PABLO ORDAZ, EL PAÍS DE MADRID
Lo primero que llama la atención en el despacho del presidente de Gobierno en La Moncloa es el silencio. José Luis Rodríguez Zapatero no está y los periódicos de la mañana siguen intactos sobre el escritorio. No es lógico que, al mediodía, no haya leído aún la prensa. Conclusión: Zapatero ya no usa este despacho.
"Les pasa a todos", dice una voz que sabe de lo que habla; "es el primer síntoma del `síndrome de La Moncloa`. Van dejando de utilizar este despacho -situado en el primer piso del edificio del Consejo de Ministros- y casi siempre se quedan a trabajar en el que tienen en la planta baja. El presidente trabaja allí en vaqueros, más cómodo, a salvo de las miradas".
El periodista distrae la espera curioseando por el despacho. Dos fotografías enmarcadas en plata. Una del Rey y otra del Príncipe. La de don Juan Carlos dice: "Con mi afecto personal". La de don Felipe: "En recuerdo de nuestro interesante y cordial encuentro". Hay también una fotografía de Sonsoles Espinosa, su esposa, y de las niñas, Laura y Alba, de 13 y 11 años. Zapatero se acerca caminando por el jardín. Llaman la atención sus grandes zancadas, pero sobre todo llama la atención verlo solo. Los días siguientes, Zapatero siempre aparecerá acompañado, rodeado de gente que le ofrece un café, un agua, un apretón de manos, una sonrisa, un libro dedicado, el consejo de un guardaespaldas que ya ha despejado el camino...
Además de la tensión electoral, están las obligaciones de la agenda: encuentro con la canciller alemana, Angela Merkel, en Palma de Mallorca. La mandataria no oculta su predilección por Mariano Rajoy. No hay temores de tensión. "Busca a alguien a quien el jefe haya echado alguna vez una bronca. En La Moncloa o antes de llegar a La Moncloa. Verás como no lo encuentras", asegura un allegado.
Zapatero espera a Merkel en la puerta del Ayuntamiento de Palma. Justo enfrente -en unas oficinas de la tesorería general de la Seguridad Social- unas funcionarias aprovechan para pedir un aumento de sueldo. Gritan "¡José Luis!" al tiempo que hacen la señal del dinero. El presidente les sonríe, les guiña un ojo y ellas se lo agradecen cambiando el tono del discurso: "Eh, José Luis, estás muy guapo, eh". La mañana se va en himnos nacionales, en desfiles, en firmas de libros de honor y en reuniones bilaterales. Un ministro refunfuña: "Estas reuniones no sirven para nada. Todo está pactado, todo acordado. Un día entero perdido para hacerse una foto".
A la mañana siguiente, los ministros esperan en la Sala del Consejo a que Zapatero termine una entrevista con un periódico gratuito. Segundo Martínez, el jefe de seguridad del presidente, hace recuento del itinerario rumbo al 9 de marzo: "35.000 kilómetros. 29 ciudades. 10 actos en Madrid. 18 entrevistas..."
Tras el fin del Consejo de Ministros, Zapatero camina solo por el jardín. Se dice que llega un momento en que todos los presidentes sufren un proceso de introspección. ¿Será este el caso? "No creo. Yo me encuentro muy bien. Estoy volcado en este trabajo, pero tengo una visión optimista de la vida. Tengo una vida personal muy agradable con mi familia, con mis amigos. Es un permanente baño de oxígeno", asegura.
Otro baño de oxígeno para él son los mitines. Cádiz. El candidato local, el ministro del Interior Alfredo Pérez Rubalcaba, se dedica a criticar a Rajoy para delirio de los presentes. El objetivo es que el presidente del Gobierno suba al estrado a las nueve menos diez de la noche. Si lo hace después no entrará en todos los noticieros. Si con algo dice disfrutar Zapatero es con los mítines. Se los prepara sobre el terreno y sube al estrado sin un papel. Se le cuestiona que ahí solo van los convencidos. "Sí, pero cuanto más convencidos están los convencidos, más convencen a otros. En un mitin, más importante que los discursos, son los aplausos".
A Zapatero, cada vez que entra en un mitin, los fieles le propinan una tunda de cuidado, a pesar de sus escoltas. El periodista le pregunta por su tranquilidad. Nadie del entorno de Zapatero parece valorar la posibilidad de que Rajoy les obligue a llamar al camión de la mudanza. "Sólo se puede ganar si se está seguro de ganar", responde.
Segundo Martínez, el jefe de Seguridad de Zapatero, se acerca a la mesa. Está preocupado por el acto en San Sebastián, País Vasco. Más concretamente, con que "se cuele" algún radical en el mitin. "¿Pues sabes qué, Segundo? No me importaría que se metieran. Tengo muchas ganas de decirles a estos, cuatro cosas a la cara". Esto último, Zapatero lo dice mirando fijamente al periodista. Es una forma que tiene de persuadir a su interlocutor, de demostrarle físicamente que siente lo que dice, y que necesita que el otro se lo crea, que lo grabe en su cerebro como palabras de ley.
"Quiero que lo tengan muy claro. Sólo hay un responsable de que hoy no haya paz en Euskadi: ¡ETA y su locura criminal!", grita luego en ese mitin.
Siguiente escala: la sede socialista en Madrid, en la calle Ferraz. Sonsoles Espinosa acaba de llegar al despacho que ahí tiene Zapatero. El momento tiene mucho de simbólico. Durante cuatro años -los que fueron de 2000 a 2004-, este fue casi el único lugar donde el matrimonio se vio de lunes a viernes. Habían tenido que dejar León con dos niñas muy pequeñas y trasladarse a Madrid. Fue justo después de que Zapatero ganase el 35º Congreso del PSOE imponiéndose a José Bono y a todos los pronósticos. Alquilaron una casa en Las Rozas, pero lo cierto es que por allí el presidente paraba lo justo. Los más íntimos de Zapatero guardan de aquella época un recuerdo agridulce. "Hasta el 2003", van contando en los tiempos muertos de los mítines, "al jefe lo ningunearon, los de fuera y también muchos de los de dentro. Incluso los periodistas de Madrid ni siquiera lo seguían a los actos. Él era el que menos se preocupaba. Nos decía: `tranquilos, hay que poner los faros largos`". La otra noche todos aquellos recuerdos flotaban por el despacho de la sede socialista de Ferraz. Mientras Zapatero atendía una llamada -otra más- de su teléfono celular, la fotógrafa le explica a su esposa el tono de los retratos que quería hacerles: normalidad. "Pues aprovecha -tercia la mujer, divertida-, esta es la normalidad. Él hablando por teléfono y yo al lado, esperando que termine".
Lo que más llama la atención de Zapatero -y tal vez lo que exaspera a sus contrarios- es que es un tipo satisfecho, tranquilo, seguro de sí mismo, razonablemente feliz. Sólo se muestra preocupado al hablar del futuro de sus hijas, del efecto que La Moncloa pueda tener en ellas. Dice que, de todas formas, si fueran chicos estaría más inquieto. "Pero son niñas, y yo creo que tienen un sentido mucho más maduro de la realidad. Pero es absurdo pensar que alguien que pasa y crece aquí, no verá afectada su forma de vida. Lo que se trata es de que les afecte lo menos posible".
Y, como si se reprochara esa incursión en la vida privada, enseguida vuelve a la política. En un feudo muy especial para los socialistas: la plaza de toros de Vista Alegre, en Bilbao. Antes del discurso, mientras los "teloneros" calientan el ambiente, él está sentado en primera fila, junto a Felipe González. Se le ve feliz, sudoroso, con la adrenalina a flor de piel. Cuando ve al periodista -que recién entonces dejará de ser su sombra- se para y gira, le tiende la mano y le pregunta, sonriente: "¿Qué? ¿Te he convencido ya?"