El arte de sacar brillo

Oficio que está en extinción por culpa de los championes

Los lustrabotas que sobreviven tienen sus clientes en la ciudad financiera.

Raúl, de 84 años, en su cajón lleva pomadas, franelas, tres cepillos y tinturas de varios colores.  Foto: Fernando Ponzetto
Raúl, de 84 años, en su cajón lleva pomadas, franelas, tres cepillos y tinturas de varios colores. Foto: Fernando Ponzetto

El padre de Mario Barneche dejaba sus zapatos negros y puntiagudos al costado de la cama sin saber que su pequeño de 10 años se entretenía horas procurando sacar brillo al calzado. El destino quiso que dos décadas después ese juego infantil tan disfrutado se transformara en su oficio.

Sucedió sin que se lo propusiera. Mario tenía treinta años y andaba mal rumbeado, en la calle, hasta que un fiel amigo que vendía frutas en la esquina de Río Negro y San José le regaló un cajón-pie con tres cepillos y dos pomadas. A ese buen hombre le costó $ 50 cambiar la vida de Mario. "Empecé a lustrar con un poco de vergüenza porque en todos lados me miraban. No sabía nada y tuve que aprender", recuerda.

En una recorrida por los bares y cafés montevideanos en 1975 podía llegar a conseguir hasta veinte clientes diarios dispuestos a pagar $ 15 por cada trabajo. Atrás quedaron esas "épocas fuertes": hoy deambula seis horas por el Mercado del Puerto sin lograr sacar brillo a más de seis calzados. El precio también varió: "una lustrada bien hechita" la cobra entre $100 y $120, "según la pinta". La mayoría de quienes abonan con $150 ó $200 nunca le piden el vuelto. "Tengo una jubilación, esto me da para el día y voy chiroleando".

El trabajo bajó notoriamente y Mario le echa la culpa a los championes. Pero no se mueve del Mercado del Puerto desde hace veinte años porque sabe que es la zona ideal para poder estirar su oficio un tiempito más. Es que por la Ciudad Vieja circulan muchos oficinistas y otros tantos turistas que "vienen a hacer negocios de corbatita".

Mario para la oreja y escucha atento cómo hablan sobre containers y cabezas de ganado.

Figura.

Por las inmediaciones del Mercado del Puerto no existe quien no conozca a este señor de 70 años que cada tanto se viste de traje y lustra sus propios zapatos para verse más prolijo. Un peluquero fallecido acercó a Mario a esta zona en 1998 porque se enteró que hacía falta un lustrador. "Habló con la dirección del Mercado, me vieron buena presencia y me probaron", cuenta.

Tiene algunos clientes veteranos fijos, y otros que "agarra al vuelo" cuando pasa por las mesas al grito de "se lustra, se lustra". A los extranjeros les "entra" con simpatía y algo de parla. La tarde del lunes estaba muy poco movida pero a un italiano que comía un asado lo conquistó con un "benvenuto".

Melense: los clientes fijos de Shubert son hacendados y les lustra las botas de campo cada semana; otros los consigue en calles y bares.
Melense: los clientes fijos de Shubert son hacendados y les lustra las botas de campo cada semana; otros los consigue en calles y bares.

El cajón de madera con el cepillo, la pomada y la cera nunca están en la casa de Mario. Le pesa cargarlo y por eso prefiere dejar sus herramientas en el restaurante Don García. Allí para y le "tiran algún huesito".

Dice que le lustró el calzado al mundo entero y que se codeó con muchos famosos. En el Café Brasilero se hizo amigo de Eduardo Galeano, que siempre le llevaba libros de regalo.

También sacó brillo a las botas de Ruben Rada, el profesor Reyes Abadie, y Mariano Arana mientras fue intendente e iba al Mercado a tomar alguna grapa. "Después atendí a (José) Mujica y a senadores por doquier. Las charlas siempre se disparan para el lado de la política, y a veces les cuento anécdotas de cuando trabajaba hasta la una de la madrugada por cinco o seis boliches. Hacía $150 y era un platal".

Mario extraña la vieja escuela de los bares. Disfrutaba salir hasta altas horas de la madrugada con su cajón de madera bajo el brazo. Treinta años atrás no le pesaba cargarlo. Se metía por cuanto bar encontraba: el Yo-Yo, el Manchester, El Quijote, La Puerta del Sol, El Metejón. No paraba, y lo añora.

"Hoy están todos cerrados. Aquella época fue única. Ya no voy más por los boliches porque no hay ambiente. El Sorocabana era precioso, iban todas las inminencias y ahí llegué a lustrar 17 zapatos por día. Tomábamos café con esas medialunas que no probaré nunca más".

Monedas y pomadas.

Héctor y Raúl Gallo pasaban tardes enteras jugando al fútbol descalzos con una pelota de trapo porque no había plata. La madre de estos niños minuanos de 12 y 10 años estaba preocupada por las "malas juntas". Así que una tarde los llevó a la zapatería de Don Antonio y le pidió que los hiciera barrer. "El padre y yo no les queremos pegar pero pasan mucho tiempo en la calle con malas juntas", le dijo. Y el italiano Antonio los puso a lustrar zapatos al salir de la escuela. Los hermanos aprendieron el oficio trabajando a cambio de bizcochos viejos.

Un año después, Raúl le contó a su madre que se lanzarían por la cuenta. "¿Ustedes saben lustrar?", quiso saber ella. "No hay que ir a la facultad para aprender", contestó el menor de los Gallo. En 1940 arrancaron con dos cepillos rotos y unos restos de pomada heredados del zapatero Don Antonio.

Entraban a los bares con el cajón y un banquito al grito de "se lustra, se lustra", cobraban $10 a cada cliente, y "al mes ya éramos capitalistas: habíamos comprado dos latas grandes de pomada", recuerda Raúl Gallo sentado a dos pasos del Mausoleo del prócer.

Hace quince años se instala en ese "punto estratégico" montevideano y retoma el oficio que aprendió en la niñez, para complementar el ingreso que recibe como pasivo. "Fui feriante sesenta años. Primero fui peón y cuando mi padrino falleció me dejó su puesto y su camión. Después de jubilarme volví a lustrar zapatos porque es más fácil y liviano. La feria es agotadora".

Tiene 84 años y lo hace con gusto porque le recuerda su infancia. Raúl estará hasta que le dé el cuerpo. Tuvo que disminuir la jornada laboral de ocho a seis horas por recomendación médica. Padece disípela en las piernas y el doctor le dijo, "primero la salud, después el dinero".

Tiene una silla chilena que compró con un dinero que le regaló el futbolista Leonel Sánchez cuando se hospedó en el Radisson. Un tapicero amigo se dio maña para bajar a tierra su idea y le colocó un "injerto de nylon". Los clientes le agradecen el invento esas tardes heladas, cuando el viento sopla fuerte en la Plaza Independencia.

"La gente queda contenta. Y yo abajo tampoco paso frío porque mientras lustro muevo los brazos, y es como hacer gimnasia, entrás en calor". Igual siempre sale abrigado: un pantalón deportivo, otro de tela arriba, doble buzo y campera.

Raúl comparte con Mario que "el trabajo bajó por culpa de los championes". Y mientras lo dice no cesa de señalar los zapatos deportivos de todos lo que circulan por delante de su puesto.

"Cuando empecé, la gente hacía cola para lustrarse. Hoy es muy difícil que se acumulen dos personas. Pero hace quince años pasaban y me preguntaban, Raúl, ¿para cuánto tenés?, Hay tres adelante, demoro una hora. Entonces iban, comían y volvían", rememora.

Si llueve no se gasta en moverse de su casa porque es ley que la gente no se lustra si cae agua. Dice que los jóvenes no buscan sus servicios, e identifica a su público objetivo desde lejos.

Son escribanos, abogados, contadores y ciertos "turistas prolijos" con algunos años encima. "La gente mayor se da cuenta de que si el zapato no se lustra se empieza a apagar, queda opaco, y pierde el color. Acá hay mucha gente que usa traje todos los días y le gusta mucho ver brillar sus zapatos".

Raúl recomienda lustrar botas y zapatos una vez por semana. Cobra $ 70 cada trabajo. Dice que si el calzado está en mal estado le lleva veinte minutos, sino tarda la mitad. También tiñe por $ 80 del color que le pidan: negro, gris, rojo o blanco. Las cremas, pomadas y pinturas que hay en su cajón son argentinas.

Este bisabuelo de 84 años era súper coqueto y no se permitía salir de su casa sin lustrarse los zapatos, pero ya no necesita hacerlo. El trabajo de feriante le dejó secuelas en los pies. "Tengo el arco vencido, el único calzado que me viene bien son las pantuflas. Aparte, se me hinchan los pies porque tengo retención de líquidos. Nanas de la edad".

Brillos del cuero en pagos del interior
Nostalgia: Mario añora lustrar botas en el Café Sorocabana.

Inclinado sobre un trozo de un viejo cobertor, acomoda las pomadas, trapos, diarios, cepillos y líquidos. Se arrodilla, abre el cajón de madera y con el pie de su cliente allí apoyado comienza a cepillar para limpiar la superficie del cuero, en silencio. Con el cepillo pone pomada y deja secar, ordena al cliente cambiar de pie y realiza el mismo procedimiento en el otro zapato. Le da brillo al frotar con una franela a gran velocidad, despidiendo olor a pomada y diario para sacar lustre en cinco minutos. La jornada laboral de

Shubert Pereira o "el lustrador", como se le reconoce en Cerro Largo. Trabaja los siete días de la semana, salvo que llueva, "porque con agua no se lustra nadie". Tiene clientes fijos, hacendados y otros que paran en las calles. A todos les cobra $ 70 los zapatos y $ 200 el par de botas.

Los botines y la pelota de ayer

Raúl Gallo aprendió el oficio de lustrabotas gracias al zapatero de su Minas natal. Don Antonio lo mantenía ocupado a pedido de su madre porque a ella no le gustaba que pasara la tarde entera jugando al fútbol en la calle "con malas juntas". Raúl mantuvo el fanatismo por la pelota, y se sacó el gusto de fundirse en un abrazo con el exfutbolista Leonel Sánchez. El chileno se hospedaba en el Radisson y cada vez que pasaba por su puesto le preguntaba, "abuelo, ¿cómo era yo cuando jugaba al fútbol?" "Un fenómeno, pero te tocaban y caías, te querías pelear", respondía Raúl. Sánchez lo abrazaba y lloraba de emoción. Una tarde le dio plata para que comprara una silla chilena. Hoy Raúl la usa, y le mandó colocar un "injerto de nylon" para que sus clientes no pasen frío mientras le saca brillo a sus botas y zapatos.

Lustrador entre las plazas y los bares

Shubert Pereira aprendió el oficio en Melo desde niño. "Tenía 9 años y me rodeaba de otros lustradores mayores en la Plaza Independencia, donde estaba la agencia de Onda. Ahí había mucho movimiento, y mis compañeros eran ya viejos", recuerda. Y nombra al más popular de Melo: "Chaplín" o "El Pulguita", a quien Tabaré Etcheverry le dedicó una canción. Entre estos artistas del cuero creció Shubert y hoy es el único que sale casa por casa con su cajón a sacar brillo a los calzados de sus clientes.

Cuando el trabajo infantil no estaba regulado, los niños salían a buscar el pan para ayudar a aquellos padres que no les alcanzaba para sustentar a las familias numerosas. Esto obligaba a muchos adolescentes a postergar sus sueños, sus ganas de cambiar la realidad, y a abandonar los estudios.

Pero pese a haber comenzado a los 9 años, Shubert nunca quiso trabajar de otra cosa. "Tuve oportunidad de emplearme en la construcción o en campaña, pero nunca acepté porque aquí soy mi propio patrón y los horarios los marco yo", explica con orgullo.

Desde hace 41 años trabaja como lustrabotas y carga la caja de madera con cepillos, tintas, pomada, diarios, un paño, un cartón protector para las medias, una franela y un almohadón para arrodillarse a hacer un trabajo poco valorado y mal pago. "Se gana poco pero es mejor que otras labores, consigo clientes recorriendo los bares, la plaza y la terminal de ómnibus".

Los lustrabotas prestan servicios de mantenimiento de calzado a la comunidad en la vía pública, pero en los últimos años poco se los ve pese a que es uno de los oficios más antiguos y tradicionales, no solo en el Uruguay sino en el mundo entero.

Se dice que este oficio comenzó cuando los hombres solían pulir sus zapatos antes de ir a bailar, pues el que llevaba el calzado más brillante sería el afortunado ganador del corazón de una dama.

Pero esta forma de vida se ha reducido: los jóvenes de estos tiempos prefieren otro tipo de calzados, básicamente deportivos, sintéticos o de goma.

En muchos departamentos del interior como Tacuarembó, Rivera y Treinta y Tres ya no existen, pero en Melo hay uno, Shubert, que se dedica exclusivamente a esta actividad y vive de ello.

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