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Luis Alberto Moreno: "Se ven señales de deterioro de la política en la región"

Este jueves traspasará la presidencia del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) al cubano-estadounidense Mauricio Claver-Carone.

Luis Alberto Moreno. Foto: BID
Luis Alberto Moreno. Foto: BID

El colombiano Luis Alberto Moreno presidió durante los últimos 15 años el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y mañana traspasará el cargo al cubano-estadounidense Mauricio Claver-Carone. Sostiene que durante su gestión el BID impactó positivamente en la vida de muchas personas, pero reconoce que se podría haber hecho más y subraya que con la pandemia se presentan muchos desafíos a la región. Le preocupan sobre todo la desigualdad que domina América Latina y el Caribe y las señales de deterioro que muestra la política regional.

Tal vez el cambio más notorio sea la barba que ahora lo acompaña, junto con la falta de la corbata que antes poco se quitaba, consecuencia del largo confinamiento por la pandemia. Sus allegados dicen también que se lo ve más descansado y que está contento por la nueva etapa que comienza mañana jueves.

Él bromea y dice que ahora sí va a entrar al sector privado: privado de oficina, privado de sueldo, privado de apoyo administrativo y privado de una rutina diaria particularmente intensa, tras quince años al frente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID).

Quizás lo único que lamenta es tener que irse en este momento, justo cuando el apoyo de la banca multilateral se requiere con más urgencia que nunca en América Latina. No obstante, los plazos estaban fijados desde antes, por lo cual Luis Alberto Moreno afirma estar preparado para el momento en el que abandone para siempre el piso 12 del edificio del número 1300 de la avenida Nueva York, en pleno corazón de Washington.

Ahora se enfrenta a las especulaciones sobre lo que le traerá el futuro, pues a sus 67 años está presto a comenzar una nueva vida.

-¿Cómo es eso de cerrar un capítulo tan largo?

-La verdad es que a uno se le mezclan una serie de sentimientos. De un lado, me voy contento porque siento que se lograron cosas importantes y en el Banco pudimos responderle a la región, lo cual va mucho más allá de los US$ 151.000 millones aprobados en préstamos o los más de 38.000 millones con destino al sector privado en esta década y media. No tengo duda de que impactamos positivamente la vida de muchas personas. Pero, por otra parte, uno habría querido hacer más. Y ahora, con la pandemia, los desafíos son enormes.

-A usted le tocaron tres épocas claramente diferenciadas en la región: la primera, de auge en los precios de las materias primas; la segunda, del fin de la bonanza, y esta tercera, del coronavirus...

-Cada una es muy distinta, con desafíos diferentes. De la primera debería destacar que la mayoría de los países latinoamericanos pudieron disminuir la pobreza y mejorar sus indicadores sociales; de la segunda, y a diferencia de ocasiones previas, la crisis resultó ser de menor magnitud porque logramos constituir instituciones más fuertes; y de la tercera, que debemos aplicar las lecciones aprendidas de lo que hicimos bien y mal para salir de este bache más temprano que tarde.

-Pero igual se perdieron oportunidades. ¿O no?

-Sin duda. En términos generales, la región cayó en eso que se llama la autocomplacencia cuando el viento estaba a favor, por lo cual se dejaron de hacer reformas que eran claves para mejorar la competitividad y la productividad: calidad de la educación, infraestructura o mejora de las instituciones públicas. Los buenos tiempos acabaron con el sentido de urgencia, y más de un problema se pateó para adelante. En otros casos, se desperdiciaron los recursos que ahora hacen tanta falta para salir más rápido de la crisis.

-¿Y el Banco podía haber hecho algo para evitarlo?

-Hicimos lo que nos corresponde, que fue insistir en que había que hacer la tarea pendiente para construir sociedades más justas e incluyentes, además de apoyar buenos proyectos. También mejoramos nuestra capacidad de asesoría, para transmitir conocimiento y buenas prácticas. Incorporamos con más énfasis temas como las consideraciones de género o el de la sostenibilidad ambiental en la agenda, le abrimos espacio al sector privado y nos preocupamos por desafíos como el de la revolución tecnológica. Algunos nos escucharon; otros, no tanto.

-Más allá de la coyuntura, ¿qué le preocupa de la región?

-Dos temas centrales. El primero es la desigualdad, contra la cual avanzamos mucho menos de lo que deberíamos. De la pésima distribución del ingreso se derivan muchos de nuestros males, incluyendo la violencia. A mí me cuesta entender que combatir la inequidad no sea una prioridad, por razones éticas e, incluso, del tamaño de los mercados. El segundo asunto es la política, en donde uno ve señales de deterioro, como la polarización, las prácticas corruptas o el populismo. Los ciudadanos están obligados a reaccionar antes de que sea tarde.

-Eso es más fácil de decir que de lograr...

-Lo tengo claro. Pero aquí no se trata de reinventar la rueda. Disminuir la desigualdad pasa por cobrarles impuestos a los que tienen, incluyendo a la clase media, y hacerles transferencias a los que menos tienen. Eso exige sistemas tributarios justos y modernos, pero sobre todo voluntad. En cuanto a la política, la responsabilidad recae en la gente, que debe participar no solo votando, sino informándose y postulándose a cargos electivos. A la democracia toca revitalizarla, y eso solo se logra si las personas ejercen sus derechos y exigen resultados.

-¿Las protestas que se vieron el año pasado son el resultado de esa situación?

-Absolutamente. Hay una inconformidad que tiene una base real. Puede ser que no hayamos visto muchas protestas este año debido a la pandemia, pero pensar que la insatisfacción desapareció sería un gran error. Es más, los dirigentes están obligados a entender que ahora el público será más exigente, porque la realidad de la mayoría se deterioró. Los peligros de pensar que solo basta con volver a lo de antes son muchos.

-¿Y cuáles son?

-Las tentaciones totalitarias o populistas. No olvidemos que durante la Gran Depresión de los años treinta del siglo pasado, un buen número de presidentes acabaron siendo remplazados por regímenes militares. No creo que eso suceda esta vez, pues pienso que somos más maduros políticamente, pero tampoco podemos olvidar la historia. Por eso me inquieta más ahora el populismo con esa tendencia a sacar soluciones del sombrero que acaban empeorando las cosas y con ese ánimo de polarizar a la opinión. Divide y reinarás, dicen.

-Veo que le interesa mucho la política...

-(Risas) Como dice un libro del BID, editado a comienzos de siglo, la política importa. Nada determina más la salud de la economía y la calidad de vida de la gente que la manera como somos gobernados.

-¿Se ve usted en la política colombiana? Su nombre siempre suena

-La respuesta es la misma de siempre: no. Para mí es y será un motivo de orgullo haber sido funcionario del gobierno colombiano, contar con el respaldo de mi país y tener el privilegio de ocupar la presidencia del BID, pero aquí acaba este capítulo.

-¿Entonces qué va a hacer?

-Lo primero que voy a hacer es tomar un tiempo para estar con los míos, que siempre han sido los más sacrificados por mis ausencias. Mi esposa, mis hijos, mi nieto, mis hermanos... me van a tener más presente que antes. Entre los planes inmediatos también está el de terminar un libro sobre América Latina que vengo borroneando desde hace meses. En las semanas que vienen podré examinar algunas ofertas que me han llegado, a ver cómo me organizo el próximo año.

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