Ma. Rosa Curutchet

"A veces se llega tarde"

Es licenciada en Nutrición, presidenta de la Asociación Uruguaya de Dietistas y Nutricionistas, y tiene a su cargo el Observatorio de seguridad alimentaria y nutricional del Instituto Nacional de Alimentación (INDA).

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María Rosa Curuchet. Foto: Marcelo Bonjour

Unos días después de que se conocieran los resultados de la Primera Encuesta Nacional de Salud, Nutrición y Desarrollo Infantil, que hizo Uruguay Crece Contigo en cooperación con otros organismos, Curutchet dice que el hambre en Uruguay no es permanente, sino más bien “subclínica”: “un día como bien y al otro, no”. Considera que el Estado “a veces llega tarde” o no llega “de la forma integral en que se requeriría”.

—¿Le duele al INDA las últimas cifras sobre inseguridad alimentaria en niños?

—Cuando uno se encuentra con estas cifras duras intenta buscarles explicación. Porque realmente son altas: que tengamos 4% de privación es preocupante. Pero también pienso que ojalá Uruguay hubiera hecho un estudio de estos hace 15 años; seguramente las cifras hubieran sido mayores. Hay que mirar las tendencias, lo cual no implica que no urja resolverlo. Un país con las características de Uruguay no se puede permitir tener población que esté privándose de comer. Lo tenemos que solucionar, pero seguramente Uruguay venga con una tendencia decreciente en esto.

—¿Nunca se había estudiado?

—Sí hubo estudios, pero no eran los mismos universos, por lo que no es posible comparar. Uno que se hizo en 2011 ya daba 30% de preocupación (por conseguir suficiente alimento). Es una cifra alta. No está bien que pase —no lo justifico—, pero pensemos también que muchas veces uno se preocupa en lo cotidiano por los precios, porque ya no se puede comprar tal cosa. El estudio que salió ahora es valiosísimo porque es la primera vez que Uruguay tiene una encuesta profunda y nacional sobre en qué condiciones están creciendo los niños menores de cuatro años. Allí se aplicó una escala llamada Elcsa que mide la percepción de hambre en los hogares. Nosotros, con la Universidad de la República, estamos trabajando la misma metodología en Montevideo y zona metropolitana. El trabajo de campo terminó en septiembre y ahora se está procesando la información. Los grandes números de lo que estamos viendo allí son muy similares a los de la encuesta de niños.

—¿Por qué se hizo esa otra encuesta? ¿Ya percibían que había gente con hambre?

—Fue en el marco de un grupo que integramos con gente de Psicología, Química, Ciencias Sociales y Nutrición, que se llama Alimentación y bienestar. En dos años seguidos hicimos grupos focales con población de sectores bajo, medio y alto. Tratamos de entender cómo eligen los alimentos. Vemos que en el sector bajo la principal preocupación es conseguir alimentos que los llenen. Las frutas y verduras están totalmente desvalorizadas. Si ven que un alimento en su etiqueta relata que tiene vitaminas, es bueno. Se enfrentan a un jugo en polvo, que es puro colorante y azúcar, pero como se le adiciona alguna vitamina, desde el punto del marketing, ya es saludable. Esto contribuye a la mala selección de alimentos. Uno observa un desconocimiento importante a la hora de elegir. Pero como cosa valiosa, en niveles bajos uno ve que el hábito de cocinar subsiste: mucha comida de olla, preparación con caldo, rendidora, muchas harinas, arroz, fideos, papa.

—¿Y no surgió lo del hambre?

—Hay que manejar las cifras con mucho cuidado. Uno no puede decir que haya un 4% de niños que estén todo el tiempo con hambre. Una de las cosas que vemos en esta población es esa cuestión de resolver el día a día: yo resuelvo el hoy y de repente como bien. O no, y vemos la presencia de postres envasados que son altamente costosos pero tienen mucha publicidad y por eso se les atribuye un sobrevalor. La preocupación por "llenarse" nos preocupa; de alguna manera nos orienta. Desde una perspectiva de derechos, nosotros como Estado estamos obligados a asistir a una persona que está privada de alimentarse por sus propios medios y por la razón que sea. Si bien no es la única razón de ser del INDA, sin dudas es por la que más se nos conoce. Preocupa poder llegar a quien realmente lo requiere. A veces complican los sistemas de focalización para decidir qué población ingresa y cuál no. Siempre es costoso definir eso. La institución ha hecho todo un cambio de reestructura en cómo elige a la población. Estamos en este momento implantando un sistema informático de gestión que va a operar a nivel nacional y tiempo real. Salimos de todo el sistema de fichas papel, que lleva tiempo, para agilizar la rapidez de llegada a la población. Es una de las grandes debilidades que tiene la institución.

—¿Se llega tarde?

—El tema son los tiempos. El INDA siempre se ha basado en los gobiernos departamentales. No tiene una infraestructura territorial propia. Nuestros ejecutores son gobiernos departamentales, ONG, instituciones privadas, públicas, etc. Dependemos mucho de ellos. Cuando se identifica una situación de riesgo (por ejemplo, una embarazada adelgazada), el proceso de llegada, de identificación del caso, de que el INDA sepa que tiene una persona con nombre y apellido en esa situación y que defina la prestación, tiene que ser muy rápido. En eso estamos. Creo que hay que ser más eficientes, hay que seguir afinando la punta del lápiz para llegar. Se llega a veces tarde o no se llega de la forma integral que estos problemas requieren y que no se solucionan con una medida sola como puede ser dar una canasta, dar de comer. Si vivís en un contexto de una vivienda insalubre, si no hay interés por mejorar el clima educativo, si no hay acceso al trabajo… Es muy complejo. Pero cuando falta comida, hay que dar. Es la base de todo. Malcomido no se puede.

—Usted no diría entonces que hay hambre dura en Uruguay. ¿Qué es lo que hay?

—Esa cosa subclínica, permanente, de que no se llega a llenar o a satisfacer. Se va sobreviviendo. Eso, que seguramente sea lo más prevalente, es dramático. Creo que una de las expresiones de más violencia de una sociedad es tener gente privada de comer. Ese maltrato que muchas veces reciben las personas que tienen que pedir, es otra de las cosas que es muy violenta. Hasta el hecho de tener que hacer una cola esperando que se abra un comedor y que pase todo el mundo en la vuelta y te vea haciendo la cola para comer. Son muchas cosas en las que tenemos que avanzar como sociedad. No es un tema para echar culpas. Obviamente creo que el Estado tiene una alta responsabilidad, pero es de la sociedad. Cuando hay un derecho que estamos violando como sociedad, como sociedad tenemos que subsanarlo.

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