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Taxista ignoró un paro y recibió una paliza brutal

Me agredieron sin motivo alguno, porque yo no sabía que había paro. Me vieron pasando por San Martín y me reventaron todo.

Eran como 100, y los que me pegaron eran como 25; me pegaron con piedras, con baldosas y palos”, sostuvo Alberto Rosa, el taximetrista que estaba trabajando el sábado de tarde, se cruzó con una movilización del Sindicato Único de Automóviles con Taxímetro y Telefonistas (Suatt), y le pegaron tanto que le fracturaron el maxilar, le dejaron el ojo izquierdo morado y bañado de sangre, moretones en todo el brazo izquierdo y en la pierna derecha (de la cual renguea al caminar), y lo dejaron, por tiempo indeterminado, sin poder ir a trabajar.

A Rosa, que tiene 66 años, lo bajaron a prepo y le empezaron a pegar. Le dieron y le dieron por unos tres minutos -que parecen pocos, pero recibiendo golpes son demasiados-. Mientras le daban, le gritaban “carnero”. Cuando cayó al suelo, recién dejaron de golpearlo. En medio de la batahola, otro taxista que estaba trabajando bajó a auxiliarlo. La valentía era mucha, pero la desventaja también. Lo apartaron a piñazos. Se debió esconder atrás de un ómnibus. También con palos y piedras los agresores rompieron los dos autos.

Alguien, Rosa no sabe quién -no perdió el conocimiento, pero estaba muy mareado-, llamó a una ambulancia. Lo recogieron y lo llevaron al Hospital Militar. Y de ahí al Banco de Seguros. La fractura amerita una intervención quirúrgica, pero a Rosa no lo van a operar. No lo pueden operar. Tiene otras cuatro cirugías cardíacas, no le coagula bien la sangre. El taximetrista recibe a El País en la fachada de su casa y sin remera, y se le pueden ver las cicatrices que dan fe de que dice la verdad.

“Si me abren, me puedo morir”, advierte el taximetrista. Se queda pensativo, mira a su mujer, parada a su lado, que no se aparta de él por un segundo, y agrega: “la verdad es que no me mataron de asco”.

En el momento de la agresión Rosa no reconoció a ninguno de los taximetristas que lo golpearon. No sabe quiénes son. Hace más de 20 años que maneja un taxi y no los conoce. “No sé cómo entraron al gremio y ni quiero saber... Lo que hicieron fue un desastre”, señala.

Ya hizo la denuncia. Hoy, según le informaron, habrá una ronda de reconocimiento. En el día de ayer, también Rosa recibió una llamada donde lo amenazaban de muerte. Su abogada pidió que a su cliente se le brinde custodia policial.

Sobre su futuro, Rosa advierte: “pienso seguir trabajando en el taxi, siempre y cuando no me maten antes”.

"Yo no quería hablar”.

Esto es lo que repite Rosa mientras charla con la prensa. Primero un canal, después El País, después otro canal. Su dirección la pasaron a los periodistas desde la Patronal. Primero habían convocado a una conferencia de prensa. Luego cambiaron el horario. Y luego la suspendieron. Gentil, Rosa, de todos modos, atiende a los reporteros.

Pero afirma que “no quería hacer una conferencia”, y que la relación que tiene con la Patronal, es la misma que mantiene con el sindicato: ninguna.
Él es empleado. Maneja el taxi desde 1993, pero siempre como empleado. No está sindicalizado y tampoco tiene amigos patrones. Se apena, sí, por cómo quedó el auto de su empleador. “Hecho pedazos, un auto casi nuevo y lo deshicieron. Tiene apenas 8.000 kilómetros”, se lamenta.

El presidente de la Patronal, Óscar Dourado, que se solidarizó con Rosa, se limitó a decir a El País que este “se defendió como pudo”.

Desde el Suatt, su vocero, Ary Widemann, sostuvo a El País que al sindicato “no le consta que haya habido una agresión” contra Rosa. Sin embargo, Widemann dijo que no desmiente lo sucedido, y que se inició una “investigación interna para ver qué pasó”.

El sábado de tarde, cuando le pegaron a Rosa, el Suatt protestaba contra el despido de diez taximetristas.

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