Cuarta convención tattooarte

Maestros del tatuaje dejaron huella en la piel de uruguayos

Reunió a más de 4.000 personas en tres días.

Hubo quienes pasaron hasta 9 horas por jornada para completar su tatuaje. Foto: Marcelo Bonjour
Hubo quienes pasaron hasta 9 horas por jornada para completar su tatuaje. Foto: Marcelo Bonjour

Leonela está decida a cubrir todo su cuerpo con diseños. Se pidió el día libre en el trabajo para que el chileno Henry le hiciera el tatuaje número 24 en la cuarta Convención Tattoarte.

El evento agrupó a 70 artistas nacionales e internacionales desde el viernes hasta ayer domingo en Kibon Avanza.

El trabajo le salió 10 mil pesos menos que si se lo hubiera hecho en el local de Henry, pero no la motivó el descuento, sino la chance de tatuarse con un artista al que admira.

Se ofreció como lienzo apenas vio que pedía modelos para la convención vía redes. Henry tardó 10 horas en completar a una guerrera en el brazo de ella.

Hubo quienes pasaron hasta 9 horas por jornada para completar su tatuaje. Foto: Marcelo Bonjour
Foto: Marcelo Bonjour

El primer tatuaje de Leonela data de sus 7 años. Sus tíos habían fabricado una máquina casera y se tatuaban entre ellos. “Lloré, grité y pataleé hasta que mi madre cedió pero me dijo, ‘si venís con una lágrima te mato’. Desde entonces no paré”.

Esa “L” dentro de un corazón dibujada en su brazo derecho por su tío hace 23 años está bastante borroneada, pero dice que no se la tapará jamás.

Tributo.

Luis Alberto Muhlethaler dio la nota el sábado en la convención. El “Colorado de Omar” asistió para grabar el rostro del recientemente fallecido comunicador en su piel.

El tatuador Nacho Debia llamó al Colo para proponerle homenajear a Omar y “no hubo necesidad de convencerlo”. No se le hubiera ocurrido semejante idea, pero está feliz de que su primer tatuaje sea este retrato.

Los pucheros durante la sesión de dos horas fueron de emoción, no de dolor. “Cómo no me lo iba a hacer si era mi amigo, me ayudó mucho”, dijo.

Chau mitos.

Germán fue a la convención a “dar una mano a un amigo y a sufrir un rato”. Tirado en una camilla dice que es mentira que tatuarse no duele.

Pablo Brea, de Ritual Tattoo, es precavido: llevó un anestésico para que Germán resista mejor cuando se le inflame la zona, se le haga una lastimadura y le incomode la postura.

Brea no le cobra por hacerle al samurai que le permitió competir en la categoría “Oriental”, pero tira por tierra el mito de que en las convenciones los tatuajes se hacen gratis.

“No me paga porque es un amigo, pero hay otros colegas que venden sus diseños a un precio más accesibles porque acá venimos a hacernos conocidos e intercambiar con otros”.

Los ganadores de las competencias no reciben premios económicos, pero ganar les da “chapa y prestigio”, según Debia.

Es que las convenciones son una buena excusa para que los tatuadores puedan desplegar su arte, y realizar diseños de autor en vez de solo responder a los pedidos de los clientes.

María Eugenia tampoco deberá desembolsar un peso por hacerse un mandala en el centro del pecho y flores alrededor.

Pablo Sequiera se ofreció a tatuarla gratis “porque tiene toda la onda, es buena clienta y se lo merece”. Ella dice que pagaría por ese diseño: “lo vale”.

Desconoce la razón pero tiene sectorizados los diseños en el lado izquierdo del cuerpo. “Decoro al torpe porque el derecho es el hábil”, ríe quien se arrepiente de la pluma con pájaros que se hizo a los 15 años.

Era adolescente y eligió lo primero que encontró en Google, pero cuando se tatué toda la espalda aprovechará para tapárselo. “Lo miro y no tiene nada que ver conmigo”, dice.

Leoneola solo se arrepintió de uno de sus 23 diseños. Le prestó su espalda a un amigo principiante para que experimentara. Le hizo pantera negra y aunque no quedó conforme, tuvo que esperar 10 años para revertir la situación.

“Soy de Paysandú y no todos los tatuadores tapan allá, así que me costó más encontrar a alguien dispuesto a hacerlo. Lo cubrí con una guerrera que tiene un lobo debajo”, relata.

Hubo quienes pasaron hasta 9 horas por jornada para completar su tatuaje. Foto: Marcelo Bonjour
Foto: Marcelo Bonjour

Juventud.

Kevin se tatuó por vez primera con 13 años la frase “familia donde la vida comienza y el amor nunca termina”.

El veinteañero pagó tres mil pesos para que Iván Sánchez le hiciera un búho con rosas en el pecho y circuló envuelto en papel film porque le sangraba.

Paz es chilena, tiene 21 años, y entró al universo del tattoo hace tres con un pincel y tres letras “A” por su “amor al arte”.

Estefanía se hizo una flor de loto cuando cumplió la mayoría de edad, y otros diez diseños en dos años. “Me tatué todo lo que no me dejaron antes”, dice.

Es la segunda vez que asiste a una convención; y su debut le dejó una Frida Kahlo de colores en la pierna. Lo eligió por el empoderamiento de la mujer.

Esta vez, Pablo Navarro le propuso a Medusa sin colores para poder competir en la categoría “black and grey”.

“No hubiera salido de mí ese diseño pero me copan las ideas así, y es original”, dice. Y cuenta que elige tatuarse en convenciones para conocer “el estilo de artistas de otros países, e intercambiar con gente grosa”.

El pionero del tattoo no quiere competir
Extranjeros

Empezó a tatuar en Santos 34 años atrás rodeado de prejuicios. El brasileño Mordenti recuerda lo difícil que era conseguir materiales, que los hacían caseros, y cómo los marineros introdujeron el tatuaje en esta ciudad portuaria, ya que era tradición entre ellos.

Le siguieron los surfistas motivados por la canción Menino do Rio, de Caetano Veloso, y su “dragão tatuado no braço” (dragón tatuado en el brazo). Así “se glamorizó entre la clase media que iba a la playa y hacía surf”.

Mordenti era fanático del dibujo desde los 5 años y con 14 hizo el primer caballito de mar a un amigo. En 1985 se autotatuó una playa, pájaros y flores en su brazo.

“Al principio tatuábamos con agujas de forma manual, luego pasé a una máquina similar a un aparato de depilación con motor rotativo, y años después, un amigo me vendió una máquina profesional”, dice el pionero. Y agrega que va a las convenciones para conversar con colegas, y no para competir.

“Tatuar aquí no me gusta, pero disfruto el intercambio y admirar buenos trabajos. No me interesa competir, sino hacer amistades. Es difícil saber quién es el mejor en el arte, no es como el deporte porque es muy subjetivo”, comenta el brasileño que cobra 500 dólares por tatuaje.

NADA ES GRATIS EN LA VIDA.


El argentino Tin Machado dice que agarró el tatuaje bastante avanzado, y muestra el diseño que planificó para la cuarta edición de Tattooarte en su Ipad. Allí se ve la cara de una chica en colores y un farol encima. Lo hizo para una muchacha de Colonia que lo contactó especialmente para poder tatuarse con él.

“Uso muchas caras y ella me pidió que tuviera un farol porque quería algo vinculado a su ciudad”, comenta uno de los dueños del estudio Black Gate ubicado en Colegiales.

Tin recorre convenciones del mundo y dice que en Europa “la cultura del tattoo está mucho más evolucionada”. Allí sus diseños pueden valer hasta mil euros.

No cobró más de 300 dólares por una pieza en Montevideo, pero no está de acuerdo con tatuar gratis en eventos de este tipo. “La idea es que la gente conozca lo que hacés y por ahí le aplicás un descuento, pero el tatuaje debe crecer con el respeto de ambos lados. Vivimos de esto y tiene que ser redituable”.

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