OPINIÓN

El porqué de un testimonio (22.4.1984)

Supe que debíamos rezar por él; que era un muchacho alegre, con campanillas en el alma, detrás de las cuales, era dable escuchar, sin embargo, el profundo tañido de grandes mandato.

Enrique Beltrán Mullin. Foto: Archivo El País
Enrique Beltrán Mullin. Foto: Archivo El País

Casi no lo conocí. Sólo recuerdo de él, una borrosa imagen de perfil, con una rodilla en tierra, mientras movía ante mis ojos un pequeño caballo sobre ruedas. Nunca sabré por qué, en el largo torrente, ha quedado flotando ese único recuerdo. Si casi no lo conocí, porque desapareció cuando yo daba mis primeros vacilantes pasos, de él supe siempre. Por más lejos que dé vuelta la mirada, por más distante que el recorrido sea, hasta remontarme a las primeras luces de mi percepción. Porque si fue tempranamente ausente, descubro el milagro de una presencia tan viva, por el amor que día a día, en medio de escondidas lágrimas que más tarde adivinamos, nos trasmitía, idealizada tal vez, pero con una tenacidad tan rica como admirable, los perfiles de aquella sombra, que muchas veces la sentíamos próxima a corporizarse.

Supe así que debíamos rezar por él; que era un muchacho alegre, con campanillas en el alma, detrás de las cuales, era dable escuchar, sin embargo, el profundo tañido de grandes mandatos; que su cabellera era abundante y rebelde, su cutis fresco y sonrosado, su risa pronta, y que su voz cálida y su elocuencia arrebataban las multitudes nacionalistas; que había viajado a Europa por una bolsa de viaje, ganada por el brillo de su expediente de abogacía, y que en lugar de un bufete para enriquecerse, había elegido el escenario político para luchar y morir por las cosas de todos; que había colaborado en la fundación de El País, y que en esa empresa, conjuntamente con sus compañeros de causa y amigos fraternos, había volcado toda su pasión, su entusiasmo, su idealismo.

Política era grandeza y país; duro escenario que debe atravesarse en medio de las pasiones, del mismo barro que la vida humana, de elogios a veces, de encontradas críticas las más, y salir de él, o caer en él, sin buscar abrigos egoístas a prueba del polvo, tan limpio el corazón como cuando en ella entró.

Esa presencia así idealizada no tenía errores, ni desfallecimientos ni pecados. En aquel cono de sombras que la angustia materna revelaba, todo, sin embargo se hacía luz y fe. Así había un camino para el idealismo, el amor a la patria, la generosidad, aunque, en verdad, nunca se nos dijo que fuera el del éxito.

Por el contrario, la imagen de aquel muchacho, que tenía abierto todos los horizontes del halago y de la ventura, tronchando de pronto podría ser una imagen para admirar, para inspirarse o para llorar, pero no para ver en ella la invitación al éxito.

Sí; supe desde que alboreaba mi razón, que había sido huérfano desde muy niño; que había conocido duras privaciones, que debió ganarse la vida desde temprano, pero que nada de ello hacía desmayar su ardiente fibra nacionalista, aunque aquella gran colectividad, como tantas veces en su historia, sólo convocaba al sacrificio, a la lucha por la causa a costa de sus grandes dolores junto a sus grandes ideales.

Sí; supe desde temprano, en un hogar feliz como era el nuestro, mi madre tenía la obsesionante premonición del duelo, y muchas fueron las veces que procuró atenuar el vigor de su pluma, el juvenil arrebato de su entusiasmo o de su indignación; y esa sombra “siempre puso en ella una callada e informulada angustia. Por ello aquel 1° de abril, cuando leyó el artículo “¡Qué toupet!”, despertó a mi padre para decirle: “Washington este artículo es tuyo ¿no?” Frente a una réplica afirmativa, contestó: “me parece muy fuerte”.

El esfuerzo para tranquilizarla no fue exitoso, aunque pudo creer mi padre que sí lo había sido. Por ello, aquel lluvioso 2 de abril, cuando salía alegre, con su rancho de paja, su traje gris y una raqueta de tenis, ya que había pretextado una partida y luego un picnic con sus amigos, después de recomendarle que no comiera carne porque era Viernes Santo, le preguntó: “Washington no tenés un duelo ¿verdad?” Una risa espontánea, un saludo cariñoso y despreocupado, un beso como siempre, y partió.

Fue así que leímos sus artículos proclamando que la abstención es un suicidio, por difíciles, arriesgadas que las jornadas cívicas fueran, entonces; sus discursos en la Constituyente y en la Cámara de Diputados, defendiendo la libertad y pureza del sufragio; una de sus postreras intervenciones parlamentarias, condenando la influencia oficial indebida, hasta el último artículo que escribiera, todo lo cual, envuelto en tropel entraba en nosotros, haciéndonos intuir, por indecisas que fueran las luces, que todo ello tenía que ver con su lucha y su sacrificio.

Pero tal vez recién hoy, después que todos hemos conocido por años, lo que significa la privación del derecho a elegir sus gobernantes y el triste entorno que siempre termina por envolver a esa privación, cuando claramente lo que tiene de hondamente sugestivo, que aquella fulgurante y corta vida, se abriera y se cerrara en el escenario público, con la defensa del sufragio como el instrumento de la forja democrática, y de su pureza y libertad para la plena efectividad del principio que es en la nación que radica la soberanía.

Si ayer escribiera algo de estas páginas para reafirmar mi fe en la grandeza de la tarea política, vuelvo a ellas para destacar un mensaje hoy palpitante, que sigue más allá de aquel 2 de abril en que “hasta Dios había muerto…”

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