LA VIVIENDA PERDIDA

Ocuparon su casa y terminó durmiendo en un refugio

Era beneficiario de una vivienda de BPS; ahora vive una pareja con 5 hijos

El edificio propiedad del BPS está ubicado en el barrio Aguada entre las calles Bacigalupi y Lima. Allí viven unos 30 beneficiarios que son pensionistas o jubilados y perciben un ingreso menor a 12 U.R (unos $13.000). Foto: Marcelo Bonjour.
El edificio está ubicado entre Bacigalupi y Lima. Allí viven unos 30 beneficiarios que son pensionistas o jubilados. Foto: M. Bonjour.

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Desde enero de este año, la tranquilidad de los habitantes del edificio del BPS ubicado en Bacigalupi y Lima, se vio trastocada. En ese entonces, el usufructuario de uno de los apartamentos, un hombre mayor que de acuerdo a los vecinos “tenía malas costumbres” y solía tomar muy seguido, empezó a dejar que entraran al edificio personas desconocidas que se dirigían hacia su apartamento.

“Un día, un individuo, que ronda los 40 años, fue hasta las oficinas del BPS y dijo que era un sobrino del beneficiario y que iba a estar viviendo allí porque a su tío lo iban a operar de la próstata y él lo iba a cuidar”, contó una vecina del edificio a El País. El Banco de Previsión Social le otorgó el permiso para vivir allí por 30 días, mientras comprobaba el parentesco y la veracidad de la operación. “Resultó que no era sobrino, ni tenía relación familiar y al adulto mayor tampoco lo iban a operar”, dijo la vecina.

Para ese entonces, el supuesto sobrino ya se había instalado en el apartamento y había traído consigo a su mujer y cinco hijos, tres de ellos menores de edad. Preocupados por la situación, los vecinos decidieron hablar con el BPS que les envió una visitadora social.

“Hicimos una reunión donde se llamó al beneficiario y le preguntamos qué era lo que estaba pasando”, contó la vecina. “Nos contestó que las personas se quedarían en su apartamento por unos pocos meses y ante la pregunta de por qué los había dejado entrar si no eran parientes, nos dimos cuenta que el hombre estaba amenazado”, contó la mujer.

Desde que llegó la nueva familia, la vida de los vecinos cambió: pelas, gritos, juegos en los pasillos, y un desfile de gente por el lugar, son algunos de las cosas que padecen. Foto: Marcelo Bonjour.
Peleas, gritos, juegos en los pasillos, y un desfile de gente por el lugar, son algunos de las cosas que los vecinos padecen. Foto: M. Bonjour.

Según cuentan, el usufructuario dijo que no quería problemas y que si se tenía que ir a la calle, se iba, que ya estaba acostumbrado porque solía cuidar coches.

“La visitadora quiso que él declarara que lo habían engañado y amenazado para ocupar su apartamento, pero el hombre no quiso”, contó una de las beneficiarias del edificio.

Con el paso de los días, los vecinos fueron viendo de a poco, como al veterano lo iban apartando cada vez más: primero le sacaron las llaves de su casa; cada vez que quería entrar tenía que tocar timbre, “cuando por el contrario, el resto de la familia tenía llave, como también las novias y novios de los menores”, contaron desde el edificio.

Hasta que un día el hombre desapareció. “Lo terminaron sacando de su propio apartamento. La empresa Poggio, que administra a nivel jurídico y notarial al edificio, tras buscarlo por todos lados, lo encontró en un refugio”, dijo una de las habitantes del lugar.

Desalojo.

En un principio la idea había sido realizar un desalojo forzoso. La abogada de la empresa había ido hasta el apartamento junto con el usufructuario, la policía y un cerrajero, pero al llegar al lugar constataron que no era posible: las personas no habían entrado al lugar a la fuerza, sino que había sido con consentimiento del beneficiario del apartamento. Además tenían menores a cargo, por lo que no podían ser desalojados en ese momento de la casa.

“Actualmente está en trámite judicial, porque el beneficiario les permitió el ingreso y él después se retiró por propia voluntad de la vivienda. El tiempo que lleve el desalojo va a depender de si se oponen excepciones y hay que hacer audiencias o de si hay alguna instancia de apelación”, explicó Silvana Poggio, una de las administradoras del edificio.

Según explicó, los actuales habitantes del apartamento son ocupantes precarios, es decir, están ocupando un bien que fue cedido por el usufructuario, sin contrato alguno y sin pagar renta. Además la cesión se hizo sin establecer una duración determinada o sin especificar el uso concreto.

“No les corresponde estar allí, ya que son viviendas del BPS y para ser beneficiarios deben cumplir ciertos requisitos, como ser jubilados o pensionados y tener ingresos menores a 12 Unidades Reajustables (U.R.), unos $13.000”, explicó Poggio.

Lo que reclaman los vecinos es que coloquen un guardia de seguridad en la puerta -al menos en la noche- “para controlar quién entra y quién sale, ya que desde que está la familia, vive ingresando gente extraña”, sostienen los habitantes del edificio. “Salimos al pasillo con miedo a que nos roben porque no se sabe quién ingresa al edificio”, dice.

“Desde que llegaron nos alteraron la vida"

El edificio de cuatro pisos y ladrillos a la vista ubicado en el barrio Aguada, tiene 28 apartamentos donde viven cerca de 30 personas. La mayoría, según dicen los vecinos, son mujeres viudas que viven solas, aunque hay algunos hombres. “En caso de que necesiten ser cuidados, pueden vivir con hijos o algún familiar”, contó una de las usufructuarias.

Desde que llegó la nueva familia al edificio “nos alteraron la vida, porque acá es un lugar que vive gente mayor”, expresó la vecina. Dicen que no es porque se metan con los vecinos o tengan una actitud amenazante, pero el ritmo de vida es distinto. “Ponen un precinto que evita que la puerta de entrada al edificio y la reja se cierre, por lo que quedan abiertas a toda hora. Entra y sale gente, los chiquilines juegan a la pelota en las escaleras, a lo que hay que sumarle las peleas y los escándalos que se arman en ese apartamento. Los hijos y los amigos de ellos van al salón de usos múltiples y dejan todo sucio”, contó una de las habitantes del edificio. Además dicen que les han cortado la luz en dos ocasiones por no pagar, “y que la última vez volvieron a tener energía tras colgarse de la luz”. Según contaron, él es pae y ella es feriante, y entre los problemas que generan es que dejan valijas y un carro de supermercado en el pasillo lo que complica el pasaje de la vecina de al lado que camina con bastón. El último episodio, contaron, ocurrió en el salón de usos múltiples. “Pusieron un calefactor en una silla, agarró calor y empezó a largar tanto humo que dejó todas las paredes negras, las baldosas y las cortinas. Los bomberos dijeron que fue intencional por lo que tuvimos que hacernos cargo nosotros de la limpieza. Es el lugar donde solemos reunirnos a jugar a las cartas y a festejar los cumpleaños, pero ahora quedó todo estropeado”, dijo una de las beneficiarias. Aseguran que tienen miedo de decir o hacer algo “por si luego hay represalias”. “No queremos tener problemas”, dice la vecina. Según le informaron, la familia ya se ha metido en otras casas que no eran de su propiedad. “Pero una cosa es que se metan en una casa abandonada, donde no hay nadie viviendo, y otra es meterse en un lugar donde vive una persona mayor y sola”, dijo la vecina.

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