Urbanismo y vivienda

Afiches de una ciudad que remató sus barrios

La expansión de Montevideo entre los siglos XIX y XX, en tiempos del aluvión de inmigrantes europeos.

Afiches Carrasco
Foto: Instituto de Historia de la Arquitectura.


Entre las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX, Montevideo se fue expandiendo a gran ritmo y al compás de un país cuya economía crecía y se desarrollaba con una velocidad inusitada. El aumento de la población y el aluvión de inmigrantes europeos incrementaron asimismo las necesidades de vivienda.

Simultáneamente, el surgimiento de una clase media y la consolidación de sectores sociales vinculados al comercio y a la industria generaron un importante mercado que demandaba ya no solo la vivienda propia, sino que también un lugar de veraneo.

Es así que, superada la crisis económica y financiera de 1890, que tuvo que timonear Julio Herrera y Obes, conocidos rematadores como Francisco Piria, Manuel Mendoza Garibay, Antonio S. Zorrilla y Jaime Maeso le fueron bajando el martillo a miles de lotes, en los que, casi simultáneamente, se construyeron casas y edificios que le dieron identidad a los barrios y a la ciudad toda. De esos remates, dan fe centenares de afiches que guarda el Centro de Documentación del Instituto de Historia de la Arquitectura (IHA) de la Facultad homónima de la Universidad de la República.

El director del mencionado Centro de Documentación, el arquitecto Andrés Mazzini dijo a El País que "se trata de documentos muy valiosos que frecuentemente son consultados por estudiantes de Ciencias de la Comunicación".

Es que esos afiches, que en su tiempo seguramente empapelaron muchas veces Montevideo, no solo muestran una forma de comunicar y hacer publicidad, sino que también brindan información de cómo fueron en sus orígenes los barrios de la ciudad y de qué manera se lotearon y vendieron.

El material llegó al IHA en 1987, por una donación hecha por los arquitectos Mariano Arana, Ricardo Álvarez Lenzi y Livia Bochiardo, a quienes a su vez se los legó años antes el ingeniero agrimensor Enrique Monteagudo.

Los mencionados profesionales utilizaron los afiches para una investigación académica que luego se transformó en el libro "El Montevideo de la expansión", publicado en 1986.

La venta de Carrasco.

"¡El más Colosal!¡El más espléndido! El de mayor porvenir de todos los balnearios, proclamaba en 1918 Francisco Piria, en el afiche en el que anunciaba el remate de buena parte de Carrasco, al tiempo que aprovechaba para hacer publicidad de Piriápolis, por esos años en construcción:

"Allí está la vida exuberante para quienes no puedan ir a Piriápolis", subrayaba Piria, quien famoso por sus acciones de marketing no tenía ningún empacho de hablar mal de otros balnearios capitalinos que él mismo, tiempo antes, había subastado.

"Capurro, Pocitos, Ramírez, todos muy lindos, muy sugestivos, muy poblados, hasta con circos de fieras para ahuyentar a todos los que asisten en tropel. Son romerías populares, núcleos tupidos de población pero que de balnearios solo tienen nombre y nada más".

Más adelante y luego de criticar a las autoridades del gobierno por no haber trazado el anunciado tranvía eléctrico a Carrasco, sostenía: "El hotel Carrasco, como edificio, como ubicación, como comodidad y confort, puede considerarse como muy superior al Bristol Hotel de Mar del Plata, que es lo mejor que allí tienen. Como concurrencia no hay duda de que a él afluye lo más copetudo de la alta Sociedad Argentina(sic). Los chalets que lo rodean son exponente de la alta Sociedad Uruguaya(sic); pero eso no basta, hay que poblar Carrasco. Con la Alta Sociedad solamente no se hacen grandes núcleos" (…). "El comerciante, el industrial, el rentista, el empleado público, el empresario, los gremios liberales, los jubilados, los militares retirados, en una palabra todo el que pueda vivir allí".

Piria ofrecía los terrenos a un peso el metro cuadrado. Las cuotas eran de ocho pesos para los predios más chicos a lo largo de cinco o más años y de diez pesos para los terrenos más grandes.

Informaba luego de la salida de tranvías gratis desde 18 de Julio y Andes, con trasbordo a automóviles en la plaza de deportes de la Unión, cercana a la Curva de Maroñas, para trasladar a los futuros compradores.

El Prado sin adoquines.

En noviembre de 1907, el rematador Antonio S. Zorrila, subastó ocho solares en las avenidas Agraciada, 19 de Abril y la calle Berro.

Más moderado que su colega Piria, Zorrilla destacaba en el afiche que los terrenos quedaban frente a la "Legación Argentina" y que hasta entonces habían sido ocupados por el club de "football Albión".

Las ventas serían" al mejor postor ", advirtiendo que en todos estaba pago "el empedrado a construirse a la brevedad".

En 1913, el mismo Zorrilla volvía a la zona para vender 28 terrenos, esta vez hasta en sesenta mensualidades: "frente al Palacio Berro" y con "doble vía de tren eléctrico servidas por los elegantes y cómodos wagones (sic) de La Transatlántica".

En 1911, el rematador Pedro Tápani, subastó un enorme chalet de veraneo en Pocitos. Por orden del Banco Francés y Superville se le bajó el martillo a la lujosa propiedad que estaba ubicada en la calle Ellauri y Chuy.

También se vendieron siete terrenos con frente a la calle por entonces denominada Cololó (hoy Scosería) y la avenida Libertad. Todos con "empedrado pago y eléctrico (sic) casi en sus frentes".

Fueron tiempos sin inflación, de hombres visionarios que contribuyeron a construir, desde la arquitectura y el paisaje, la identidad de una ciudad.

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