El deseo de la casa propia tiene sus bemoles

Inmigrantes comparten en ONG sueños y frustraciones

Institución que les brinda apoyo logró afincarse en la Ciudad Vieja.

Murales temáticos
Foto: Fernando Ponzetto

Los cuatro cubanos que ingresan a la finca ubicada en Juan Carlos Gómez 1540 deben ingeniárselas para esquivar tachos con pintura, pinceles, y escaleras. Es que los artistas plásticos de Casa Wang llevan cuatro días decorando las paredes de la Asociación Idas y Vueltas con murales inspirados en la migración.

Es la primera vez en 15 años que la ONG abanderada de Un Mundo sin Fronteras consigue un lugar fijo donde funcionar.

Hace tres meses dejaron de ser nómades. Ya no rotan por locales prestados o piezas en casas de amigos franciscanos para realizar actividades sociales, de inserción laboral y asesoría legal a cubanos, venezolanos, dominicanos, haitianos y africanos.

Consiguieron una casa para alquilar en el Bajo de la Ciudad Vieja, pero la recibieron destrozada. No había puertas, vidrios ni ventanas. La levantaron y reconstruyeron entre voluntarios locales e inmigrantes.

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Foto: Fernando Ponzetto

"Veo una foto de cómo estaba y pienso, Dios mío, lo que es la desesperación, ¿cómo nos atrevimos a meternos? Y no cerramos ni un solo día: dimos charlas y atendimos a la gente sin agua ni piso. La armamos entre todos en jornadas súper agradables", cuenta Rinche Roodenburg, presidenta de Idas y Vueltas.

Mucho color

María Noel Silvera, cuyo nombre artístico es Noe Cor, pintó a dúo con Sofi Donner el mural del patio. "Pensamos un montón de saludos coloquiales para dar la bienvenida a la casa por ser lo primero que se ve al ingresar", comenta la artista de Casa Wang. También aprovecharon estas jornadas para revocar. En el cuarto principal pintaron una golondrina ártica, por ser el pájaro que más vuela. El ave carga una mochila con ropa, frutas típicas y elementos culturales de los distintos países. Los datos para el diseño los brindaron los inmigrantes.

Bienvenida.

Los cubanos Victor, Grethel, Deineris y Alberto llegaron a Uruguay el 20 de setiembre, y conviven con otros once compatriotas en el piso de una pensión de Ciudad Vieja. Comparten baño y cocina.

Eligieron un día especial para acercarse a la ONG ansiosos por saber qué se necesita para conseguir trabajo. Están rodeados de artistas con brochas y pinceles.

"¿Les gusta?, ¿se sintieron identificados con alguno?", pregunta Juan Bortheiry. El voluntario de Idas y Vueltas se refiere al mural que se ve apenas se ingresa a la casa: a la imagen de una mujer caribeña la acompañan saludos coloquiales típicos de esos países (épale, ¿qué tal?; ¿qué hubo?, y buenas).

Estos cubanos que tardaron una semana en llegar a Uruguay "por una cuestión de pasajes" responden con una sonrisa. E insisten en hablar sobre el empleo. "Nos dijeron que tenemos que esperar hasta el 4 de octubre de 2019 para conseguir la primera cita para sacar la cédula de identidad. En todos los empleos te piden cédula y estar un año sin trabajar es imposible", explica Victor.

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Foto: Fernando Ponzetto

Juan les cuenta que los miércoles hay una instancia donde se los ayuda a armar el currículum, y que los jueves entre las 18:00 y las 21:00 tres asesoras laborales les muestran bolsas de empleo, les cuentan adónde les conviene ir y hasta los recomiendan a sus contactos.

Pero los alienta a que primero participen del "Espacio Bienvenidos" los miércoles de mañana. "¿Qué hacen sino? Se quedan en una pensión aburridos. En cambio, vienen acá, toman un café, pasan el rato y conocen a otros compatriotas".

Los cuatro cubanos salen de la casa más animados y prometen volver por ese recibimiento. Allí seguro se encontrarán con otros 40 nuevos inmigrantes en su misma situación con ganas de conversar y socializar. Así es la dinámica cada miércoles.

Los sábados de mañana hay lugar para la recreación: se reúnen a jugar al dominó y al ajedrez. "Es una forma de que las generaciones más viejas traspasen sus experiencias a los recién llegados", comenta Juan.

Los sábados de tarde los reciben asesores legales para brindarles información sobre documentación y papeleo.

El objetivo de la ONG es insertarlos en el mercado laboral, asesorarlos, y también contenerlos. "Tomar una taza de café no es poca cosa para alguien que duerme en el colchón sucio de una pensión rodeado de insectos", dice Rinche.

Si bien lo que más interesa al inmigrante es adquirir la documentación para poder encontrar un mejor empleo, muchos llaman porque necesitan desahogarse. "Está bueno tener alguien a quien recurrir y poder contarle lo que te pasa", agrega.

Padrinazgo.

Tener casa propia trajo un nuevo inconveniente: necesitan cubrir un costo fijo de $15.000 entre alquiler, internet, agua y luz.

Hoy reciben donaciones de ropa que reparten los martes entre los necesitados, y la panadería Alemana les da bizcochos para las actividades de miércoles y sábados. Muchos llegan hambrientos y tener qué desayunar es clave.

La ONG busca alternativas para el financiamiento porque necesita más apoyo. Este domingo habrá un almuerzo venezolano en Kalima con comida y música típica de ese país.

Otra chance es conseguir "padrinos" que aporten $ 100 por mes "para que los inmigrantes den sus primeros pasos", según Juan.

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Foto: Fernando Ponzetto

En movimiento

El grupo tiene sus raíces en España

Rinche Roodenburg es holandesa pero charrúa "adoptada". Conoció a un uruguayo exiliado en España, y se instaló con él aquí en 1985. La crisis de 2002 los llevó de vuelta a la madre patria, y se encontró con otros tantos uruguayos en su misma situación que iban su casa a conversar porque una taza de café nunca faltaba.

"Llegaba gente con una idea equivocada, que habían dejado súper empleos para pasarla mal en España", relata. Las reuniones eran los domingos en casa de Rinche. Tiraban un chorizo a la parrilla y le pedían para usar su computadora. Miraban 18 de Julio en pleno invierno, y comentaban, "está lloviendo, qué poca gente".

Rinche y su familia volvieron en 2003 porque sus hijos no se adaptaron. "Preferimos ser pobres en Uruguay que ricos en España", le decían.

Al retornar decidió crear junto a dos amigas Idas y Vueltas "con la idea de informar y tender redes". Muchos padres se acercaban a ellas contándoles que habían perdido contacto con sus hijos, y ellas procuraban resolver el problema. Un día empezaron a interesarse más por ver cómo se recibe y trata a los extranjeros que llegan a Uruguay. Ese es el presente de Idas y Vueltas.

Los buenos vecinos se dan una mano

Resultó que en el terreno lindero a la nueva casa de Idas y Vueltas funciona el taller de un grupo de artistas independientes. Juan Bortheiry se cruzó en la vereda con María Noel Silvera, la invitó a conocer la sede de la ONG, le comentó que querían pintar la casa, y que podían darle alguna idea.

"Somos vecinos de puerta, hacemos eventos, damos clases, y todos pintamos murales, así que era evidente que no podíamos dejar blancas esas paredes", dice María Noel, una de las 10 artistas de Casa Wang que participó de las pintadas.

Fueron cuatro jornadas, pero "está en proceso. Tenemos ganas de seguir. Nos sobran las ideas y las pinturas".

Hubo vecinos, inmigrantes e incluso voluntarios de Idas y Vueltas que se animaron a agarrar el pincel y pintar.

Se repartieron las paredes de la finca y cada artista puso su pienso. Leandro Bustamente y Juan Conde hicieron la golondrina ártica, el pájaro que más migra (40 km ida y vuelta).

Pidieron datos a cubanos y dominicanos a fin de inspirarse. Les preguntaron qué llevarían en su mochila en esa aventura de emigrar y contestaron cuestiones básicas (cepillo de dientes, calzoncillos y ropa) y otros asuntos típicos de su cultura (tambor güra, pelota de béisbol, basket, piña, maracuyá, guanabana, mango). Todo esa información fue a parar al diseño del mural.

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