Un aniversario para todos

150 años entre burbujas y corvinas de ojos tuertos

Llega el tiempo de las despedidas y el Mercado del Puerto espera a los comensales con grandes parrillas y tradición

Mercado del Puerto. Foto: Marcelo Bonjour
Mercado del Puerto. Foto: Marcelo Bonjour

Para no pocos, el Mercado del Puerto, en una colorida media manzana de la Ciudad Vieja, es el lugar incanjeable al momento de bañarse en sidra o cerveza cuando llegan las fiestas de fin de año, como ocurrirá dentro de pocos días, con la víspera de Navidad y sobremanera no bien vuelen por los aires los calendarios de 2018. Pero el mercado es un emblema urbano más rico y pleno de microhistorias, en donde se cumplen muchas más celebraciones, por ejemplo, ahora, la de su aniversario 150, cuando ya está armado el circuito de 43 puestos de artesanos en la calle peatonal Yacaré, la del "candombe y gramilla/frente a los cafés", como canta Roberto Darvin.

Por allí perduran voces de vendedores de loterías o de herederos del Gonzalito que no le ponía precio a su canto y quedan los ecos de "la Gularte candombeando/como en tiempos de Cugat" o de "Fosforito chaplineando/ su propaganda gagá", como decían los versos del letrista de la murga Asaltantes con Patente, Carlos Soto, a los que les puso música Jaime Roos hace un par de décadas y se escuchan en una versión entrañable de Pablo "Pinocho" Routin.

"Solo alguien que ha estado allí mucho tiempo puede llegar a ese extracto de frases", ha dicho Jaime Roos en entrevista con El País. "Yo le puse una música que es un popurrí, una mezcla de distintas músicas. Me parece que el mercado no tiene una sola música, es demasiado laberíntico y polifacético como para definirlo con una sola melodía. Si uno se pone en el medio del mercado, va a ver que le llegan distintos sonidos simultáneos, de todo tipo".

Francamente, es difícil recorrer la zona sin que aparezca en la mente el larareo de ese tema, las corvinas de ojos tuertos, las burbujas de Roldós y ni qué hablar el totémico reloj, que se inauguró como corona de un puesto el 25 de agosto de 1897, sustituyendo a una fuente de hierro circular. Situado en medio del mercado, ésa es una joya inglesa incuestionable, cuyos engranajes debieron desarmarse por completo y desempolvarse —al igual que pesas y cuerdas— en 1996, para volver a oír sus campanadas a la hora exacta y no cuando a la máquina se le ocurriera, sin parar.

No está del todo claro pero una versión cuenta que esa máquina para medir el tiempo había en realidad llegado al puerto junto a la estructura metálica que haría historia, proveniente de Liverpool, poco antes de la inauguración del mercado que se concretó el 10 de octubre de 1868, tres años después de formarse un consorcio privado a iniciativa del comerciante español Pedro Saenz de Zumarán que adquirió el predio de la costa norte de la bahía en donde se hizo el mercado, en origen de frutas, verduras y pescado, con una superficie de 3.500 metros frente a las actuales calles Piedras, Pérez Castellano y la rambla, en una zona conocida por entonces bajo el nombre "Baño de los Padres", debido a que allí iban a bañarse los curas franciscanos que habitaban en un convento cercano.

De acuerdo a documentación divulgada por la Intendencia de Montevideo, el reloj fue importado desde Liverpool por la Casa Paganini, la misma que adquirió el reloj de la Iglesia Matriz.

Orígenes.

En la órbita de los mitos y leyendas, por mucho tiempo se había mantenido la convicción de que todo el mercado había sido desembarcado en Montevideo por circunstancias más casuales o cuasi fortuitas que de acuerdo a un plan perfecto, aun cuando quedó adjudicado el proyecto a un ingeniero de apellido Mesures.

En el libro "Historias del Viejo Montevideo" relató muy bien todo esto José María Fernández Saldaña. "Fue versión general, años y años, que el edificio del Mercado era en su primitivo y original destino, una estación de ferrocarril que debía levantarse en una ciudad del Pacífico. El buque que conducía la estructura de hierro había naufragado en las costas del Levante, Maldonado o Rocha y en esas circunstancias, un grupo de capitalistas montevideanos decidieron adquirir por corto dinero el material abandonado y utilizarlo para la construcción de un mercado".

Mercado del Puerto. Foto: Marcelo Bonjour
Mercado del Puerto. Foto: Marcelo Bonjour

En el relato oficial del propio mercado se afirma en cambio que hasta el contralor de la fabricación de las piezas y la fundición metálica hechas en los talleres de la londinense "Union Foundry" estuvo en manos de Mesures y su equipo de ingenieros llegados al país, en tanto los trabajos de albañilería los comandó el constructor francés Eugenio Penot.

Juan Antonio Varese en un libro de Banda Oriental que cumplió casi una decena de carnavales, como buen escribano de profesión, también dio fe de la falsedad de la versión del naufragio.

Acá nomás.

Ahora que transcurrió un siglo y medio, el mercado mantiene la herrerría de los portales, las fuentes en la peatonal y en la plazoleta, su cubierta abovedada, que a la distancia se percibe leve pero compacta, colosal. Como hace décadas no falta un gato que descanse encima de un barril, ni un morrón rojo encima de un brasero para tres. Y está en pie una arquitectura exterior historicista, ecléctica, si bien cambiaron las fachadas y al paso de los años fueron ganando terreno discutidas y discutibles subdivisiones interiores que empezaron a darse a comienzos del siglo XX de modo espontáneo, como se fueron encadenando entre sí las parrilladas, ésas que las postales pueden vender a turistas y criollos pero que mucho mejor venden las canciones, capaces de transmitir vivencias y sabores de antaño y ogaño, desde el medio y medio de vino blanco seco con espumante, hasta los chivitos, las paellas o el asado tradicional, en pleno bullicio y siempre lejos de lo señorial, con lugar para todos los usuarios o parroquianos, bacanas y bacanes o no.

El mercado sigue cobijando asimismo a todos los oferentes de músicas o shows cómicos, como si se tratara de un ómnibus, pero quieto y sin otro destino que el que cada uno quiera prometerse con nostalgia y sin reproches.

El periodismo costumbrista ha ya reflejado desde distintos ángulos el interior y el entorno del cosmopolita mercado, que tiene más de 50 locales, es Monumento Histórico Nacional desde 1975 y fue el cuarto de la ciudad al momento de inaugurarse. Los cronistas han documentado los empastes y cruces faunescos que se han dado en ese emporio amortiguador de diferencias sociales, que recibió por igual al vino y el whisky, a los trajes oscuros de los ejecutivos y las pilchas encanecidas de los changadores, las violas latosas de un ambulante o los violines de aspirantes a una sinfónica.

El palimpsesto se ha venido tallando, escribiendo, cantando desde aquellas épocas en que lo visitaba Carlos Gardel o iba a pintar Pedro Figari, cuando se podía pasear por el puerto a pie, de punta a punta, en tiempos de emigrantes sin retorno que consagraron su vecindad manifiesta, como dicen los sociólogos al referirse a la vida en ciudades más o menos aldeanas, aun cuando en los mostradores brillara la ginebra inglesa y echaran humo los cigarros americanos.

Los brindis entre el mar y el guruyú

En torno al clásico reloj británico ya comienza a entonarse la música del Mercado del Puerto, que no solo llega con los cantores "a voluntad" sino con los choques de copas, vasos y botellas, con brindis por doquier que se sumarán desde mesas o mostradores y hasta en las peatonales cercanas a este lugar emblemático de la Ciudad Vieja, de Montevideo y de todo el país, bajo cuya estructura importada desde Inglaterra se cruza gente diversa y se oyen múltples idiomas y acentos.

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