café Shakerato, Rebecca es dulce, educada y juiciosa. Mientras habla, sus padres, Stelian, de 43 años, ex campesino y pastor evangelista, y Georgina, de 37; sus hermanos Samuel (17), Manuel (14) y Abel (9), y la mujer de Samuel, Lazania, embarazada a los 16, la miran con una mezcla de sorpresa y reverencia, como si fuera una extraña. En cierto modo lo es.
Los Covaciu llegaron a esta casa de noche. Venían en tren, un largo viaje desde Milán. Unos días antes, varios policías habían molido a palos a Stelian. "Me amenazaron con volver si les denunciaba", recuerda. Ahora Stelian, un hombre que cuando habla parece a punto de llorar, se declara "feliz, gracias a Dios y a estos señores italianos tan generosos que nos han dejado su casa". Se refiere a G. y A., una pareja que reside en Potenza. Ambos, que no quieren ser identificados para no convertirse en el prototipo mediático del altruismo italiano, decidieron refugiarlos en una vivienda de su propiedad que no usan, gratis y por un año. Su solidaridad devolvió la sonrisa a la prole de Stelian.
La familia llevaba cinco años sin dormir bajo un techo de verdad. "En Siria teníamos casa, pero no teníamos pan", explica Rebecca, "y vivíamos de la limosna. Luego, en Milán, mis padres no encontraron trabajo", continúa sin dramatismo, "y también teníamos que pedir. No podíamos ir al colegio porque no teníamos casa. Pero ahora me han dicho que podremos ir".
Como otros hermanos de etnia, los Covaciu atravesaron con su furgoneta Hungría y Austria para llegar a Milán cumpliendo el rito del efecto llamada. Tras unos meses probando fortuna, sin éxito, decidieron intentarlo en España, en Avila y Torrelavega. Debieron volver a Milán.
Al principio todo iba más o menos bien, recuerda la niña: "Hicimos una chabola (casa precaria) con cartón y plásticos debajo de un puente en Giambellino". Era un pequeño asentamiento ilegal donde vivían otras cinco familias de Timisoara. Para la comida de los niños, pedían limosna en el mercado de los anticuarios. Como se ve en uno de sus dibujos de Rebecca, también ella mendigó algún "día triste".
Hace un año, Roberto Malini, un dirigente de EveryOne, una joven ONG proderechos humanos que atiende a unas 60 familias de etnia gitana en Milán, se cruzó en la vida de los Covaciu. "Vi a un grupo de gente insultando a un niño gitano muy flaco que les miraba aterrorizado mientras sostenía un perro en brazos". Era Abel, el pequeño. "Le acusaban de haber robado el perro y querían lincharle. Tratamos de poner calma, y en esas llegó su madre con los papeles del perro. Lo habían traído desde Rumania". EveryOne se hizo cargo de las necesidades básicas de los Covaciu cuando éstos empezaban a entender que una parte del país estaba harta de los gitanos.
El 24 de abril, el gobernador de Lombardía envío la excavadora al barrio milanés de Giambellino con un grupo de antidisturbios. El minicampamento donde vivían los Covaciu quedó hecho escombros en un minuto. Rebecca: "Nos dijeron que no podíamos recoger nuestras cosas porque con el nuevo Gobierno ya no íbamos a poder seguir en Italia". Lo habían perdido todo. "Estuvimos unos días durmiendo en la Casa de Caridad y Roberto nos mandó a Nápoles", añade.
Cuando el tren llegaba al sur, una turba organizada por la Camorra atacaba y quemaba los campamentos de Ponticelli, donde vivían 700 personas. "Dormimos en una escuela, había muchos rumanos", recuerda Rebecca. "Las mujeres contaban que pasaron mucho miedo. Se acercaba gente a las ventanas y nos gritaba: `¡Fuera de aquí, zíngaros, váyanse a su país!".
Nuevo regreso a Milán. Rebecca sigue dibujando, el gobierno anuncia las medidas de emergencia rechazadas en el Parlamento Europeo (ver nota aparte). Además de princesas y playas imaginadas, la niña pinta su vida real. Retratos de la marginación, la diáspora, la mendicidad. EveryOne los presenta al premio de Unicef. Entre 150 candidatos, Rebecca gana con "Los ratones y las estrellas". Los medios la convierten por un día en "la pequeña Ana Frank del pueblo gitano". Sus dibujos viajan a la exposición colectiva "Psique y cadenas", inaugurada el Día del Holocausto en Nápoles. Y son recibidos como testimonio contra la segregación racial en el Museo de Arte Contemporáneo Hilo de Hawai.
Tras la fama efímera, los Covaciu instalan su nueva tienda de campaña en la zona de San Cristóforo. Una mañana, hace 17 días, llegan dos hombres a la tienda y, sin mediar palabra, empiezan a pegar a Ioni y a Rebecca. El padre intenta defenderlos y también cobra. La ONG decide contarlo a la prensa. Dos coches de policía vuelven al lugar. "Eran los mismos del día anterior, pero esa vez llevaban uniforme", dice Rebecca. "Me metí en la tienda y me tapé con la manta, los policías se llevaron a papá y empezaron a pegarle. Le oía gritar muy fuerte". "Traumatismo craneal por agresión". Eso dice el parte médico que el pastor evangelista recibió en la casa de socorro. Allí le visitaron otros policías. El mensaje era claro: "Si denuncias, volveremos". Covaciu decide denunciar. Eso supone irse de la ciudad. Ahí aparece la pareja de Potenza. "Cuando el Estado maltrata así a la gente, lo que consigue es que surja la solidaridad", medita el señor G.
Los Covaciu llegaron de noche a esta preciosa zona de Italia. A sólo dos kilómetros, hay un pueblo tranquilo, un colegio rural y un cura, don Michele. "La historia de los Covaciu prueba que no tenemos una política de integración", explica. "Todo depende del voluntarismo de la gente. Como la Biblia es una historia de emigración, Dios no se asusta".
Rebecca se despide regalando dibujos a todo el mundo.
- ¿Qué vas a ser cuando seas mayor?
- Quiero cuidar de los niños pobres y ser pintora.
- ¿Y tú crees que en Europa hay racismo?
- ¿Qué significa racismo?
Las cifras
50% Porcentaje de los 140 mil rumanos que viven en Italia que son menores de edad.
47% Porcentaje de italianos que no quieren a un gitano como vecino; es "top" en la UE.