Rota una tregua entre las pandillas, marzo batió el récord decrímenes

Nueva explosión de violencia por las "maras" en El Salvador

El martes 21 de enero a las diez de la mañana, el Diablo aún no estaba muerto. Hizo de guía para El País en una colonia controlada por su pandilla, la Mara Salvatrucha.

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La policía salvadoreña transporta a un hombre sospechoso de integrar a una pandilla. Foto: Reuters.

La violencia de las pandillas es un problema que desangra a El Salvador. Ayer, nueve presuntos pandilleros de la Mara 18 murieron en un enfrentamiento con las fuerzas del Ejército en el Cantón Ulapa, en Zacatecoluca, departamento de La Paz de El Salvador, informó la Fiscalía General de la República (FGR).

De la tregua entre "maras" iniciada en 2012 con la aceptación tácita (nunca oficial) del Gobierno y respaldada por la OEA y la Iglesia católica, no queda nada. Duró quince meses, período en que la tasa de homicidios bajó de quince a cinco asesinatos diarios, si bien no cesaron la extorsión y el secuestro.

Como consecuencia, marzo de 2015 fue el mes más violento en lo que va del siglo con 481 asesinatos. Con seis millones de habitantes, El Salvador tiene una tasa de homicidios de 60 cada 100.000 personas, una de las más altas del mundo.

El diablo.

Cuando el Diablo apareció no daba una impresión mala. Traía una gorra y una remera de manga larga. Se presentó: "Óscar Armando Díaz Sigarán". Me llaman el Diablo, dijo. Era bajo, flaco, educado. Habló pero no bromeó. Tenía 29 años. Era un pandillero importante en su zona. Por entonces la tregua de las bandas estaba debilitada pero en pie. El Diablo murió 386 días después, el 11 de febrero pasado. Un policía le dio un tiro en la cabeza. Hacía tiempo que había terminado la tregua.

Era un delincuente pero también partícipe del proyecto de pacificación de un cura español, Antonio Rodríguez. Díaz Sigarán parecía uno de sus chicos de confianza: maduro, espabilado, con un perfil más intelectivo que otros como el Abuelo, un tipo de expresión embotada al que le llamaban así por la proeza de haber llegado vivo a los 40.

El cura.

Rodríguez era en ese momento uno de los civiles de más peso en el proceso de contención de la violencia entre pandillas. Sonriente, confiado, fresco, con la barba recortada en forma de candado. Hoy, con el proceso roto, es un sacerdote de 39 años en libertad condicional, aunque mantiene el tono resuelto.

Este domingo atendió la llamada desde San Salvador: "Aquí estoy, ¡estudiando!". Su detención fue una bomba inesperada, el 29 de julio, cuando apenas quedaba nada en pie de la tregua.

Le imputaron tráfico de influencias, agrupaciones ilícitas, introducción de teléfonos en las cárceles. Estuvo en un calabozo hasta el 4 de septiembre. Lo juzgaron y lo condenaron a dos años y medio. Confesó lo de los teléfonos, pero sostiene que lo "forzaron" a ello. Lo han dejado en libertad condicional hasta 2016 con medidas cautelares: no puede entrar en calabozos ni prisiones ni estar en contacto con pandilleros. Mientras tanto estudia una maestría en "Conflictología".

El cura que negociaba con las pandillas mantiene su discurso contra la mano dura: "Nos está gobernando la cultura del odio. Aquí hay un discurso de guerra agudo. Ha vuelto la propuesta tradicional: más fuerza para la policía y para las fuerzas armadas".

Él defiende el diálogo con las bandas y la estrategia de reinserción y desarrollo socio-económico en los barrios. El Diablo también defendía la tregua. Pero no concebía la paz. Decía: "Aquí desde que se firmó la tregua no ha habido homicidios, papá. Vamos a hacer una vida cabal pues, como tiene que ser. No vas a convivir con ellos (con las otras bandas), pero vas a respetar una línea". Esa era su expectativa: cada banda en su zona.

Hacia el final del recorrido se quitó la remera para la foto. En el pecho llevaba dos letras: EmeEse. Mara Salvatrucha, o la guerra tatuada en la piel.

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