LA CAMPAÑA ELECTORAL EN ARGENTINA

Cristina le teme a foto con De Vido y José López

Es la primera vez en la historia que un candidato a vice anuncia quién encabezará la fórmula presidencial.

Cristina Fernández de Kirchner sale de la sede de los Tribunales, en agosto de 2018, después que presentó un escrito. Foto: AFP
Cristina Fernández de Kirchner sale de la sede de los Tribunales, en agosto de 2018, después que presentó un escrito. Foto: AFP

Si alguna prueba faltaba sobre la conexión entre los intereses electorales de Cristina Kirchner y la decisión de la Corte Suprema de aplazar su juicio, fue la propia expresidenta la que la dio en una mañana de pasmo. La decisión de colocar a Alberto Fernández en la candidatura presidencial, y reservarse ella la de vicepresidenta, está cargada de extrañezas. Es la primera vez que Cristina devela una estrategia electoral con más de un mes de anticipación.

La historia de Alberto Fernández es la de un funcionario ejecutivo que nunca ganó una elección por su cuenta. Las encuestas fueron malas para él incluso en la Capital, su distrito. Solo fue diputado capitalino en los años 90 en una lista liderada por Domingo Cavallo.

¿Qué quiere hacer Cristina? ¿Quiere producir una réplica de la estrategia setentista, cuando Cámpora fue al gobierno y Perón al poder? Es la primera vez en la historia que un candidato a vicepresidente anuncia quién será el candidato a presidente. El cristinismo es inagotable en extravagancias. Puede ser, aunque nada estará definitivamente concluido hasta el 22 de junio, el último día para anotar los candidatos ante la justicia electoral.

¿Más sorpresas?

La única novedad categórica y concluyente es que Cristina será candidata en las elecciones presidenciales. Pero, ¿por qué Cristina será (o es) candidata y no aspira a la presidencia, cargo que ya ocupó durante ocho años? ¿Por qué le gusta ahora justo la vicepresidencia, una función que despreció profundamente durante sus dos mandatos presidenciales? ¿O, acaso, nos aguardan todavía más sorpresas antes del cierre de listas?

La noticia saca la mirada de la nación política de la Corte Suprema de Justicia y le da a ésta más margen para sus próximas decisiones sobre la expresidenta. Estará decidiendo sobre una candidata a vicepresidenta y no sobre una eventual presidenta. No es lo mismo. Los procesos judiciales son, hoy por hoy, la primera prioridad de Cristina. Se pueden decir muchas cosas de ellos, pero lo cierto es que Cristina y Alberto son astutos para imaginar esta clase de estrategias.

Por eso, el escándalo que provocó la Corte Suprema de Justicia, cuando intentó aplazar el primer juicio oral y público contra Kirchner por presuntos hechos de corrupción, no ha concluido. Podría agravarse aún más si el máximo tribunal de Justicia decidiera el martes próximo, día de acuerdos, aceptar las apelaciones de la expresidente mientras se realiza, al mismo tiempo, el juicio oral. O la Corte podría crear confusión y desaliento en los jueces que juzgarán a Cristina si resolviera, después de todo lo que pasó, posponer el tratamiento de las apelaciones. La lectura más simple y correcta sería que solo buscaría ganar tiempo, y que la presión social ceda, para colocar un manto de protección sobre la expresidenta.

El jueves, la Corte retrocedió en su decisión de posponer eventualmente el juicio a Cristina. No lo había postergado expresamente en la primera decisión pero había creado una situación incompatible con el inicio del juicio. Lo afirmó el propio presidente del tribunal oral, Jorge Gorini, quien señaló que el juicio no podría comenzar si él y sus colegas no contaban con el cuerpo principal de la causa. La Corte no aclaró, en su primer comunicado, cuánto tiempo retendría las 50.000 hojas que conforman la enorme investigación hecha por el juez Julián Ercolini, con los agregados de recusaciones, apelaciones y demás chicanas de las partes afectadas. El jueves, la Corte aclaró que le sacaría fotocopias al expediente y que lo devolvería en tiempo y forma. Retrocedió ante el escándalo social que había provocado, con cacerolazos incluidos.

En su documento de rectificación, el máximo tribunal agregó una contradicción más. Calificó la causa contra Cristina (aceptó que está tratando sobre todo el caso de ella) como un “tema tan delicado” -¿por qué?-. Si el tema era “tan delicado”, ¿no merecía, acaso, una resolución firmada por los cuatro jueces para explicar por qué lo hacían y qué alcances tenía la decisión?

En ningún país serio del mundo una corte constitucional toma una decisión un día y la cambia al día siguiente.

Cristina le teme a la foto del próximo martes, cuando aparecerá al lado de Lázaro Báez ,Julio De Vido y José López. Este último es el que asegura que los 9 millones de dólares que revoleó en un convento en una noche desquiciada venían de parte de Cristina. Sea cual fuere el temor de ella, lo cierto es que la Corte no puede intervenir en esta instancia del proceso. No debería haber muchas más explicaciones: no se puede hacer lo que no se debe hacer. Y la Corte no debe intervenir en las instancias inferiores de la Justicia, salvo en casos de extrema gravedad. ¿Es una gravedad extrema que Cristina se siente frente a los jueces por hechos de corrupción después de todo lo que comprobó la propia Justicia?

El director del proceso es el juez de primera instancia, que es quien tiene la facultad de decidir qué pruebas sirven qué pruebas son inservibles. Es el único que conoce la construcción de un expediente en tiempo real. Si se equivocara, existe una segunda instancia, la Cámara Federal, y hasta una tercera, la Cámara de Casación Penal, que pueden enmendarlo. Es obvio que los abogados defensores tratan siempre de dilatar los procesos.

Incómodo.

La estrategia de los abogados es quebrar el límite del “plazo razonable”. Regresemos al núcleo de la cuestión: la Corte juzga decisiones, no hechos. Es decir, juzga las decisiones de las instancias inferiores cuando han dictado sentencia definitiva. Ese es el poder y el deber de un tribunal constitucional: establecer si un juicio ha sido constitucional o inconstitucional cuando el proceso ha terminado.

De otro modo, como en este caso, la Corte deberá leer 50.000 hojas para conocer el verdadero contexto de las cosas. Habrá intervenido de hecho a las instancias inferiores y se habrá convertido ella misma en un tribunal inferior.

Si la Corte aceptara las apelaciones de Cristina y no interrumpiera el juicio oral, dejará al tribunal que la juzga en una situación muy incómoda.

A ningún juez le gusta que la Corte Suprema sobrevuele por encima de sus decisiones y mucho menos desconocer si en algún momento impreciso el juic io será suspendido.

Si no tomara ninguna decisión, y postergara su resolución sobre las apelaciones de Cristina, el tribunal oral se sentirá bajo la espada de Damocles. No importa que la espada caiga, sino que penda sobre la cabeza de los magistrados. La Corte dijo que hace esto para evitar futuras nulidades. Usemos el lenguaje de su borrador: ojo, que pueden estar cayendo en prejuzgamiento.

La sensibilidad moral está en juego para la Corte Suprema

“Subyace algo más profundo en todo este zafarrancho”, señala Joaquín Morales Solá en su enfoque tras el anuncio de Cristina Kirchner.

“Hay jueces que creen que están haciendo bien su trabajo cuando investigan la corrupción del kirchnerismo (los nombres de esos jueces los dio Alberto Fernández cuando los amenazó). ¿Qué mensaje les deja la Corte a esos magistrados si se mete sin pudor en medio de un proceso ante la mera posibilidad de que algún derecho de Cristina Kirchner sea eventualmente vulnerado?

El poco prestigio que le quedaba a la Corte ya no existe. No lo resolverá con la distracción del anuncio de que Cristina solo aspira a ser vicepresidenta. La Corte está a tiempo todavía de demostrar que sabe leer las leyes y que conserva la sensibilidad moral”.

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