LA BITÁCORA

La madre de todas las batallas

Colaborando con la recuperación de Mosul, Estados Unidos siente que equilibra, al menos en parte, su falta de acción contra ISIS en Siria.

La de Mosul no es una batalla más. Allí fue donde Abú Bakr al-Bagdadí proclamó el "califato" y el punto desde donde comenzó a expandirse como una mancha de aceite. Perder la segunda ciudad más grande de Irak y la más importante del territorio que controla, implicará para ISIS perder una de sus principales fuentes de financiamiento, por la cantidad de impuestos que impone al millón y medio de habitantes y por los yacimientos petrolíferos de los que extrae y contrabandea.

Ayudar con la cobertura aérea a los peshmergas (milicianos kurdos) y al ejército iraquí en la acción de pinzas que inician para reconquistar Mosul tapará, en alguna medida, el déficit del accionar norteamericano del lado sirio. Ese déficit se debe a una especulación atroz: dar el mayor tiempo posible a ISIS para que combata al ejército del régimen de Bashar al-Asad.

Dar tiempo a ISIS implica prolongar el genocidio que lleva a cabo desde que conquistó esas tierras de la región del Levante. Allí realizó decenas de miles de crucifixiones y ejecuciones en masa. Especular con semejante realidad le resta a Estados Unidos autoridad moral.

Además, no sólo se trata de una especulación atroz, sino además fallida. En definitiva, la inacción norteamericana allanó el camino a Rusia para entrar de lleno en el conflicto sirio, atacando a todas las milicias rebeldes con la excusa de acabar con ISIS. Y la realidad muestra que, desde entonces, el ejército de Bashar al Asad ha retomado la iniciativa y se ha fortalecido.

Los bombardeos exterminadores que Moscú y Damasco realizan en la devastada Alepo, constituyen un crimen brutal, pero Washington no tiene autoridad moral para sumarse a las denuncias, precisamente por haber priorizado la caída del régimen a la destrucción del aparato genocida que instaló ISIS en Siria.

Mosul redimiría, en alguna medida, la inacción del lado sirio. Si los jihadistas de Al-Bagdadí pierden definitivamente la ciudad, posiblemente su derrota total se volverá inexorable. La lógica indica que la ciudad donde nació el "califato", puede terminar siendo su tumba.

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