India y Pakistán a la sombra del fanatismo

CLAUDIO FANTINI

Indira Gandhi consolidó su liderazgo en la guerra contra Pakistán que determinó la independencia de Bangladesh, mientras que Nawaz Sharif fue derrocado por los nacionalistas del ejército paquistaní, al quitar respaldo militar a una ofensiva del Lashkar-e-Toiba contra la India en el Himalaya. Tres conflictos armados desde 1947 prueban que la guerra entre India y Pakistán siempre está a la vuelta de la esquina. Y desde la década pasada, la mecha de esa próxima explosión se llama Lashkar-e-Toiba.

Ese "ejército de los puros" surgió del Markaz Dawa-wal-Irshad, el partido islamista cachemir liderado por Mohamed Latif, con el objetivo de unir la Cachemira india, con capital en Srinagar, a la Cachemira paquistaní, con capital en Muzaffarabad.

Sus jefes siempre fueron violentísimos, como Abu Muwaih, muerto en combate, y los aún vivos y combativos Tiger Memon y Dawood Ibrahim. Tan brutales como Masud Azhar, el líder del Jaish-e- Mohamed, la otra guerrilla separatista que ataca a la India desde Pakistán.

El Lashkar-e-Toiba fue creado por el ISI, los temibles aparatos de inteligencia de Pakistán. Por eso nadie creyó en su paso a la clandestinidad en el 2002, cuando la presión sobre Islamabad obligó a ese simulacro de ruptura. Tampoco nadie cree ahora que Pakistán vaya a juzgar de verdad a Zakiur Rehman Lakhvi por haber planeado el devastador ataque terrorista lanzado sobre Bombay.

Nueva Delhi exige a Islamabad algo que el presidente Azif Alí Zardari no puede darle: cesar el apoyo paquistaní al terrorismo que golpea la India. Debiera al menos desmantelar Jamat-ud-Dawa, la obra social que financia el terrorismo. Pero si Zardari le prometiera eso al primer ministro Manmuhan Sing, lo estarían engañando. El estado paquistaní engendró a los talibanes para reestablecer el poder que se había extinguido en Afganistán por la lucha entre las facciones de Gulbudín Hekmatiar, Burjanudín Rabbani y Ahmed Shah Massud.

En los hechos, hoy existe un "Pastunistán" que une a los pastunes afganos y paquistaníes por encima de la Línea Durand (frontera). Desde allí se ayuda al Lashkar-e-Toiba.

Pero no todas las razones están en Pakistán. El terrorismo que en los últimos dos años azoló Ahmadabad, Jaippur, Hyderabad y Bombay puede estar señalando un tumor en la propia India.

Incluso si todos los atacantes de Bombay hubieran sido paquistaníes, un desembarco de esa envergadura requirió una conexión local. Y esa conexión debe estar en la comunidad musulmana. Una comunidad que siempre fue pacífica, pero a la que la segregación sufrida en la última década restó inmunidad a la penetración del fanatismo.

Ocurre que, desde hace quince años, la capital financiera de la India está gobernada por el Shiv Sena, un partido ultra-hinduista cuyo nombre significa "Ejército del Shivahí" (por el nombre de un militar nacionalista) y alentó pogromos contra barrios musulmanes. El cambio de nombre de la ciudad es un signo del fundamentalismo hindú. Dejó la antigua denominación que le dieron los portugueses, Bombay (la buena bahía) para llamarse Mumbai, por la diosa local Mumba Devi, que integra el panteón de Shiva.

El fundamentalismo hinduista se ve también en el aumento de denuncias sobre pogromos y persecuciones a los cristianos. Aunque el signo más preocupante es el regreso del Baaratiya Janata, segundo partido más importante de la India, a sus raíces de extremismo nacional-hinduista.

En el marco de este resurgimiento del nacionalismo religioso, reapareció el concepto "hindutva", que proclama que la India debe ser sólo para los hinduistas.

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