LA BITÁCORA

Argentina y la cátedra chilena

El mundo es incierto y el nuevo gobierno tendrá que recuperar la unidad de los chilenos", escribió el expresidente socialista Ricardo Lagos a Sebastián Piñera en su mensaje de felicitación, en el que también ofrece su colaboración al gobierno de centroderecha que comenzará en marzo.

Vistas desde Argentina, las escenas que se sucedían en Chile parecían una utopía. El candidato derrotado yendo personalmente a felicitar al ganador. El ganador reconociendo las virtudes de su contrincante y compartiendo con él la instancia clave del festejo. Y a renglón seguido, Michelle Bachelet felicitando a Piñera y describiéndolo como un hombre que quiere a Chile y quiere "lo mejor para todos". Piñera respondió a la presidenta centroizquierdista de un modo también increíble para los argentinos: "Nunca he tenido la menor duda de que usted y yo queremos lo mejor para Chile (...) sí que espero tener la oportunidad de recibir sus sabios consejos".

Los diálogos y gestos entre ganadores y perdedores no sólo causan estupefacción del otro lado de la cordillera, donde el último traspaso del mando se realizó sin la presidenta saliente y donde se proclama abiertamente el deseo de que el actual gobierno caiga. Para buena parte de la región, los líderes de la centroizquierda y el ganador centroderechista dieron una cátedra de racionalidad democrática. Y le demostraron a las facciones ideologizadas del propio Chile que Piñera y Guillier eran los candidatos más moderados y razonables de las dos veredas políticas. Por eso se trataron siempre como adversarios y no como enemigos.

Al concluir la jornada Bachelet, Lagos, Guillier y Piñera salieron a conjurar el riesgo de que se instale en Chile el odio político que campea por buena parte del planeta.

Por esas horas, del otro lado de los Andes, la dirigencia que responde a la mujer que no entregó los atributos del mando a su sucesor, se organizaba para que una reforma que evidencia errores y falencias del gobierno, pero que también es consecuencia del desastre heredado, genere la violencia política y social que haga caer a Mauricio Macri.

Cristina no sólo no llamó para felicitar al candidato ganador. Se negó a transferirle el mando y trabajó desde el primer día para derribarlo. Hoy, derrotada en las urnas y acosada por varios jueces, aumenta su agresividad procurando que los errores de Macri lo hagan arder en una hoguera de violencia.

El revés de la postal que Bachelet y Piñera mostraron en Chile.

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