Mucha historia en pocos metros

Reflejos de un presidente con estilo

La casa de Julio Herrera y Obes sigue en pie como sede de federaciones deportivas.

Tiempos actuales: espejos y esplendores que perduran al paso de los siglos en la casa de la calle Canelones. Foto: Francisco Flores
Tiempos actuales: espejos y esplendores que perduran al paso de los siglos en la casa de la calle Canelones. Foto: Francisco Flores

la casa de Julio Herrera y Obes, en la que se escribió una etapa fundamental de la historia de Uruguay, sobrevive hoy como la sede de la Confederación Uruguaya de Deportes. Ubicada en la calle Canelones 982, su esplendor de antaño figura en algunos libros, en un puñado de fotografías y en las crónicas sociales de los fenecidos diarios La Razón y El Siglo. Aun así, en la nobleza de sus materiales y en uno de sus salones, quedan rastros de un pasado de lujo y ostentación.

Durante casi tres décadas fue centro de la política de más alto vuelo y la vida social más rimbombante del Montevideo de fines del siglo XIX y comienzos del XX. En sus salones se dieron cita los hombres más poderosos de aquel Uruguay que aún seguía dirimiendo sus diferencias en revoluciones y guerras. Empresarios locales y extranjeros acudían para conversar con el dueño de casa. Así como también diplomáticos, artistas y hasta las más notables cantantes de Ópera que desfilaban por el Solís. Sus puertas estaban siempre abiertas. Los íntimos llegaban a la hora del almuerzo sin previo aviso. A la hora del té se sumaban a la enorme mesa del gran comedor visitantes que siempre eran bien recibidos. Se armaban tertulias que continuaban en la cena y terminaban a la media noche. Fue la residencia de un presidente de la República que conoció la fortuna material, la gloria y las mieles del poder. Pero que antes y después de su momento de gloria, sufrió exilios, guerras, destierros y persecuciones por defender la libertad y sus ideales.

Herrera y Obes, de cuya muerte se cumplirán mañana 6 de agosto 106 años, habitó esa casa desde mediados de 1880 hasta 1910. Allí, el 1° de marzo de 1890 salió vestido de frac y galera rumbo al Cabildo para jurar ante el Parlamento como presidente constitucional de la República. Puso fin a catorce años de dictaduras militares e inauguró la era civilista: "el jefe civil" lo apodaron en el Partido Colorado. Y allí regresó de la Casa de Gobierno, a pie, acompañado de un pequeño grupo de amigos, cuatro años más tarde, el l° de marzo de 1894 luego de haberle colocado la banda presidencial a su sucesor Juan Idiarte Borda.

Herrera y Obes desembarcó en la casona de la calle Canelones en 1885, a poco de regresar de un largo exilio en Argentina. Había sido uno de los quince principistas desterrados por Lorenzo Latorre en 1875, en la barca Puig. El exilio resultó mucho más largo de lo imaginado y se prolongó por una década en Buenos Aires. Según documentos a los que accedió El País, la casa comenzó a construirse en 1852, a poco de terminar la Guerra Grande. Fue edificada en un amplio terreno de 670 metros cuadrados y se desconoce quién la construyó. Al igual que las fincas linderas de aquellos años, fue propiedad del Banco Nacional, que se creó en 1887 de la mano del catalán Emilio Reus y contó en Herrera a uno de sus impulsores. No sabía Julio Herrera que tres años más tarde y a poco de asumir la Presidencia de la República, la quiebra del Banco Nacional generaría una profunda crisis financiera que condicionaría toda su gestión de gobierno.

La mansión.

A la casa se ingresa por una majestuoso escalera de mármol de Carrara que desemboca en un amplio espacio, que estaba cubierto por un enorme vitral realizado por artesanos italianos. Era la antesala al salón principal denominado Versalles por sus decoradas paredes y techos y por el lujoso mobiliario. Contiguo se encuentra el Salón de los Espejos, en el que el dueño de casa recibía a las visitas más íntimas. A unos pasos de allí se halla el gran comedor que fue testigo de los banquetes, y entre uno y otro, la sala de lectura en la que Herrera y Obes, en invierno, y frente a una chimenea, pasaba las tardes. Las habitaciones privadas se suceden y miran hacia la parte trasera de la casa. Mientras que una estrecha escalera de caracol comunica a una hoy desaparecida habitación en la que su morador se encerraba a meditar y a pensar soluciones en los momentos dramáticos que le tocó afrontar en la jefatura del Estado.

En el piso inferior se sucedían las habitaciones de servicio, que daban a un patio cerrado de piso de mármol damero. Al final, un pequeño jardín, con veleidades de patio andaluz era el lugar preferido de Herrera y Obes para las tardes de verano. Hoy toda la casa alberga oficinas de federaciones deportivas.

Julio Herrera debió abandonar esa casa en 1910. Había perdido todos sus bienes. Sin él saberlo, Elvira Reyes, su novia por más de cincuenta años, se hizo cargo de todos sus gastos. Cuentan que pidió marcharse de la casa de noche, para que nadie lo viera. Junto a su mayordomo y a la mujer de éste, pasó a vivir en una pequeña casa de 25 de mayo y Pérez Castellanos. Dos habitaciones, un baño, altillo con cocina y un dormitorio para sus fieles servidores, fueron el hogar de aquel hombre que se negó a recibir una pensión del Estado, porque en la Cámara de Diputados se pretendió cuestionar su probidad e idoneidad. Me encuentro " a Dios gracias en la integridad de mis facultades físicas e intelectuales(…) y debo y puedo "atender a la satisfacción de mis necesidades materiales con el producto de mi trabajo personal", escribió en una carta.

Épocas de un bien histórico

En 1910, la casa de la calle Canelones 982 que habitara Julio Herrera y Obes fue adquirida por el reconocido médico Juan Bautista Morelli, que la habitó hasta 1947. En la década de 1950 fue adquirida por el Estado. Hoy allí funciona la Confederación Uruguaya de Deportes. Mañana lunes se cumplirán 106 años de la muerte de Herrera y Obes (9 de enero de 1841- 6 de agosto de 1912).

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