El riesgo de guerra en Corea

CLAUDIO FANTINI

Que Corea del Norte haga gestos amenazantes generando picos de tensión en el Este asiático, es más bien la regla y no la excepción. Ese hecho, sumado a que de momento los científicos norcoreanos no pueden miniaturizar explosivos nucleares para convertirlos en ojivas, permite confiar en que esta vez, como en las anteriores, la belicosidad quedará sólo en el terreno de la gesticulación. No obstante hay dos novedades que, conjugadas, resultan inquietantes. La primera es que las amenazas anteriores constaban de un solo gesto: o bien lanzar un misil hacia el Océano Pacífico, o bien realizar una prueba nuclear subterránea. En esta ocasión hubo detonación subterránea y lanzamientos de proyectiles balísticos, a lo que se sumó una amenaza explícita de atacar a Corea del Sur.

La segunda novedad respecto a los anteriores desplantes es que, esta vez, estarían vinculados a una dificultosa sucesión del poder dentro de la absurda dinastía comunista.

Para el régimen de Pyongyang, generar picos de tensión era el instrumento de chantaje internacional con que negociaba prebendas y salvatajes energéticos, a cambio de distensión y control externo a actividades de la central nuclear de Yongbiong.

En esta ocasión, el juego guerrero parece relacionado a la enfermedad que paraliza al líder norcoreano Kim Jong-il desde agosto del año pasado, planteando la necesidad de implementar la sucesión dinástica. Kim Jong-nam, el hijo mayor de Kim Jong-il, tiene 38 años y de pequeño fue educado como delfín del trono creado por su abuelo. Pero se opone a su coronación buena parte de la nomenclatura, porque el primogénito intentó huir hace ocho años y, cuando lo arrestaron con pasaporte falso en el aeropuerto de Narita, se justificó diciendo que quería conocer la Disneylandia de Tokio. Esa misma nobleza decadente objeta también al siguiente en la línea sucesoria, Kim Jong-chol, porque se lo considera homosexual y el régimen es homofóbico. De este modo, sólo queda el más chico de los hermanos, Kim Jong-un, que es brillante, fue preparado en colegios suizos y tiene dotes de líder. Su problema es que, con sólo 26 años, tendría que tener un regente, que sería su tío, Jang Seong-taek, cuyo nombre también divide aguas en el Politburó.

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