FIDEL CASTRO 1926 - 2016

El último caudillo de un sistema muerto

Logró encantar a una parte de la Humanidad. Cuando la utopía se evaporó, solo fue un hombre asido al poder.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Fidel Castro dando un discurso en la década del 70. Foto: AFP

Fidel Castro es un pedazo significativo de la historia: sorprendentemente grande si se considera que no gobernó otra cosa que la pequeña y empobrecida isla de Cuba. Desde su baluarte, del que fue amo y señor durante más de medio siglo, provocó terremotos considerables. Y los provocó con palabras, símbolos e ideas, más que con hechos, y menos aun con dinero, lo que incrementa su excepcionalidad histórica. Fue un autócrata perverso o genial, según guste, amado u odiado dentro y fuera de fronteras con un fervor pocas veces conocido.

Sobresalió por su carisma, su egolatría y su pavorosa voluntad de poder. Ató la suerte de Cuba, hasta el detalle, a su gusto y capricho.

Fue el último gran caudillo de un sistema muerto: el socialismo burocrático, autoritario y excluyente. Y cuando ese sistema, la más grande utopía del siglo XX, se cayó a pedazos, sobrevivió en su isla casi como si nada hubiera ocurrido. Fue uno de los más grandes caudillos en la historia de América Latina, una vasta región cuya historia está plagada de caudillos. Muchos hombres y mujeres de la América turbulenta han adorado a hombres fuertes de todo pelo, desde Juan Domingo Perón o Augusto Pinochet a Hugo Chávez; pero por influencia y longevidad como regente ninguno puede compararse con Fidel Castro.

Llegó al poder a los 32 años, una edad muy temprana según cualquier estándar internacional. Su país cambió de señor.

El antiguo sargento Fulgencio Batista, líder de una dictadura cachiporrera sin carisma ni destino, dejó su lugar a Fidel Castro, hijo de un terrateniente gallego ultraconservador que, como otro gallego, Francisco Franco, se propuso gobernar de por vida y morir en el poder.

El cielo por asalto.

Puso Cuba patas arriba y al mundo cerca de una guerra incalculable. Por un tiempo hizo que el socialismo pareciera el Paraíso a la vuelta de la esquina, aunque había que luchar por él. Siguiendo su ejemplo revolucionario, y el de Ernesto "Che" Guevara, su gran compañero de aventuras, decenas de miles de jóvenes, tal vez centenares de miles, marcharon a la guerrilla en las décadas de 1960 y 1970, y muchos miles, decenas de miles, murieron en el intento de tomar el Cielo por asalto.

Autoritario, optimista, confiado en sí mismo, terminó por sentirse un mesías y habló como tal. "Ahora comprendo que mi destino no era venir al mundo para descansar al final de mi vida", afirmó en marzo de 2003 ante la Asamblea del Poder Popular (parlamento) cuando asumió su sexto mandato presidencial consecutivo sin votos en contra, pues las unanimidades son propias de las tiranías. (Quienes no estuvieron de acuerdo con el sistema debieron marcharse, al principio libremente, luego según el más sorprendente registro histórico de métodos para huir, desde balsas a globos aerostáticos. La isla está poblada por 11,2 millones de personas; otros dos millones y medio de cubanos vive en el exterior, la mitad de ellos en Estados Unidos).

Más nacionalismo que socialismo.

En nombre del socialismo y de la patria gestó un estado policial y concentrador. Pero le fue más rentable, políticamente, cultivar el nacionalismo que el socialismo. Y tomó más del leninismo que del marxismo, pues Lenin enseñó mucho sobre cómo llegar al poder y conservarlo. El partido controla a la sociedad, el comité central controla al partido y el caudillo controla todo eso.

Tras el fracaso y la caída de los regímenes comunistas en el Este de Europa en torno a 1990, que lo dejaron sin sustento económico, político y militar, su estrella internacional decayó. Empeñado en salvar algunos restos del naufragio, su retórica se tornó más nacionalista. Se convirtió en un augur de un Apocalipsis inminente provocado por el capitalismo, ya sea por razones económicas o ambientales como por una guerra nuclear. Al fin de cuentas ese tipo de anuncios ha tenido cierto éxito durante miles de años y lo sigue teniendo.

Sus enemigos, de una talla tan enorme como los Estados Unidos, solo lograron fortalecerlo. Para ello contribuyó a realizar una de las maniobras más riesgosas de la era moderna: meter a Cuba, apenas un bocadillo en las barbas de Estados Unidos, dentro del bloque soviético, el bando opuesto durante la Guerra Fría. Y compró su supervivencia con otra maniobra aún más riesgosa: aceptar que se instalaran misiles soviéticos con cabezas nucleares en la isla. La Crisis de los Misiles de octubre de 1962, tal vez el momento en que el mundo estuvo más cerca de una guerra nuclear, acabó con la retirada de los proyectiles a cambio de la promesa de John F. Kennedy de que Estados Unidos no invadiría Cuba (ver nota aparte).

El fantasma de Gorbachov.

A inicios del siglo XXI, cuando los sistemas democráticos se extendieron por América Latina como nunca antes en la historia, Fidel, el guerrillero de la palabra, era un arcaísmo, una expresión del pasado. Se perdió de vista en julio de 2006. Estuvo gravemente enfermo y al tiempo resucitó. Pero ya no era el mismo sino un hombre convaleciente y decrépito de 80 años. Cedió el poder a su hermano menor, Raúl, un hombre gris y despiadado, fiel ladero y segundo de a bordo desde siempre, porque las autocracias comunistas suelen transformarse en monarquías hereditarias. "Sobrevivió a diez presidentes estadounidenses y cientos de conspiraciones, invasiones, crisis bélicas y económicas, bloqueos y la caída del muro de Berlín. Cedió el poder vencido por la salud", escribió entonces Isabel Sánchez, de la agencia AFP.

Sin embargo, hasta cierto punto, continuó actuando como poder detrás del trono. Era impensable que las confusas reformas aperturistas intentadas por su hermano Raúl, cambiar para que nada cambie, no contaran con su apoyo. Raúl no se hubiera atrevido a hacer cambio repentino alguno en vida de su hermano mayor, en particular en el plano político. El gran fantasma ha sido y es el de Mijail Gorbachov: poner en práctica una apertura que rápidamente se vaya de las manos de la clase dirigente. En todo caso el método chino de apertura, bajo férreo control del Partido, parece más tentador. Pero Cuba no avanzó mucho en ese ni en ningún otro sentido.

Es endemoniada la cantidad de cubanos que se dedican a actividades no productivas o son empleados o dirigentes en el seno del Estado. Esa burocracia gobernante está paralizada y siente terror de intentar algo fuera de libreto. Mientras tanto buena parte de los jóvenes cubanos no se interesan en política, quieren viajar y están más bien hartos de consignas, privaciones y controles.

El sistema sobrevive por la acción del Partido Comunista, las fuerzas armadas y policiales y los Comités de Defensa, organizaciones barriales que asisten en el control social, movilizan a las personas y se ocupan de denunciar las "conductas antisociales".

El futuro de Cuba.

Ya no habrá chistes sobre la inmortalidad de Fidel. Muerto el caudillo, el eje en torno al que giró la vida de todos, la pregunta natural es qué será de Cuba. Las sucesiones nunca han sido fáciles para los regímenes autoritarios, aunque Raúl Castro, quien también es un anciano, ha tenido varios años para prepararla. El Partido Comunista tratará de evitar todo vacío de poder que provoque una deriva imparable, un cambio de sistema o actos de violencia contra el actual régimen. Y, como es de uso, albergará luchas intestinas hasta que una facción —o una persona— prevalezca.

Fidel Castro en tanto tiene asegurado un puesto de destaque en la historia del siglo XX. Fue, al decir del historiador británico conservador Paul Johnson, "la última figura carismática del mundo totalitario". Pero, para haber obtenido un sitial de mayor respeto, debió haber muerto muchos años antes, como su compadre Ernesto "Che" Guevara.

Tres días con Fidel hablando en La Habana.

En el correr de 1985, en plena Guerra Fría, miles de periodistas, intelectuales y técnicos de América Latina concurrieron a Cuba en diversas oleadas para discutir la última propuesta de Fidel Castro: el no pago de la deuda externa.

Las reuniones se realizaban en el Palacio de Convenciones de La Habana, un edificio nuevo, enorme y lujoso.

Uno de esos días Fidel se apareció en el estrado, escuchó un poco y luego empezó a hablar. Por un rato su mera presencia y sus palabras fueron magnéticas. Tenía algo de Wilson Ferreira Aldunate, chispeante, irónico; aunque en versión tropical y todopoderosa, un personaje no habituado a repreguntas ni a limitación alguna. "Te respondo en un momentico", dijo tras una pregunta, y luego habló durante tres días de reuniones. Habló y habló sin parar, saltando de un tema a otro, de una anécdota a otra. Nada de lo humano le era ajeno: daba consejos lo mismo sobre inseminación artificial de vacunos que sobre comercio exterior. Era más un propagandista en tiempos de guerra que un conferencista, que se dirigía a una audiencia en general complaciente y extasiada. Las preguntas de los invitados no eran tales, sino meras confirmaciones de sus palabras o centros fáciles de cabecear.

Después de varias horas de aquello, unos cuantos comenzaron a aburrirse. Solo algunos extranjeros pudieron darse el lujo de marcharse de la sala de congresos y reaparecer cada tanto después de largos paseos.

Washington contribuyó a convertir a Castro en un mito.

La política de Estados Unidos hacia Cuba ha sido un manual perfecto de ceguera, cuando no de arrogancia, un reflejo de los prejuicios y condescendencia que campean en amplios círculos de poder de Washington respecto a América Latina. El historiador estadounidense de ascendencia mexicana Ramón Eduardo Ruíz escribió en Cuba Génesis de una revolución que el intenso nacionalismo de los isleños se gestó primero contra la dominación española y luego contra el predominio estadounidense. Cuba era uno de los países más desarrollados de América y también "la más norteamericana de las antiguas colonias españolas". Los cubanos se comparaban con los estadounidenses, no con los latinoamericanos. Pero los sectores nacionalistas practicaban "un verdadero culto de autocompasión y resentimiento". (Algo similar ocurre en la Venezuela de hoy, que copia malamente muchos de los modos de vida estadounidenses pero, a la vez, dice detestarlos). Fidel Castro representó esos sentimientos y los aprovechó en su favor. Justificó su revolución —y el predominio absoluto de su persona— más contra Estados Unidos que a favor del socialismo.

En junio de 2000 el propio Castro admitió a Federico Mayor, ex director general de la Unesco, que fueron "los gobiernos de Estados Unidos los que me convirtieron en lo que se denomina un mito".

El embargo económico sirvió de excusa a Fidel y los suyos para justificar las estrecheces y la eterna carencia de lo básico, pese a que el régimen siempre pudo comerciar con el resto del mundo e, incluso, mediante triangulaciones, con los propios Estados Unidos. Pero cuando todo parecía perdido para una economía atrofiada, consiguió algunos nuevos amigos ricos, como el venezolano Hugo Chávez, otro hombre que exacerbaba el nacionalismo en su país a costa de Estados Unidos, y que volcó en Cuba enormes sumas de dinero. En febrero de 2008, Raúl Castro fue elegido presidente de Cuba y las relaciones con EE.UU. progresaron y en 2015 Cuba abrió su embajada en Washington.

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