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Huyendo de la miseria, migrantes venezolanos también luchan en el extranjero

Según Naciones Unidas, hasta 1,9 millones de venezolanos han emigrado desde 2015. Sumados a los que los precedieron, se cree que un total de 2,6 millones han dejado el rico país petrolero. 

Foto: Reuters
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Las cañas a lo largo del río Táchira crujen cada pocos minutos.

Los contrabandistas, en un número cada vez mayor, emergen de la maleza con un grupo de migrantes venezolanos: hombres que avanzan portando maletas destrozadas, mujeres que abrazan bultos en frazadas y escolares que llevan mochilas.

El grupo cruza las rocas, se adentra en el río y atraviesa la fangosa corriente hacia Colombia. Esta es la nueva migración de Venezuela.

Por años, a medida que empeoró la actual crisis económica del país, cientos de miles de venezolanos -aquellos que podían permitirse viajar en avión y autobús- huyeron a otros países lejanos y cercanos, donde muchos rehicieron sus vidas como migrantes legales.

Ahora, la hiperinflación, los cortes diarios de energía y el empeoramiento de la escasez de alimentos, están impulsando a huir a aquellos con menos recursos, quienes desafían la dura geografía, a los criminales y a las cada vez más restrictivas leyes migratorias, para probar suerte en casi cualquier lugar.

En las últimas semanas, Reuters habló con docenas de migrantes venezolanos mientras cruzaban la porosa frontera occidental de su país hacia la esperanza de una vida mejor en Colombia y más allá.

Pocos tenían más que el equivalente a un puñado de dólares en sus bolsillos.

"Es una vaina tremenda, pero la necesidad obliga", dijo Darío Leal, de 30 años, relatando su viaje desde el remoto estado costero de Sucre, donde trabajaba en una panadería que pagaba el equivalente a unos US$ 2 al mes.

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En la frontera, Leal pagó a los contrabandistas casi tres veces más para cruzar y luego se preparó, con alrededor de US$ 3 restantes, para caminar los 500 kilómetros restantes hasta Bogotá, la capital de Colombia.

Los contrabandistas, a su vez, pagaron una comisión a las bandas de delincuentes colombianas que les permiten operar, según la policía, los residentes locales y los propios traficantes.

Según Naciones Unidas, hasta 1,9 millones de venezolanos han emigrado desde 2015. Sumados a los que los precedieron, se cree que un total de 2,6 millones han dejado el rico país petrolero. El 90% de las salidas recientes permanece en Sudamérica, según la ONU.

El éxodo, una de las migraciones masivas más grandes jamás vividas en el continente, está poniendo mayor presión sobre los países vecinos.

Colombia, Ecuador y Perú, países que una vez recibieron a los migrantes venezolanos, recientemente ajustaron los requisitos de ingreso. La policía de esos países ahora realiza redadas para detener a los indocumentados.

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A principios de octubre, Carlos Holmes Trujillo, ministro de Relaciones Exteriores de Colombia, dijo que en el país podría haber hasta cuatro millones de venezolanos para 2021, lo que costaría a las arcas nacionales hasta US$ 9.000 millones.

"Estamos frente a la magnitud de un desafío que no había vivido nuestro país", afirmó.

En Brasil, que también limita con Venezuela, el gobierno ha desplegado tropas y financiamiento para gestionar la ola de migrantes y el tratamiento de los que llegan enfermos, hambrientos y embarazadas.

En Ecuador y Perú, los trabajadores dicen que la mano de obra venezolana reduce los salarios y se quejan de que los delincuentes están camuflados entre los migrantes honestos.

"Hay demasiados de ellos", dijo Antonio Mamani, un vendedor de ropa en Perú, que recientemente vio a la policía detener un autobús lleno de venezolanos indocumentados cerca de Lima.

"Debemos irnos"

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Al migrar ilegalmente, los venezolanos se exponen a redes criminales que también controlan la prostitución, el tráfico de drogas y otros delitos.

En agosto, investigadores colombianos descubrieron a 23 venezolanas indocumentadas que habían sido obligadas a prostituirse y vivir en sótanos en la ciudad caribeña de Cartagena.

Si bien la mayoría de los migrantes evita esos problemas, tampoco faltan otras dificultades, desde la carencia de vivienda y el desempleo, hasta la fría recepción que muchos reciben cuando duermen en plazas públicas, venden dulces o abarrotan hospitales ya sobrecargados.

Aún así, la mayoría persiste en la salida, muchos a pie.

Algunos se unen a compatriotas en Brasil y Colombia. Otros, habiendo gastado el poco dinero que tenían, están caminando por vastas regiones, como los fríos pasos andinos de Colombia y las sofocantes tierras tropicales, en un esfuerzo por llegar a capitales distantes, como Quito o Lima.

Johana Narváez, de 36 años y madre de cuatro hijos, dijo que decidió irse después de tener que cerrar el negocio familiar de un pequeño taller de reparación de automóviles en el estado rural de Trujillo.

Los ingresos adicionales que hacía vendiendo comida en la calle se acabaron porque el efectivo es cada vez más escaso en un país donde la inflación anual, según la opositora Asamblea Nacional, alcanzó 342.000% en setiembre.

"No podemos quedarnos aquí", le dijo a su esposo en agosto, después de que se quedaron sin comida y sobrevivieron gracias a las empanadas de maíz que les regalaron sus amigos. "Aunque sea a pie, debemos irnos".

Su esposo, Jairo Sulbarán, pidió limosnas y vendió llantas viejas hasta que la familia pudo pagar los boletos de autobús a la frontera.

El presidente venezolano, Nicolás Maduro, critica cada vez más a los que deciden irse y advierte que los migrantes terminarán "limpiando pocetas".

Su gobierno incluso ofreció vuelos gratuitos a algunos en un programa llamado "Retorno a la Patria", que la televisión estatal cubre todos los días.

La mayor parte de la migración, sin embargo, va en la otra dirección.

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Hasta hace poco, los venezolanos podían ingresar a muchos países sudamericanos solo con sus documentos de identidad nacionales. Pero algunos han endurecido las reglas y exigen a los venezolanos pasaporte o documentación adicional.

Incluso conseguir un pasaporte es un desafío en Venezuela.

Muchos migrantes argumentan que la escasez de papel y una burocracia cada vez más disfuncional hacen que el documento sea casi imposible de obtener.

Varios migrantes dijeron que esperaron dos años en vano después de solicitar uno, mientras que una media docena de otros dijo que les pidieron hasta US$ 2.000 dólares por parte de empleados corruptos para obtener uno.

El gobierno de Maduro dijo en julio que reestructuraría la oficina nacional de identificación y extranjería, encargada de los pasaportes, para erradicar la "burocracia y la corrupción".

El Ministerio de Información no respondió a una solicitud de comentarios.

"Venezuela terminará vacía"

Muchos de los que cruzan a Colombia pagan a los "arrastradores" para contrabandearlos a través de la frontera a lo largo de cientos de senderos.

Cinco de los "coyotes", todos hombres jóvenes, dijeron que el negocio está en auge.

"Venezuela terminará vacía", dijo Maikel, un contrabandista venezolano de 17 años con rasguños en la cara por el cruce a través de los senderos llenos de maleza.

Maikel, quien se negó a dar su apellido, dijo que perdió la cuenta de cuántos migrantes ha contrabandeado.

Las autoridades colombianas, también, luchan para tapar esas entradas ilegales.

Antes de que el gobierno ajustara las restricciones a principios de este año, Colombia emitió "tarjetas fronterizas" que permitían a los titulares cruzar cada vez que quisieran. Ahora, Colombia dice que detecta diariamente cerca de 3.000 tarjetas falsas en los puntos de entrada.

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A pesar de la intensificación del patrullaje a lo largo de la porosa frontera de 2.200 kilómetros, las autoridades dicen que es imposible asegurarla por completo.

"Es como tratar de vaciar el océano con un balde", dijo Mauricio Franco, un funcionario municipal a cargo de la seguridad en Cúcuta, una ciudad cercana a Villa del Rosario, junto a la frontera.

Y no sólo es cuestión de encontrar viajeros indocumentados.

Los poderosos grupos delictivos, que han controlado durante mucho tiempo el contrabando a través de la frontera, ahora están recibiendo su parte por el tráfico de personas.

Javier Barrera, un coronel a cargo de la policía en Cúcuta, dijo que el Clan del Golfo y Los Rastrojos, notorios grupos que operan en todo el país, están involucrados en ese tráfico.

Durante una reciente visita de Reuters a varios puntos ilegales de cruce, los venezolanos llevaban cartón, limas y baterías de automóviles como trueque, en lugar de usar el bolívar, una moneda casi sin valor ya.

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Los migrantes pagan hasta US$ 16 para cruzar. Maikel aseguró que después él le paga a los pandilleros alrededor de US$ 3 por persona.

Para su travesía, Leal, el panadero de Sucre, llevaba una mochila negra desgarrada y una pequeña bolsa de lona. La foto de 2015 de su identificación venezolana, su única documentación, muestra a un hombre más sano y feliz, antes de que comenzara a saltarse el desayuno y la cena porque no podía pagarlos.

Se sentó a descansar debajo de un árbol, pero su preocupación por la policía colombiana le hizo imposible relajarse.

"Tengo miedo porque aparece la 'migra'", dijo, usando el mismo término que usan los migrantes mexicanos y centroamericanos para describir a la policía fronteriza de Estados Unidos.

La situación no mejora según avanzan los migrantes.

Incluso si sus parientes transfieren dinero, las agencias de cambio exigen un pasaporte legalmente sellado para recoger el dinero. Las compañías de autobuses también rechazan a los pasajeros indocumentados para evitar multas por transportarlos.

Algunos se arriesgan, pero cobran una prima de hasta el 20%, según varios empleados de autobuses cerca de la frontera.

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La familia Sulbarán caminó e hizo autostop a lo largo de unos 1.200 kilómetros hasta el pueblo andino de Santiago, donde tienen familiares. Jairo, el padre, recorrió los garajes en busca de trabajo, pero no encontró ninguno.

"La gente dijo que no, otros estaban asustados", dijo Johana, su esposa. "Algunos venezolanos vienen a Colombia para hacer cosas malas y creen que todos somos así".

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