ARTE POPULAR

Momo respalda sueños de libertad

Más de 100 reclusas crearon la escenografía para el tablado del Museo del Carnaval.

Representantes. En orden: Rocío, Beatriz, Nancy y Nadia, cuatro de las reclusas que estuvieron en el Museo del Carnaval el miércoles. Foto: Darwin Borrelli.
Representantes. En orden: Rocío, Beatriz, Nancy y Nadia, cuatro de las reclusas que estuvieron en el Museo del Carnaval el miércoles. Foto: Darwin Borrelli.

Rocío dibujaba de forma compulsiva porque entre lápices y acuarelas sentía alivio y canalizaba las emociones negativas que provoca el encierro. La reclusa pintaba paisajes, muñecos “de moda” para los hijos de sus compañeras, y hasta creó diseños en tela.

Nancy andaba medio cabizbaja porque añoraba aquellos 8 de diciembre fuera de la cárcel, y cómo se empezaba a palpitar las fiestas en su casa. Rocío lo notó y le hizo un mimo: le dibujó el esqueleto de un arbolito de Navidad en la pared de su celda. Nancy apaciguó su nostalgia pintándole chirimbolos.

Ellas no son las únicas reclusas que encontraron en el arte un desahogo y la oportunidad de aprender un oficio. Otras 100 internas del Centro Penitenciario Femenino Unidad N° 5 participaron del programa “El Carnaval y sus artes” financiado por INEFOP desde 2016.

Los resultados de la última edición vieron la luz el miércoles 23 de enero con un acto en el Museo del Carnaval, donde quedarán expuestos el vestuario y la escenografía que estas mujeres hicieron para el tablado que funciona en ese lugar.

Nancy sintió “maripositas en el estómago” apenas volvió a pisar suelo callejero tras 26 meses de encierro ininterrumpidos. A Beatriz, otra de las reclusas, le costó conciliar el sueño el martes pasado. “Fue una noche de nervios, ansias y emociones fuertes”, dice. Ellas y otras tres internas más salieron de la Unidad N°5 para representar a las 100 integrantes del programa “El Carnaval y sus artes”, que lleva adelante el Instituto Nacional de Rehabilitación (INR) y el Museo del Carnaval, e incluye talleres de maquillaje artístico, escenografía, electricidad y vestuario.

“Me gustaría que los jueces dieran más permisos porque no solo nosotras cinco hemos participado, hay muchas chicas jóvenes que hicieron cosas increíbles. Aumenta cada año el número de personas en los talleres porque unas les contamos a las otras”, expresa Rocío.

Esta fanática del dibujo usa un argumento consistente para acercar a la juventud: “un estudio así en la calle te saldría carísimo”, les dice, y les comenta que a futuro, aprender un oficio les servirá como instrumento de inserción laboral. Las compañeras internas, la escuchan.

Beatriz, que se sentía atraída por la cuestión carnavalera pero le costaba la manualidad, superó la dificultad, hizo los cuatro cursos, y de todos rescató algo positivo: “conocimiento, aprendizaje, integridad, compañerismo y educación”. Este último punto le interesa sobremanera, por eso el año pasado se inscribió en la Facultad de Ciencias Económicas. Su última salida del centro penitenciario había sido en julio de 2018 para dar un examen.

Foto: Darwin Borrelli.
Foto: Darwin Borrelli.

Rocío cursa maquillaje artístico, pero pasó por los cuatro cursos y coincide con Beatriz en que todos le dejaron una huella. A ella le fascinaba ver bailar a Rosa Luna y Martha Gularte, pero dice que el gusto por la fiesta de Momo se vuelve secundario en estas instancias.

“Resulta difícil explicarlo, pero las clases son un desahogo total y una forma de liberar para poder llevar la situación de la forma más tranquila que se puede. Te desenfoca y sentís una paz que es medio ilógica de conseguir en un establecimiento penitenciario”, dice.

Segundas chances.

El espacio que les brindó la Unidad N°5 para recibir las clases era precario, pero las alumnas se encargaron de darle forma y arreglarlo a su gusto. Lo pintaron a nuevo, y con los conocimientos adquiridos en el taller de electricidad le colocaron la luminaria. Ahora pueden decir que tienen el lugar que quieren y merecen.

En las clases reina el compañerismo y se tocan temas distintos a los típicos que surgen durante las jornadas intramuros. “Empezás a volar con la cabeza, entonces se te ocurre, ‘se podría hacer tal o cual cosa’, ejemplifica Rocío.

Si fuera por cuestiones genéticas, Nancy debería haber sido la primera en sumarse a los talleres: su hermana tiene las comparsas Sinfonía de Tambores y Tronar del Cerro. Todos en su casa cultivaban la murga y el tablado, pero a ella jamás le interesó. Estas clases cambiaron su perspectiva y su mente.

“Fue gracias a mis compañeras, ellas me decían, ‘vamos a estudiar’, pero yo no quería saber de nada. Dejaba el cuadernito en la mesa y les decía, ‘mañana voy’. No quería salir de mi cuarto, pero ellas insistieron tanto que un día fui, me gustó y después quería ir todos los días”.

La idea se replicará en otros países del mundo

El 23 de enero se realizó un acto en el Museo del Carnaval de la Ciudad Vieja para presentar el trabajo realizado por 100 reclusas participantes del programa “El Carnaval y sus artes”.

Pasaron más de 200 mujeres del Centro Penitenciario Femenino Unidad Nº5 por los talleres dictados en esta tercera edición, aunque solo la mitad los continuó. Ellas hicieron la escenografía del tablado del Museo del Carnaval, y desarrollaron los trajes del grupo Tu Hermana, que obtuvieron mención especial en vestuario durante el certamen de Murga Joven. Este proyecto de inclusión llevado adelante por el INR y el Museo del Carnaval recibió un reconocimiento internacional: Ibermuseos de Educación le otorgó una mención de honor y se usará como ejemplo para replicarse en otros países. Así lo informó Alejandro Rugo, representante del Museo del Carnaval.

“El Carnaval y sus artes” es financiado por INEFOP y Eduardo Pereyra, su director general, confirmó en este acto que continuarán apoyando en 2019. “Rescato el sentir de las participantes que me expresaron la oportunidad que tuvieron de encontrarse con algo valioso dentro de ellas”, dijo Edith Moraes, ministra interina de Educación y Cultura.

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