Historia de vida

Fue trans por un año, nunca se sintió mujer y volvió a ser varón

El vocero del colectivo “Boomerang” dice que “no se nace homosexual”.

El integrante de "Boomerang" aclaró que no se trata de una colectividad cristiana. Foto: D. Borrelli
El integrante de "Boomerang" aclaró que no se trata de una colectividad cristiana. Foto: D. Borrelli

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Dos horas le llevaba producirse como una mujer para los shows, entre el maquillaje y la pelucas de pelo largo que usaba. A veces de color negro, a veces de color naranja. Hasta pensó en cambiarse el nombre a Valentina, pero después de haber vivido como trans por un año, decidió volver a ser Diego.

Al principio solo quiso que lo llamaran Diego. Fue así que evitó dar el apellido en sus primeras apariciones mediáticas, como vocero del colectivo de extrans, exgais, y exlesbianas “Boomerang”. Concurrió a la comisión de Población del Senado en agosto del año pasado, en ocasión de tratarse la ley para personas trans y la sesión se declaró reservada para preservar la identidad de los integrantes del grupo que cuestionó la norma aprobada.

Diego había pisado el Parlamento en la legislatura pasada. Esa vez el motivo fue bien diferente: “Salí a golpear despachos de senadores para que por favor votaran la ley de matrimonio igualitario, porque en algún momento me quería casar con un hombre”. Cuando lo vieron esta vez, muchos legisladores no entendían nada, contó el vocero de “Boomerang” a El País.

Diego Torres, de 25 años, vivió los primeros años de su infancia con su padres y cinco hermanos. Después de la separación de sus padres, se mudó a la casa de su abuela y a los 10 decidió irse con su padre, quien se desempeñaba como empleado público. Dos años más tarde, sufrió abuso sexual: fue violado por un allegado de la familia. No contó nada, se guardó todo y recién dos años después se animó a hablar de eso por primera vez con su familia.

“En ese entonces en mi mente se generó un patrón de que si ya había sido abusado por un hombre, si ya mi dignidad como hombre había sido perdida, nunca más iba a poder estar con una mujer, casarme, tener hijos. Desde ese entonces empecé a estar solo con chicos”, contó. En ese momento, cobraron fuerza recuerdos de su infancia, por ejemplo cuando algunos de sus hermanos lo vestían de mujer para pelearlo. Hoy, entiende que todo se trató de una “construcción social” que hizo tras el abuso.

Entre los 15 y 16 años, Diego se recibió de profesor de piano y decidió hacer las valijas para irse a vivir a Montevideo, junto a su pareja. Su familia estaba un poco dividida: su madre aceptaba su relación, el padre era más conservador y su abuela, católica practicante, le pidió que no le llevara novios a la casa. Ya en la capital se dedicó a estudiar teatro: “Un día una pareja me dice no podés vivir del teatro acá si no sos conocido. ¿Por qué no probás vestirte de mujer, ser drag queen, transformista, porque en los boliches eso garpa”. Se movía en el ambiente y de a poco se fue integrando a colectivos homosexuales, a los que hace un tiempo denunció por amenazas recibidas una vez que abandonó su vida trans, pero el caso no prosperó y fue archivado.

En paralelo a la militancia en los colectivos, se vestía de mujer y actuaba en fiestas nocturnas, allí empezó también a consumir marihuana primero y luego cocaína. Una de esas noches, una actriz argentina lo vio actuar vestido de mujer y lo incentivó a seguir en ese camino. Así que de alguna forma, señala, empezó a “creer” que no era solo un personaje.

Se hizo trans, pero no se sentía como mujer. “Nunca creí que iba a ser una mujer, porque sabía que iban a llegar los 50 años y el análisis de próstata me lo tenía que hacer, afirmó.

Con 19 años, Diego se fue a vivir a Buenos Aires dispuesto a transitar el camino para lucir como una mujer. Se vestía co-mo tal, se hizo depilación definitiva en rostro y cuerpo, se empezó a inyectar colágeno y bótox. Allí fue cuando también comenzó a hormonizarse, sin ningún tipo de asesoramiento médico. Fueron cuatro meses en total en los que se inyectaba estrógenos con el objetivo de lograr unas facciones de la cara “más delicadas”.

No trabajaba, vivía de los US$ 10.000 que le había dado su padre para mantenerse por dos años y se los gastó en un mes. Compró vestidos, zapatos, le pagó a hombres y mujeres para tener sexo y usó la mayor parte del dinero para comprar drogas. Al principio consumía un gramo de cocaína los fines de semana hasta llegar a los 17 gramos por día, aseguró.

Terminó viviendo en la calle, en el microcentro de Buenos Aires. Estuvo una semana, pero la vida era demasiado dura y no estaba acostumbrado. Un día, con unas monedas que había conseguido, entró a un cyber y leyó un duro mail de su padre. “Me decía que estaban destruidos, que me olvidara de mi familia, pero que me había depositado los últimos 100 dólares de la vida. Que hiciera lo que quisiera y sin pensarlo me vine para Uruguay”, contó.

Se fue a la casa de su madre en Rocha, pero le dijo que no lo podía alojar por sus hermanos. Un día, estando en lo de su madre, pasaron “chicos de Beraca” vendiendo y le ofrecieron participar de un campamento. “Yo sabía que Beraca son cristianos y les dije ni en pedo. Dije soy homosexual, me visto de mujer, y estoy superorgulloso de lo que hago”, recordó. “El campamento o la calle”, fue el ultimátum de la madre y le hizo caso. Cuando llegó al hogar Beraca de Maldonado aclaró que quería ayuda para salir de las drogas, pero no cambiar de condición sexual.

“Nadie me dijo que no podría entrar por ser homosexual”, aseguró. Después de estar allí un tiempo y sentirse contenido se dio cuenta que era homosexual “por la construcción” que había hecho a partir de lo que había sufrido en su niñez.

“Empezó un proceso en que yo solo, porque nadie me impuso nada, nadie me lavó el cerebro, me di cuenta que yo no había nacido para ser homosexual, o para vestirme de mujer y que iba a poder formar una familia”, concluyó. Hoy, es un fiel más de la Iglesia Misión Vida que lidera el pastor Jorge Márquez, tiene reparos con el trabajo del lobby de colectivos gais, pero asegura que su lucha no es contra la homosexualidad, porque tiene el mensaje de Jesús de “amar al prójimo”.

¿Si me hubiera operado cómo hacía para volver a ser Diego?

Una vez que llegó a los hogares Beraca, Diego Torres se integró también a la Iglesia Misión Vida que lidera el pastor Jorge Márquez -al que considera como un padre- y a la que pertenece también el diputado nacionalista Álvaro Dastugue. La colectividad religiosa estuvo sobre el tapete por el vínculo con la precandidata nacionalista Verónica Alonso y el financiamiento de las campañas.

Torres dijo a El País que no pertenece a ninguna colectividad política y su interés es terminar la carrera de abogacía. Decidió formar el colectivo Boomerang (junto a otros extrans, exgais y exlesbianas) para alertar sobre las consecuencias de algunas de las medidas contenidas en la ley para personas trans. Por ejemplo, la referida a la hormonización de menores, ya que sufre en carne propia las consecuencias: es propenso a tener infecciones renales, tiene lesiones en la vejiga y en los testículos; además le hacen exámenes por una posible infertilidad. “Me di cuenta que no podía ser una mujer y pude volver atrás. ¿Si yo me hubiera operado y el Estado me pagaba la operación, cómo hacía para volver a ser Diego?”, preguntó.

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