DESPEDIDA

Adiós a Emilio Cazalá, testigo sin igual de la vida de El País

A los 97 años muere un periodista que marcó un récord mundial de 78 años en el diario.Con un andar cansino, cruzaba la Redacción con traje, chaleco, corbata y zapatos a tono.

Emilio Cazalá a bordo del barco ingles Highland Chieftain, semihundido en Puerto de Montevideo. Foto: Archivo El País
Emilio Cazalá a bordo del barco ingles Highland Chieftain, semihundido en Puerto de Montevideo. Foto: Archivo El País

Emilio Cazalá murió trabajando. Tenía 97 años. Hace tres, un periodista de El País aventuró que los años de Emilio como editor y cronista especializado en la página Marítimas eran un récord mundial.

El periodista ingresó a la página web de Guinness y comprobó que el récord registrado en ese momento lo ostentaba el editor de un diario australiano que llevaba 50 años en el cargo. Emilio le regalaba 10 años. En ese momento, llevaba más de 60 años de trabajo ininterrumpido en la página Marítimas del diario y más de 70 como periodista.

Cuando el periodista le comentó que sus años de trabajo podrían integrar los récords Guinness, Emilio le quitó importancia al asunto con un simple manotazo de su mano izquierda. Para él se trataba de una nimiedad. Había sido condecorado y recibió honores de gobiernos, embajadas y organizaciones sociales por su trabajo y, sin embargo, continuaba con la misma fuerza que el primer día.

Hijo de una familia de clase media, Emilio se hizo a sí mismo con una filosofía básica: trabajar, trabajar y trabajar. Tuvo un pasaje como asesor de prensa de la Embajada de Estados Unidos. Ingresó a la Redacción de El País en 1943 -el diario tenía en ese entonces una trayectoria de 25 años- como periodista de información nacional.

“Don Emilio fue una institución. Para nosotros fue una especie de embajador. Era un periodista reconocido y de raza. Tenía un rigor excepcional”, recuerda el Administrador General (CEO) de El País, Guillermo Scheck.

Y agrega: “En nuestra familia, Emilio generó una admiración y un cariño enorme que era recíproco. Con papá (Daniel Scheck), con Lalo (Eduardo Scheck) y con Cochile (Carlos Eugenio Scheck). Los conoció a todos. También a mi abuelo. Siempre me hablaba de mi abuelo y decía que había sido el tipo más recto que había conocido”.

Cazalá “fue una persona muy respetada en el ambiente político, diplomático y en la industria periodística. Don Emilio fue muy apreciado por los jefes de Redacción de El País y por sus pares. Fue un pedazo enorme de la historia del diario. El 75% del tiempo en que el diario ha estado en la calle, Don Emilio estuvo con nosotros”.

Emilio Cazalá, periodista especializado en temas portuarios. Foto: Archivo El País
Emilio Cazalá, periodista especializado en temas portuarios. Foto: Archivo El País

La página.

Emilio creó la página Marítimas desde cero. Solo él podía mantenerla saludable durante más de medio siglo. Desde la posguerra, conocía cada detalle del Puerto de Montevideo y de los propietarios de las empresas navieras. Vivió épocas doradas y de las otras. Fue testigo de la llegada de los grandes transatlánticos de pasajeros y buques mercantes, y cronista de la actividad de empresas navieras que hoy ya no existen.

Con el pasar del tiempo, las navieras dejaron de publicitar sus embarques para no revelar su clientela a la competencia, pero Emilio se las arreglaba para contar y mantener viva la página. Es que, a esos empresarios, Emilio los había visto corretear cuando eran niños por las oficinas de las agencias. Y ahora, que esos ejecutivos dirigían las empresas, sabían que estaban frente a un referente sin igual sobre temas marítimos y fletes internacionales.

“Compartimos Redacción muchos años y aprendimos a querer y respetar mucho a ese hombre bueno, derecho y sabio que fue Emilio Cazalá. No solo en materia portuaria o en todo lo concerniente a la Hidrovía Paraná-Paraguay -sus obsesiones y especialidades- sino en los deberes y obligaciones de un verdadero periodista”, señala el director de El País, Washington Beltrán.

Para Beltrán, Cazalá era un hombre de carácter fuerte, pero franco, que defendía con convicción sus ideas y luchaba implacablemente por ellas.

“No había marcha atrás cuando estaba convencido y no importaba quién o quiénes estaban enfrente, a quién o a quiénes podían molestar sus opiniones. Escribía con el corazón, decía lo que sentía y lo que pensaba, pero todo pasaba por el tamiz de su mente lúcida”.

Beltrán señala también que otra característica que hizo a Emilio una persona sin igual era su enorme capacidad de aprendizaje y de adaptarse a los cambios. “En esta época donde los años pasan con la densidad de los siglos, Emilio había aceptado el difícil reto de estar siempre al día. Tenía una capacidad impresionante para aprender y una mente abierta a los cambios que le permitía digerir e incorporar con rapidez el inmenso panorama que vino de la mano de la tecnología”, afirma Beltrán.

Emilio Cazalá recibe un reconocimiento. Foto: Archivo El País
Emilio Cazalá recibe un reconocimiento. Foto: Archivo El País

Y recuerda: “Nunca falló en sus responsabilidades: con mal o buen tiempo, con dolencias o problemas de salud siempre privilegió su deber ante los lectores y cumplía a rajatabla con la página de Marítimas de El País todos los lunes. Recién el último mes el peso implacable de una larga vida y la acumulación de sus dolencias lo apartaron de ese camino”.

Su partida, dice Beltrán, es una dura pérdida para el diario, sus compañeros y amigos. Y agrega: “Deja un vacío que los lectores extrañarán y nosotros también. Nos queda su recuerdo (que es mucho) y despedirlo desde el alma con un ¡adiós amigo!”.

Un experto.

Corrían los primeros años de la posguerra. Transatlánticos lujosos cruzaban los continentes sin cesar y se desataba una guerra entre las compañías navieras para construir el barco más grande o con mayores comodidades.

Adelantándose a los tiempos que venían, Emilio se suscribió a una revista de Estados Unidos que brindaba datos técnicos sobre eslora, tonelaje bruto, cantidad de pasajeros y motorización de los principales buques de pasajeros y navíos de carga.

Años más tarde, uno de esos buques ingresó al Puerto de Montevideo. Allá fue Emilio a entrevistarse con el capitán. El periodista siempre llevaba una cámara de fotos portátil que le permitía registrar si veía algo de su interés a bordo.

El capitán lo recibió en forma afable. Como acostumbraba hacer con periodistas que desconocían aspectos técnicos de las embarcaciones, el capitán le dijo a Emilio que le iba a mostrar la pista de baile y los camarotes.

Con escasa paciencia, Emilio le dio al capitán las características de los motores de vapor que llevaba la embarcación y sus potencias, entre otros datos.

El capitán lo miró. Vio que estaba frente a un entendido. De inmediato lo llevó a conocer los motores. Ambos siguieron hablando durante horas sobre barcos, como dos iguales.

Esos conocimientos son añorados por la directora del diario El País, Julia Rodríguez Larreta. “Se nos fue Emilio Cazalá y nos deja un recuerdo tan hondo como tan grande será el vacío de no verlo más cruzando la calle de su casa para entrar al diario y luego escribiendo sus notas en la Redacción. Notas que son una historia en sí misma del Puerto de Montevideo, del cual Cazalá era la persona con más conocimiento sobre el mismo, una referencia ineludible para cualquiera que se interesara en la actividad portuaria”.

Emilio Cazalá, periodista especializado en temas portuarios y marítimos. Foto: Archivo El País
Emilio Cazalá, periodista especializado en temas portuarios y marítimos. Foto: Archivo El País

Y agrega: “Es como una triste ironía que justo en momentos en los que el Puerto se ha convertido en foco de atención y debate, Emilio nos haya dejado. Su falta se hará sentir más allá de que siempre será recordado por nosotros en el diario y en todo el sector portuario donde sus palabras y sus escritos eran tan apreciados”.

Bon vivant.

En su juventud, Emilio fue un amante de la música clásica y de lindas mujeres, como acostumbraba decir en la Redacción a sus amigos. Su hobby eran las réplicas de trenes en miniatura. Se jactaba de haber tenido un MG y autos clásicos, como un Simca descapotable, un Mustang con techo de cuero de caimán y un Cadillac. Hasta no hace mucho, se lo veía pasear por la rambla junto con su esposa, a quien cuidó hasta su muerte.

Emilio era habitué de la confitería Americana, entonces ubicada en la avenida 18 de Julio, entre Yi y Cuareim. Generalmente lo acompañaba el dibujante de prensa, Hermenegildo “Menchi” Sabat, de reconocida trayectoria en Uruguay y Argentina. Ambos escuchaban jazz mientras bebían “Negroni” o “San Martín”.

En los años sesenta, Emilio viajaba a menudo al exterior. Una tarde, se encontraba en un hotel de Estambul, en Turquía. Arriba de la mesa de luz encontró un folleto sobre un concierto de música clásica en Viena, Austria. Se dio cuenta que faltaban pocos días para el concierto. Pero no dudó. Se tomó el primer avión a Viena y disfrutó del espectáculo.

En el diario, jamás vistió de sport. Con un andar cansino, cruzaba la Redacción con traje, chaleco, corbata y zapatos a tono. Cuando aporreaba el teclado de la computadora, no fantaseaba con metáforas literarias. Prefería el dato exacto.

“Nadie sabía tanto del puerto como él. Un nivel de especialización que ya no existe en el periodismo. Venían presidentes, empresarios, todos a consultarle de los temas portuarios”, rememora el director de Redacción de El País, Martín Aguirre.

Hace pocos meses, dice Martín, un periodista del diario fue a la casa a darle una mano porque tenía problemas con la computadora. Ya estaba muy enfermo. “Ese periodista le dijo: Emilio, ¿no te dan ganas de dejar de trabajar de una vez y disfrutar un poco? Y él le contestó: ‘No puedo, yo sé mucho de esto, tengo que seguir’. Así, siguió escribiendo y trabajando hasta el último día”.

El tiempo de un hombre lúcido

Emilio Cazalá miraba la realidad en forma desapasionada. Por eso era un buen consejero sobre temas periodísticos y de los otros. Sentando en su oficina del diario, Emilio cruzaba las manos y escuchaba en silencio. Después brindaba su opinión, corta. Cuando cumplió 95 años supe que era el único que me podía responder una pregunta capital: “Don Emilio, ¿para usted la vida fue corta?”. Y él respondió: “Sí. Siempre es corta”.

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