Sobrevivir al desempleo

Reciclarse como cantante callejero tras perder el trabajo

Trabajaba en una importadora y ahora recrea las canciones de los Beatles.

Nunca fue a clases de guitarra y aprendió a tocar de oído
Nunca fue a clases de guitarra y aprendió a tocar de oído

"Trabajé durante años en una empresa internacional que cerró y se fue del país. Mientras no consiga otro empleo me gano la vida como artista callejero. Les dejo una canción de los Beatles. Ojalá les guste. Y si alguno puede contribuir con algo, se lo agradezco". Así se presenta cada mañana Gustavo Casanova al subirse a los ómnibus con una guitarra acústica italiana que compró un año atrás a 390 dólares gracias al dinero que ganó como artista urbano.

A los 17 años fue cadete en la papelería de su tía, después su suegro le ofreció emplearlo en su fábrica de impermeabilizantes pero duró poco porque "trabajar con la familia es lo peor que hay". Fue vendedor en una empresa de publicidad, en Multiseñal, y en una importadora. "Me iba bien, eran mayoristas y yo vendía artículos de bazar por los locales. En un momento pensaron que esta plaza no daba para más, decidieron irse, y me quedé sin trabajo con 55 años", relata Gustavo.

No le pagaron despido y los primeros dos meses pasó hambre. Recorría la volquetas para ver si encontraba alguna bolsita con comida. Cuando la cosa se ponía más brava se metía en el Vivaldi Hotel, se hacía pasar por huésped y desayunaba gratis café, medialunas y jugo.

Tener un techo propio fue clave para sobrellevar la situación sin un respaldo familiar. "Uno de mis hermanos vive en España y otro en la Costa de Oro pero no nos hablamos. Mi madre está en Durazno y mi hija es estudiante de veterinaria, no le podía pedir ayuda".

Cuando la cosa empezó a ponerse más dura, un amigo con el que se junta los viernes a tocar a dúo le tiró una idea: "¿Por qué no subís a los ómnibus y probás cantar?" Gustavo, que ya robaba "de gato" la guitarra de su padre con dos años para "rascarla" un poco, decidió hacer de su hobby un oficio por necesidad. "Nunca pensé que podía llegar a ser artista callejero, pero perdido por perdido...".

No tenía prejuicios, pero lo invadía "un susto paralizante". Tanto que en su primer viaje como artista urbano se fue con las manos vacías porque se bajó del ómnibus sin pedir plata.

Hoy lleva dos años de experiencia, pero el miedo no desaparece: "Recién me suelto al tercer ómnibus". Es más, no sale más de dos horas diarias porque el desgaste físico es peor que si hubiera jugado un partido de fútbol. "Te tenés que presentar ante 30 personas que no pagaron por verte, a muchos les molestás, otros van con audífonos. Eso no me molesta pero es gente que sé que no me dará un mango. Después de aflojar esa tensión te duele todo", señala.

Vivir el día.

Camina todas las mañanas hasta 21 de Setiembre y se toma el 116 rumbo al Centro con la guitarra a cuestas. Luego se sube a cualquier ómnibus que vaya por 18 de Julio, otro que baje por Eduardo Acevedo hasta 21, y repite la vuelta. Si trabaja dos horas al día percibe en promedio $ 600, y con eso cubre el presupuesto de todo el mes porque no paga alquiler.

Una vez andaba con ganas de pasear por Carrasco, agarró su guitarra y fue en distintos ómnibus hasta allá. Dio un par de vueltas por el barrio y en una tarde hizo $ 1.400.

"Mucha gente me felicita, les agradezco las monedas y me dicen, gracias a vos". Se valora la educación y el buen aspecto: "si te ven prolijo y hablás bien piensan que realmente necesitás el dinero, no que es guita tirada lo que te pueden dar".

Días atrás, una señora le entregó una tarjeta en el ómnibus para que fuera a hablar con alguien de parte de ella. Lo hizo y le ofrecieron trabajo en una portería, pero lo rechazó. "Gano mucho más en los ómnibus y soy libre, no tengo horarios".

Gustavo vive el presente y no se desespera. Dice que sobrevivió por su "gran poder de resiliencia". Le han dicho que en Uruguay pierde el tiempo porque si cantara en las Ramblas de Barcelona podría ganar mucho más dinero, "pero tengo a mi hija que es lo que más quiero en el mundo. Me quedo acá porque tengo una cama calentita, como todos los días y están mis afectos".

Punta del Este en el verano

Son las 11:40 del martes y a Gustavo le suena el celular mientras esperaba el 116 en la parada. Es la madre de un amigo que lo llama para ofrecerle una changa. Quiere que le programe la computadora, pero Gustavo se sincera y le dice que se lleva muy mal con la tecnología. "Igual se quiere me doy una vuelta", se despide.

Hoy miércoles le toca un día más tranquilo. Saldrá a repartir volantes y flyers para la tienda de camperas de cuero de un amigo. Lo hace en las tres liquidaciones anuales que la empresa realiza, pero es algo ocasional, no le da para mucho, aunque se instala todo el verano en Punta del Este y trabaja en esta tienda de ropa.

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