ANÁLISIS

Llamado a unidad con eco incierto

"Biden llega al poder en un país dividido entre visiones contrapuestas de la realidad y de la identidad”, dice el historiador Jon Meacham.

Joe Biden en el Salón Oval. Foto: AFP
Joe Biden en el Salón Oval. Foto: AFP

Al final, la toma de posesión triunfó sobre la insurrección.

El llamado a la unidad nacional que hizo el presidente Joe Biden en su discurso del miércoles se basó en la creencia -emanada de décadas de trabajo dentro de las conflictivas instituciones gubernamentales- de que Estados Unidos puede retornar a una era en la que “la cantidad suficiente de nosotros confluya para impulsarnos a todos”.

Fue un llamado al restablecimiento de la divergencia normal en la democracia, con un recordatorio de que “la política no tiene que ser un incendio embravecido que destruye todo lo que hay en su camino”. Las palabras adquirieron más fuerza porque fueron pronunciadas desde la misma escalinata de la entrada al Capitolio donde dos semanas antes un violento ataque sacudió a Estados Unidos y lo obligó a darse cuenta de hasta dónde llegarían algunos estadounidenses para anular el resultado de unas elecciones democráticas.

La toma de posesión de Biden se destacó por su normalidad y por la sensación de alivio que impregnó la capital al dar por terminada una era de constante turbulencia y falsedad. Sin embargo, está asumiendo el cargo en medio de tantos traumas entrelazados a nivel nacional, que aún no se sabe si podrá convencer a la cantidad suficiente de estadounidenses de que caminen juntos hacia una nueva era. Para hacerlo, tiene que lograr que el país supere las divisiones partidistas que hicieron que el uso del tapabocas fuera un acto político y ganarse la aprobación de decenas de millones de estadounidenses que creyeron la mentira de que habían robado la presidencia.

Biden no es el primer presidente en asumir el cargo en un momento de desesperanza y división a nivel nacional. Abraham Lincoln, cuya toma de posesión en medio del temor a la violencia flotaba en este momento, se enfrentó a un país que se escindía en una guerra civil. Franklin D. Roosevelt, quien estaba en su tercer periodo cuando nació Biden, tomó un país sumido en una depresión.

Pese a que Biden no enfrenta una sola crisis de igual magnitud, aclaró -sin hacer la comparación- que ninguno de sus predecesores enfrentó tal conjunto de dificultades al mismo tiempo.

Nunca mencionó al presidente Donald Trump, pero sin duda hablaba de él -y de los más de 140 congresistas republicanos que votaron en contra de la certificación de los resultados de las elecciones, a pesar de la falta de pruebas de un fraude generalizado- cuando dijo que “debemos rechazar la cultura en la que los hechos mismos son manipulados e incluso fabricados”.

La presidencia de Biden se basa en la apuesta de que no es demasiado tarde para “terminar con esta guerra poco civil”. Incluso algunos de sus partidarios y candidatos más fervientes, de una o más generaciones anteriores a él, se preguntan si sus llamados a que los estadounidenses se escuchen unos a otros, “no como adversarios, sino como vecinos”, no están llegando demasiado tarde.

En un país que, al parecer, no puede compartir un conjunto común de hechos, estar de acuerdo en la utilidad de los tapabocas, en la inocuidad de las vacunas o en que las votaciones presidenciales no fueron fraudulentas, cumplir el sueño de Biden de restablecer de manera ordenada el debate sobre las políticas podría parecer como el triunfo de la esperanza sobre la experiencia vivida.

“No tengo palabras para agradecer que, a pesar del daño que el presidente Trump y sus cómplices han ocasionado estos últimos cuatro años, hayan prevalecido las instituciones de la democracia”, señaló Kori Schake, una republicana que ha trabajado en el Pentágono y en el Consejo de Seguridad Nacional y ahora está en el American Enterprise Institute. “Pero para el presidente Biden, el reto no solo será gobernar, sino devolver la robustez a las maltrechas instituciones de nuestra democracia”, señaló Schake.

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