FIDEL CASTRO 1926 - 2016

Guerra, periodistas, propaganda e historia

Siguiendo a Marx, Castro se dedicó a hacer historia, no a soportarla.

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La revolución en el plano militar no fue gran cosa, su ejército rebelde era pequeño. Foto: AFP

Desde muy joven Fidel Castro, un hombre de rostro ovalado y casi dos metros de altura, fue un aventurero, un tanto matón y fetichista por las armas, seguro de su destino de grandeza.

Siempre confió ciegamente en sí mismo, como cuando el 26 de julio de 1953, con solo 26 años y al frente de un grupo de jóvenes, intentó tomar el cuartel Moncada. Pretendía desatar una rebelión generalizada contra la dictadura de Fulgencio Batista. Fracasó, fue apresado y terminó en la cárcel. El Partido Comunista de Cuba rechazó el asalto, calificándolo de "putsch burgués".

La defensa de Castro, un prodigio de propaganda, giró en torno al concepto "la historia me absolverá", expresión ególatra básicamente idéntica a la que Adolf Hitler utilizara 30 años antes, también enjuiciado después de un fallido intento de golpe. (Hitler terminó su defensa ante el tribunal que lo juzgó de la siguiente manera: "La historia, diosa de una mayor verdad y de una ley mejor, ha de sonreír cuando deshaga lo hecho en este juicio y a todos nos declarará libres de culpa..."). Castro debía confiar mucho en sí mismo para embarcarse en el viejo yate Granma a fines de 1956 e iniciar su pequeña guerrilla en Sierra Maestra, un portento de voluntarismo y buena suerte. Mientras tanto otras facciones opositoras, desde liberales a comunistas, concentraron sus acciones en las ciudades.

Parafraseando a Karl Marx, Castro se dedicó "a hacer historia, no a soportarla".

"Fidel era en esencia un demócrata liberal burgués", según Nikolai Metutsov, un funcionario soviético citado por Jon Lee Anderson, periodista de fuste y autor de una completa biografía del "Che" Guevara. Diversas fuentes de Anderson, quien vivió en Cuba entre 1993 y 1997, describieron a Castro como un "joven de naturaleza competitiva y colérica", "alborotador violento" y pistolero en sus tiempos de estudiante, y también un "antiimperialista vehemente".

Los grandes líderes revolucionarios suelen surgir de las clases acomodadas. Fidel y el "Ché" Guevara no fueron una excepción.

El historiador conservador británico Paul Johnson afirmó que "en todos los aspectos esenciales, la batalla por Cuba fue una campaña de relaciones públicas, desarrollada en New York y Washington. El principal defensor de Castro fue Herbert Matthews, del New York Times, que ofreció de su persona una imagen semejante al de un T. E. Lawrence (Lawrence de Arabia) del Caribe".

La revolución, en el plano militar, no fue gran cosa: el ejército rebelde fue siempre pequeño, aunque se caracterizó por su voluntad y capacidad de supervivencia; no hubo grandes batallas ni muchos muertos y buena parte del pleito se dirimió en las ciudades, en grandes paros, manifestaciones y escaramuzas, no en la Sierra Maestra. Pero, concluyó Johnson, "como lo reconoció el Che Guevara, después que todo terminó: La presencia de un periodista extranjero, de preferencia norteamericano, para nosotros era más importante que una victoria militar".

El régimen de Batista, decadente y abandonado por Estados Unidos, se derrumbó tras una serie de golpes políticos y militares.

Luego, tras el triunfo, Castro viró hacia el comunismo por razones de convicción y oportunidad: era el mejor sistema para dirigir al país a su antojo y sin plazo, y el respaldo soviético fue su mejor garantía de supervivencia.

El historiador británico Hugh Thomas dedicó buena parte de su vida a estudiar la guerra civil española (1936-1939) y el periplo de Cuba. En Una historia inacabada del mundo comentó que la televisión, "que ofrece al hombre medio una vida ordenada y conformista", fue utilizada "con un efecto devastador por Fidel Castro". En 1960 Cuba tenía tantos aparatos de televisión per capita como muchos países europeos desarrollados, y casi todos los hogares poseían radio.

Las acciones de Fidel, obsesivo, apasionado pero también zorro, casi nunca fueron casuales. No solía atacar sin tener en cuenta los costos y beneficios —al menos en materia política, pues muchas de sus decisiones en materia económica han sido tremendamente onerosas—. Así, por ejemplo, cuando insultó al presidente uruguayo Jorge Batlle en 2002 ("trasnochado", "abyecto judas", "lacayo de Estados Unidos") sabía que podría provocar una ruptura de relaciones diplomáticas. Pero al fin de cuentas no importaba: o bien Batlle se tragaba los insultos y le concedía un pequeño triunfo personal, o rompía relaciones, como al fin hizo. Pero Uruguay es muy poco significativo para un país, como Cuba, que durante más de medio siglo practicó el aislamiento forzado o voluntario, y concentró su relativamente pequeño comercio exterior en muy pocos países.

Castro también atacó a otros mucho más poderosos que Batlle y Uruguay, por cierto. Podía esperar, porque los regímenes democráticos mudan sus gobernantes a menudo. Y además, en buena medida construyó su imagen sobre una base de confrontación.

Más tiempo en el poder que Chiang, Kim Il-Sung, Gadaffi y Stroessner.

Fidel Castro, hijo de un gallego pobre que emigró a Cuba e hizo fortuna, gobernó muchos más años que Francisco Franco, otro gallego que regenteó los destinos de España durante 39 años. "Superó todos los tiempos y todos los lugares", según el ex presidente venezolano Hugo Chávez, su discípulo dilecto.

Otros personajes del siglo XX que gobernaron durante períodos extraordinarios fueron Chiang Kai-Shek, líder de la China nacionalista y enemigo de Mao (49 años); Kim Il-Sung, el "gran líder iluminado" de Corea del Norte (46 años); Omar Bongo, que presidió Gabón desde 1967 a 2009 (42 años); Muhamar Gadaffi, caudillo libio entre 1969 y 2011 (también 42 años); el número uno de la Albania comunista, Enver Hoxha (40 años); y el presidente paraguayo Alfredo Stroessner (35 años).

Entre los monarcas más longevos de la era moderna destacan Bhumibol Adulyadej, rey de Tailandia desde 1946 hasta su muerte en 2016; Isabel II de Inglaterra, soberana del Reino Unido desde 1952; y Hassanal Bolkiah Muizzadin Waddaulah, sultán de Brunei desde 1968. Hirohito, emperador de Japón, estuvo 62 años en el cargo; y el príncipe Rainiero de Mónaco permaneció 55.

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