LLEGAN SIN PROTECCIÓN

Una peruana sale al rescate para dar abrigo y cobijo entre migrantes

Senobia Asenjo brinda ayuda económica y emocional a los extranjeros más necesitados.

Senobia Asenjo brinda ayuda económica y emocional a los extranjeros más necesitados. Foto: Fernando Ponzetto
Senobia Asenjo brinda ayuda económica y emocional a los extranjeros más necesitados. Foto: Fernando Ponzetto

La peruana Senobia Asenjo lleva 20 de sus 56 años radicada en Uruguay, y desde el día uno se dedicó a apoyar a sus compatriotas recién llegados con techo, comida y contención emocional. Ella y su esposo llegaron a alojar a 50 inmigrantes en su casa ubicada en Buenos Aires 215. La vivienda era pequeña pero se las ingeniaba para entrar: tiraban colchones en el living de 4X5 metros, la cocina de 3X2 y el dormitorio de 4X2, y así los cobijaban las primeras duras noches.

“Los hospedaba, les daba de comer, les conseguía trabajo, y arreglaba para que les pagaran la locomoción. Incluso hablaba para que en la licencia les dieran pasajes para ir a su país”, relata a El País Senobia Asenjo.

Hace cuatro años encontró un lugar donde poder armar una movida solidaria semanal: los artistas del Proyecto CasaMario (Piedras 625) le prestan sus instalaciones todos los jueves para que pueda dar desayuno y almuerzo a los inmigrantes que se arrimen. El menú se arma en función de los víveres aportados por personas que respaldan.

En el hall de entrada se acopian altas montañas de ropa y los extranjeros se llevan bolsos con lo que necesitan. El abrigo es lo más solicitado entre los caribeños, que se sorprenden por las bajas temperaturas que hay en estas tierras.

Senobia se toma un ómnibus, y retira casa por casa las donaciones. Otras veces llega a pagar un flete de su bolsillo para trasladar ropa desde la iglesia de los migrantes hasta Ciudad Vieja.

Once meses atrás, tenía todo encaminado para alquilar una casa con 18 habitaciones donde familias de inmigrantes pudieran rentar cuartos para vivir a $4.000, en vez de pagar $5.000 por cabeza en una pensión. Unos días antes de efectuar el depósito de alquiler, Senobia recibió la peor noticia: el barco donde su hijo se había embarcado para trabajar se había hundido.

El muchacho falleció el 10 de julio de 2018, un mes exacto antes de cumplir 40 años, y dejó dos niñas. Esas pequeñas se transformaron en el motor de la vida de Senobia.

Senobia Asenjo brinda ayuda económica y emocional a los extranjeros más necesitados. Foto: Fernando Ponzetto
Foto: Fernando Ponzetto

“Se me hace un poco más pesado porque tengo que ayudar a mis nietas. Hoy pensamos, vivimos y hacemos todo por ellas”, afirma. Hay otro dato que no es menor: lleva cuatro años desempleada y su esposo otro tanto. Se la rebuscan con alguna changa que su pareja logra rescatar.

Si bien los Jueves Migrantes dejaron de tener frecuencia semanal, el sábado 4 de mayo volvió al ruedo después de algunos meses alejada del proyecto por motivos de salud. Convocó a los inmigrantes a través del grupo de Facebook y WhatsApp: “Trae tu mochila vacía y llevate todo lo que necesites”, decía el afiche.

Ayudar a otros implica un esfuerzo inhumano para Senobia hoy, y aunque pensó en retirarse, lo sigue haciendo por la memoria de su hijo. “Me siento bien colaborando porque sé lo que se sufre cuando sales de tu país y llegas a un sitio donde no conoces a nadie”, comenta.

Testimonios.

Daisy fue una de las casi 100 inmigrantes que se arrimaron el sábado pasado a Piedras 625 para recibir un plato de comida caliente y llevarse algo de ropa. Esta cubana trajo poco abrigo porque no sabía que Uruguay era un país tan frío.

Pasó de casualidad por la puerta de CasaMario, ya que está próximo a la pensión de la calle Cerrito donde dos meses atrás se instaló con su marido y su hijo. “Venía caminando, me vio un amigo colombiano y me invitó a pasar”, cuenta.

Daisy y su familia vinieron de paseo a Uruguay, les gustó y decidieron probar suerte un tiempo. “Es un lugar tranquilo, no hay violencia y me tratan bien”.

En cuatro meses se les vence la Visa de turistas y verán qué hacen. Ella aún no consiguió empleo, pero su hijo, que en Cuba era mesero de un cabaret, está feliz con su nuevo rol de panadero.

Eliane también es cubana. Llegó hace un mes junto a su esposo “buscando cambiar la perspectiva de vida”, contó mientras buscaba talles de buzos, sacos, zapatos y pantalones.

Es que en las dos maletas pequeñas que trajeron solo colocaron indumentaria de verano. Ellos tampoco contaban con que pasarían tanto frío, y también entraron con Visa de turistas: “no podíamos venir cargados y despertar sospechas”, confiesa Eliane.

Ella y su marido dejaron a sus hijos de 17, 14 y 10 años con su madre y se comunican a diario con ellos vía Whatsapp. “Quiero luchar, trabajar acá y cuando tengamos los papeles intentar traerlos”, dice.

Su esposo era pastor en Cuba, y aquí le ofrecieron un contrato de trabajo en una iglesia adventista de inmigrantes que está previsto se instale pronto en la calle Ejido. Por ahora viven en un local por Andes cedido por la propia iglesia. “Nos acondicionaron el ambiente para que se asemeje a una casa: nos pusieron una camita, un baño y una cocina”.

Eliane y su esposo se están acomodando y ni siquiera tienen implementos de cocina. El lluvioso sábado 4 de mayo se arrimaron a CasaMario por recomendación de otro amigos cubano.

“Nuestro compatriota Pedro nos trajo hasta aquí para que nos ayuden porque estamos sin nada”, dice. Es que los Jueves Migrantes, que por esta vez se hicieron un fin de semana, funcionan gracias al boca a boca.

Pedro, por ejemplo, aterrizó en Uruguay el 15 de septiembre, sus coterráneos cubanos le contaron sobre CasaMario, y aquí recibió gran contención laboral, legal y sobre todo emocional. “Cuando uno está solo en un país tiene que abrirse camino de una forma u otra. Ellos me orientaron y ahora vengo y colaboro yo”, dice Pedro.

Un ejemplo de tesón y solidaridad a replicar

La de Senobia Asenjo es una historia de sacrificio y solidaridad. Apenas llegó a Uruguay dos décadas atrás empezó a trabajar con cama en una casa de familia. “Era la mano derecha de la señora, y todos los meses le entregaba un dinero para que me lo guardara. Trabajé ahí un año y 40 días.

Ella se quedó con tres mil dólares míos y me despidió. ”, relata. Ahí decidió que no permitiría que le faltaran nunca más el respeto. Luego se empleó con otras dos familias que la ayudaron muchísimo, “si te digo 10 puntos es poco”, resume. Trabajaba de 10:00 a 18:00, y de 20:00 a 8:00 sin días libres ni feriados.

Jamás tiró manteca al techo, pero sacaba de su boca para darle a los inmigrantes. “No me sobraba pero daba hasta lo mío. Mi padre falleció a los 102 años en Perú y me hice cargo de él, mi hermano estuvo muy delicado y también lo ayudé. Ahora estamos luchando por mis nietas y los migrantes”. Hoy Senobia sobrevive gracias a que su esposo hace changas.

Este proyecto pide más manos a la obra

Sebastián Manayay es peruano, lleva siete años en Uruguay y baila danzas típicas de su país. Su amiga Sandra lo invitó a participar de un evento en CasaMario, allí conoció a Senobia e hicieron buenas migas. “Ella es como una madre para mí, cuando te ve mal te levanta, siempre tiene una palabra de aliento”, elogia Sebastián a la propulsora de los Jueves Migrantes.

Trabaja en la construcción y cuando está en el seguro de paro siempre aprovecha para tender una mano a Senobia. “Recolecto ropa de distintos conocidos que tienen para donar y la paso a buscar por sus casas. Cuando llegué no recibí esa ayuda pero me siento útil dándole una mano al prójimo. Ojalá que si mis hijos andan por otros lugares tengan alguien que los trate así”, dice.

Lo cierto es que para que Senobia pueda seguir colaborando con los inmigrantes necesita el apoyo de alguna empresas o particulares que pueda poner su granito de arena, ya que todo sale de su bolsillo: el flete para trasladar las donaciones de ropa, los alimentos que compra para cocinar.

“Mi hijo me apoyaba económicamente y desde que él falleció es mucho más difícil para mí porque demanda mucho gasto. Con mi hijo habíamos acordado extender estos Jueves Migrantes y hacer actividades también los viernes, y sábados, pero al no estar él no puedo afrontarlo sola”, dice Senobia.

En una oportunidad, el Rotary Club le donó provisiones de polenta, arroz, fideos, aceite, pulpa de tomate, enlatados, y Senobia logró armar un surtido para los más necesitados.

El objetivo del grupo Jueves Migrantes trasciende el soporte económico; es también un espacio donde abogados asesoran a nivel laboral y jurídico, y sobre todo donde “hacerlos sentir en familia, y cobijados”.

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