SAMOILENKO YA ESTÁ JUNTO A SU FAMILIA

Así vivió sus últimas horas en Uruguay el paciente ruso que conmovió a todo el Maciel

"El viaje salió bien. Hubo problemas con el clima, aterrizó en Ucrania y lo llevaron en auto hasta Crimea. Ya está de vuelta con su familia", escribió una de las enfermeras que lo atendió en Montevideo.

Georgii Samoilenko, el "ruso" que conmovió al Maciel, finalmente es trasladado a su país. Foto: Gentileza Hospital Maciel
Georgii Samoilenko, el "ruso" que conmovió al Maciel, finalmente es trasladado a su país. Foto: Gentileza Hospital Maciel

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El sábado pasado, Georgii Samoilenko se despertó algo extraño. El paciente ruso que conmovió a las autoridades, médicos, enfermeros y voluntarios del Hospital Maciel está a unas pocas horas de emprender el viaje de regreso a su país, Crimea. Lleva más de un año esperando por este día.

El rumor de su partida empezó a circular dos días después de que El País contara su historia, en la edición del domingo 14 de julio en la sección Qué Pasa. Las autoridades de la embajada rusa y del Maciel suponían que sucedería el 20 de julio, pero todavía no tenían la confirmación. Por eso, esperaron hasta el último momento para darle la noticia.

Llegó a Montevideo en junio de 2018 en un barco pesquero ruso. Él era el cocinero. Visitó la escollera Sarandí y, al intentar sacarse una foto, cayó sobre una roca. Sus compañeros lo llevaron al Maciel. En la puerta de emergencia se confirmó el diagnóstico de paraplejía y fue derivado primero al Círculo Católico y después al Instituto Nacional de Ortopedia y Traumatología.

Sus patrones decidieron atracar un mes en el puerto para esperar su mejoría, pero los tiempos se prolongaron y se marcharon. Él se quedó solo. Su familia, a más de 12.700 kilómetros de distancia, no podía costear un pasaje.

Aunque Samoilenko no habla ni inglés ni español, su historia comenzó a circular entre pacientes, personal médico y voluntarios. Algunos de ellos lo acompañaron cuando fue trasladado al Maciel y lo visitaron cada semana. La forma de entenderse era a través de un traductor que él siempre tenía listo en la pantalla de su computadora.

Entre las visitas más frecuentes estaba el equipo de la embajada rusa, especialmente el cónsul Alexander Belousov y la primera secretaria Ekaterina Germanovich. Ellos le llevaban alimentos, conversaban con él y su familia, y fueron quienes tramitaron la repatriación.

Si bien la idea era que volviera en diciembre pasado, una vez que llegó al aeropuerto, la aerolínea se negó a subirlo al avión debido a que faltaba un formulario. De regreso en el Maciel, los médicos notaron un bajón anímico; había contraído dos infecciones. Samoilenko perdió el esófago: no puede alimentarse, ni ingerir líquidos y una traqueotomía le impide hablar fácilmente.

Este drama movilizó a las autoridades del hospital, las de la embajada y las del Ministerio de Relaciones Exteriores. Tras decenas de intentos, consiguieron que una aerolínea comercial turca aceptara trasladarlo desde Argentina, ya que las compañías que realizan vuelos intercontinentales que están localizadas en Montevideo rechazaron la solicitud.

El seguro médico todavía no habilitó el pago de la póliza, así que la embajada costeó los pasajes y el Estado uruguayo destinó más de US$ 250.000 a su atención médica, además de cubrir el costo del traslado hasta Argentina y de los materiales para el viaje de 36 horas.

Llegó el día.

Es sábado. Son las 11 de la mañana. Los pasillos del Maciel están desiertos y Samoilenko descansa en su habitación.

-Está de malhumor, se hizo el dormido para no hablarnos. Debe ser difícil haber conseguido finalmente volver, pero volver así como está… - dice Flavia Fustes, una de las enfermeras que lo atienden en la sala de aislamiento.

A las 13 horas llega el equipo del Sistema de Atención Médica de Emergencia (SAME), que lo llevará en un helicóptero -donde se instaló un CTI móvil- hasta el aeropuerto de Los Palomares, a 50 kilómetros de Buenos Aires.

En la pista, los médicos uruguayos entregarán el paciente a un equipo ruso del centro de salud pública Zashchita, especializado en desastres. Ellos lo acompañarán durante el vuelo transcontinental. Primero, aterrizarán en Turquía y luego llegarán a Crimea, donde será ingresado para continuar su tratamiento. Lo espera su familia.

Georgii Samoilenko es sacado de la habitación del Hospital Maciel donde vivió más de un año. Foto: Gentileza Hospital Maciel
Georgii Samoilenko es sacado de la habitación del Hospital Maciel donde vivió más de un año. Foto: Gentileza Hospital Maciel

Se abre el ascensor y desciende la hermana Emilia, una monja española que conoció al “Ruso” en el Círculo Católico. Es la primera en llegar para despedirse. Entra a la habitación y Samoilenko hace lo de siempre: le estira las manos para que le haga masajes y así aliviarle el dolor. Ella lo acaricia con cariño. Al “Ruso” lo vistieron con una remera de la fiesta de San Fermín que le obsequió ella.

Pronto empieza a sonarle el teléfono. A Emilia la llaman otros miembros del grupo de visitantes que no pudieron llegar a tiempo. También quieren despedirse. Uno de ellos irá directo al aeropuerto.

A esta altura, el pasillo de la sala de aislamiento está lleno de enfermeras. María Noel Areosa, supervisora del Departamento de Enfermería, está igual de nerviosa.

-Estamos habituados a preparar pacientes para ser trasladados, pero el suyo es un viaje largo y a él le agarramos cariño, queremos que salga todo bien- dice.

También llega el cónsul Belousov, la secretaria Germanovich y Maya Castelgrande, allegada a la embajada, para saludarlo. Ellos irán detrás de la ambulancia y son quienes ayudan a preparar su pertenencias. El “caso Samoilenko” fue uno de los casos más longevos y complejos que enfrentó la embajada, cuentan.

A él ya se lo ve feliz. Acepta que lo abracen y sacarse fotos con los amigos que se hizo en nuestro país. Sonríe. En lo que resta del sábado, el domingo y en la mañana del lunes, los mensajes de WhatsApp serán constantes y cruzados. Voluntarios, autoridades del Maciel, enfermeras, la hermana Emilia: cada uno comunica la novedad que tiene, hasta que la enfermera Areosa escribe:

-El viaje salió bien. Hubo problemas con el clima, aterrizó en Ucrania y lo llevaron en auto hasta Crimea. Ya está de vuelta con su familia. El “Ruso” se merecía al fin tener algo de suerte.

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