Abu Bakr al Bagdadi habla de paraíso pero impone el infierno

Líder ambicioso con mensaje de venganza

Entreteje un discurso propio de oradores de almimbar, arrastrando sílabas y recreándose en ciertas vocales, construyendo con las mismas aleyas que millones de creyentes musulmanes escuchan a diario en mezquitas, televisiones y autobuses, un mensaje de odio y de venganza.

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Abu Bakr al Bagdadi, califa del Estado Islámico, pidiendo obediencia. Foto: AFP

Ambicioso y cruel sin límites, cetrino de rostro y de barba cuidada, Abu Bakr al Bagdadi, el autoproclamado califa de un territorio robado, a caballo entre Siria e Irak, mantiene en jaque a los anquilosados estados de la región y a la perpleja comunidad internacional.

En su tela de araña, que comenzó a urdir en 2010, cuando fue designado "príncipe de los creyentes" a la cabeza del grupo terrorista Estado Islámico de Irak, han caído cientos de poblaciones, miles de kilómetros cuadrados y millones de ciudadanos.

Sirios e iraquíes, musulmanes (suníes y chiíes), y todas las minorías étnicas y religiosas sufren bajo su yugo la opresión de su despiadada dictadura islámica, que parece solo tener imaginación para la crueldad y que busca su legitimación en el Corán y la tradición islámica.

Nacido en la ciudad iraquí de Samarra, en 1971, Ibrahim Awad Ibrahim Ali al Badri al Samarrai —su verdadero nombre— tiene estudios universitarios y ejerció como imán durante años, antes de unirse a la resistencia armada contra la ocupación estadounidense de Irak en 2003.

En ese periodo, fue, según algunas versiones, detenido y encerrado cuatro años en el campo de prisioneros de Bucca, administrada por las fuerzas de Estados Unidos, antes de reengancharse de nuevo a la lucha yihadista.

En sus palabras, blancas y negras, como el estandarte de su grupo, no hay cabida para el gris, ni sus tonalidades. "El peor de los males es la innovación, toda innovación es herética, cada innovación herética es extravío y todo extravío conduce al fuego del infierno", proclamó en su sermón jaculatorio.

Para este caudillo, el islam es la religión de la guerra, no de la paz.

Habla de perdón, pero solo promete terror y venganza; de paraíso, pero impone el infierno sobre las tierras que ocupa. Y solo hay cabida para dos mundos en sus discursos, el de quienes abrazan la "ley islámica" y la "guerra santa", y el de quienes no, abocados a padecer su barbarie y la de sus fanáticos seguidores. EFE

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