Jorge Savia

No se sabe de dónde vienen las balas...

Mientras la pantalla del plasma ametrallaba con imágenes emitidas en directo que daban cuenta de la decisión anunciada por Joseph Blatter de poner su cargo a disposición, Gerardo Pelusso casi murmuró en su apartamento de Pocitos ayer de mañana: "En esto ya no se sabe de dónde vienen las balas..."

No se trata de que el nuevo entrenador del Independiente Santa Fe de Bogotá ahora integre el Grupo de Estudios Técnicos de la Conmebol, porque el quehacer político del fútbol sudamericano y mundial pasa lejos de su ámbito de trabajo; el rescate de su frase es porque pareció muy gráfica, hasta exacta para definir lo que está ocurriendo desde que se desató "el escándalo de Zúrich" y, lejos de concluir, recién empezó con el operativo desplegado por el FBI y la remisión de 14 altos dirigentes a la cárcel.

Es que, tal cual sucede con la circunstancia de que esa ofensiva de la Justicia estadounidense se haya hecho justo dos días antes de que el Congreso de FIFA se aprestara a darle paso a un quinto mandato de Blatter, no resulta nada clara cuál es y cómo queda la geografía política del fútbol mundial luego que el suizo deje el poder que detentó a lo largo de 17 años.

Si es fácil al menos sospechar cuáles son los "malos", en cambio es difícil visualizar con certeza y de cara al futuro, cuáles son los "buenos"; por ejemplo, para los intereses del fútbol sudamericano.

En ese sentido, la pregunta es: ¿quién viene atrás de Blatter? ¿Un francés como Jules Rimet, que en 1950 le entregó la copa a Obdulio en Maracaná con la frialdad con que se pasa un paquete de croissants y panes con grasa pues la pompa solo estaba contemplada para el caso de que los brasileños fueran campeones mundiales?

¿O viene un inglés como Stanley Rous, bajo cuya égida la FIFA consumó el cruce de árbitros que en el Mundial 66 "sufrieron" Argentina frente a Inglaterra y Uruguay ante Alemania?

¿Y si viene otro como el propio Rous, que en el Mundial 1970 cambió la sede de un partido de semifinales, obligando a que Uruguay fuera a jugar con Brasil en Guadalajara, aunque el fixture marcaba lo contrario?

También podría venir un su-damericano que haga las de João Havelange, que en el Mundial 86, después que Uruguay dio la sorpresa al empatarle —y por poco no ganarle— a Alemania, mandó a Blatter para que les llamara la atención y pusiera en guardia a los árbitros acerca de "la mala intención de los uruguayos", lo que le dejó la pelota picando al francés Quiniou para que echara a Batis-ta a los 56 segundos del tercer partido de los celestes ante Escocia en la primera fase.

Ya con más realismo, podría venir alguien como Platini, al que los clubes poderosos de Europa enseguida van a presionar, como lo han hecho a nivel de la UEFA, para no tener que ceder más a sus jugadores originarios de otros continentes en los partidos de "fechas FIFA" que no sean los que corresponden a Eliminatorias para los mundiales.

No se trata de caer en el simplismo de que "más vale malo conocido que bueno por conocer", pero los apuntados son datos de la realidad; y lo cierto es que en 17 años de gobierno de Blatter no todo pasa por el "crimen" social de la muy abusiva sanción a Suárez.

¿Qatar 2022? Sí, está fea para el suizo; pero el casto Platini... ¡fue uno de los que levantó la mano!

Es más, la "apretada" europea de boicotear a Blatter si seguía en su cargo, fue liderada por el inglés David Gill, miembro del Comité Ejecutivo de FIFA que dijo que iba a renunciar por el escándalo; y es el mismo que, como CEO del Manchester United, admitió que facilitó la polémica venta del club a la familia Glazer, y el que ya como alto directivo de la Premier League presionó para negarle los jugadores a las selecciones de África.

No hay caso. No se sabe de dónde vienen las balas.

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