La historia de una joven saudita

A los 19 años, vive sueño de libertad

Rafah Alqunun quiere estudiar arquitectura en Canadá tras huir de opresión en Arabia Saudita.

Rafah Mohammed Alqunun sonriente al arribar al aeropuerto de Toronto después de la odisea que vivió al escapar de su país. Foto: Reuters
Rafah Mohammed Alqunun sonriente al arribar al aeropuerto de Toronto después de la odisea que vivió al escapar de su país. Foto: Reuters

Quiere ir a la universidad a estudiar arquitectura. Le gustaría tomar clases para perfeccionar su inglés. Se pregunta cómo canalizar su nueva condición de estrella de los medios. Pero, por sobre todo, Rafah Mohammed Alqunun, la ciudadana saudita convertida en refugiada en Canadá, quiere experimentar lo que significa ser una chica con libertad para vestirse como quiera y hacer lo que quiera.

“Quiero hacer las cosas divertidas que nunca pude hacer hasta ahora”, señala en una entrevista realizada en un salón de clases en un centro de refugiados, en la ciudad de Toronto.

En los días que ha transcurrido en Canadá, Alqunun, de 18 años, todavía parece un poco impactada. En dos semanas pasó de la vida de reclusión de una mujer saudita en Hail, una ciudad situada en la zona noroeste del país, a la vida de una mujer independiente al otro lado del mundo.

“Por la bienvenida que tuve y el amor que me han expresado, he visto que este es un país que respeta los derechos humanos y la dignidad de las personas”, comenta Alqunun, quien se ha convertido en una sensación de las redes sociales y una celebridad en favor de los derechos de las mujeres y los refugiados, tras huir de su familia, el 5 de enero, mientras estaban de vacaciones en Kuwait.

Libre de las restricciones que Arabia Saudita impone a las mujeres y usando la tarjeta de crédito de una amiga, compró un pasaje para un vuelo a Australia, con escala en Bangkok, donde las autoridades tailandesas dijeron que la enviarían de retorno a su país.

Alqunun pasó seis días encerrada en un hotel del aeropuerto de Bangkok, abrió una nueva cuenta en Twitter y montó una campaña para obtener asilo. “Tengo miedo; mi familia me matará”, tuiteó, agregando que su familia había amenazado otras veces con matarla y la consideraba como”su propiedad o su esclava”.

La joven se creó más peligro al renunciar al Islam a través de Twitter. “Me matarán porque me escapé y porque anuncio mu ateísmo. Querían que rezara y llevara un velo, pero no quería hacerlo”.

“Es como si Rafah se mudara a otro planeta porque nada resulta igual”

(The New York Times y Efe)

“Es como mudarse de un planeta a otro. Nada es igual”, comenta Yasmine Mohammed, una canadiense militante por los derechos de las mujeres, al describir el cambio en su vida que tiene Rafah Mohammed Alqunun.

Sostiene que la joven “debe enfocarse en sí misma y en su estabilidad mental antes de intentar ayudar a otros”.

El caso de Rafah tiene repercusión mundial por sus características, y porque en el aeropuerto de Torotno fue recibida por la ministra de Relaciones Exteriores, Christya Freeland, quien la presentó como “una nueva canadiense muy valiente”. La ministra advierte: “Si podemos salvar a una persona y si esa persona es una mujer, es un buen acto”. Pone énfasis en que “esto es parte de una política más amplia de apoyar a mujeres y adolescentes tanto aquí como alrededor del mundo”.

Por cierto, Rafah hace realidad el deseo de muchas mujeres sauditas. Una de sus amigas, identificada como Nura, explica por internet que “las chicas se escapan de sus familias porque están sometidas a una persecución y a las leyes que lo permiten”, dice desde un país que no quiere mencionar.

Otra joven, que se identifica como Ranvania, asegura que “la idea de pedir asilo es un sueño”, que siempre ha tenido. “Lo que me impide es que tengo tres hermanas y temo dejarlas. Sé muy bien que si pido asilo ellas pagarán el precio”. 

Reacción.

La indignación internacional contra los intentos de enviarla de vuelta a Arabia Saudita creció con rapidez. Si bien Alqunun tenía planeado viajar a Australia, el gobierno de Canadá le concedió asilo, después que Naciones Unidas la declaró refugiada. Hace ocho días llegó a Toronto.

En Arabia Saudita, Alqunun era estudiante universitaria de primer año, cursando ciencias básicas y matemáticas. Tiene nueve hermanos y su padre es un emir de muy buena posición económica. Admite que estaba financieramente confortable, pero carecía de libertad. Señala que la situación se hizo más difícil cuando su padre abandonó la ciudad y la puso a ella bajo el cuidado de su hermano mayor. Describe que su vida estaba bajo reglas estrictas y el abuso de su familia. Después que se cortó el cabello con un estilo que no fue aprobado por su familia, su hermano la encerró en una habitación durante seis meses, relata. Hace pocos meses, cuando ella se quitó la niqab -la prenda negra que solo deja los ojos al descubierto- su hermano la golpeó y volvió a encerrarla.

Amenazas.

Canadá acepta decenas de miles de refugiados por año, pero pocos tienen la calidad de estrella y una red social tan poderosa como Rafah. En apenas poco más de una semana, la joven reunió 176.000 seguidores en Twitter, forjó relaciones con militantes por los derechos humanos y ha aparecido en la primera página de los diarios alrededor del mundo.

La fama tiene su precio. Alqunun ha recibido amenazas de muerte online creíbles para los trabajadores que ayudan a los refugiados, quienes le brindan seguridad. Ella señala que extraña a sus hermanas y le procupa que su familia desate su furia con su hermana menor.

Alqunun tenía esperanza de una vida normal. Ahora, contempla la posibilidad de hablar en favor de personas oprimidas. “Tengo muchos seguidores”, indica. “Mi voz es escuchada. Quizás pueda hacer algo”. Pero, antes tendrá que dar algunos pasos. El gobierno de Canadá ofrece a los refugiados apoyo financiero durante un año y clases de inglés gratuitas. Los trabajadores que ayudan a los refugiados también la asistirán para obtener el seguro de salud, un número de seguridad social una cuenta bancaria, y encontrar un apartamento y amoblarlo.

Alqunun va aprendiendo a comprar en un supermercado y recorrer la ciudad en ómnibus o subterráneo por su cuenta, lo que nunca pudo hacer.

Mujeres en clima adverso

Maltrato y restricción para todo

Siempre que su padre la golpeaba o le ataba las muñecas y los tobillos para castigarla cuando, según él, lo desobedecía, Shada Al Muhaimeed soñaba con escapar. A pesar de su desesperación por salir, había una pregunta que siempre la desanimaba: ¿cómo escaparía? Temía que, si lo hacía a cualquier lugar de su país, la policía la regresaría a casa. Por eso, durante unas vacaciones familiares en Turquía, cuando tenía 17 años, Muhaimeed aprovechó una oportunidad. Mientras su familia dormía, tomó un taxi cruzó la frontera y solicitó refugio en Georgia, donde pueden entrar sin visa. Así dejó atrás Arabia Saudita e inició una nueva vida. “Ahora vivo como quiero”, dice Muhaimeed, de 19 años, desde su casa en Suecia. “Vivo en un buen lugar donde las mujeres tienen derechos”.

El fenomeno de que mujeres traten de escapar de Arabia Saudita tiene larga historia. Sin embargo, el número que piensa tomar ese enorme riesgo, parece haber aumentado, pues las mujeres frustradas por las restricciones sociales y legales recurren a las redes sociales como una ayuda para planear, y a veces documentar, su escape.

“Todas estas mujeres de las que no habríamos sabido nada hace quince años, ahora pueden encontrar una manera de comunicar su suplicio”, señala Adam Coogle, de Human Rights Watch.

Algunas de las que se atreven a salir lo hacen en silencio; viajan a Estados Unidos u otros países antes de solicitar asilo, pues nunca es seguro que lo obtengan,

“Nos tratan como objetos que pertenecemos al Estado”, comenta Moudi Aljohani, quien se mudó a Estados Unidos cuando era estudiante y ha solicitado asilo. “No importa que la mujer tenga opiniones políticas. Van a ir tras ella y la obligarán a regresar”.

Algunas mujeres señalan que optaron por huir debido al maltrato de sus familiares varones y porque sienten que el reino no les ofrece ningún medio de protección o justicia. Otras querían escapar de los códigos sociales islámicos estrictos que limitan lo que las mujeres pueden usar, los empleos que pueden tener y con quién pueden socializar.

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