LA COLUMNA DE PEPEPREGUNTÓN

A simple vista

Paré el auto junto a uno de los surtidores. Nadie estaba cargando nafta pero, para mi sorpresa, la estación mostraba un movimiento inusual para la hora.

Foto: AFP
Foto: AFP

Eran más de la de una de la mañana del sábado 24 de abril. Pero, según pude saber después, podría haber sido cualquier otra madrugada, de cualquier otro sábado.

Circulaba yo por la Rambla. Venía de llevar algunos alimentos a un familiar que vive en la Costa de Oro y no puede desplazarse con facilidad, cuando me percaté -más tarde de lo debido, como siempre- de que en el tablero del auto se había encendido la luz que me advertía que debía cargar combustible.

¿Cuánto llevaba encendida? Vaya uno a saber. Confieso que alguna vez ya me ha pasado de quedarme sin nafta por no prestar atención a algo tan elemental. Así que no quise repetir el plato y me detuve en la estación de servicio de Rambla y Puntas de Santiago, en Carrasco.

Paré el auto junto a uno de los surtidores. Nadie estaba cargando nafta pero, para mi sorpresa, la estación mostraba un movimiento inusual para la hora. Más de una decena de autos, uno al lado del otro y todos con el capó levantado, eran acelerados frenéticamente por sus jóvenes conductores, mientras otros se agrupaban para observar el comportamiento de los motores sometidos a tal exigencia. Además, la valija abierta de todos los autos dejaba al descubierto potentes equipos de audio, todos con una melodía diferente que, cada quien, pretendía que primara por sobre las demás.

Esperé cinco minutos sin salir de mi auto a que alguien viniera a atenderme. Nadie acudió. Esperé otros cinco minutos, mientras contemplaba la fiesta de motores, música y agitación juvenil que me rodeaba. Y nada. Así que, con doble tapabocas pese a estar vacunado ya con las dos dosis, me bajé y entré al local de la estación.

Allí vi al pistero. Él contemplaba, desde dentro, la misma escena. Pero resignado. Le pregunté si podía cargarme nafta. Y fue sincero. “Mire, caballero, yo no me siento seguro saliendo de acá para cargarle nafta. ¿Usted vio lo que es esto? Yo no puedo trabajar así”, me dijo. Ante mi pregunta, me contó que eso sucede cada sábado de madrugada. “Se juntan acá, preparan sus motores, escuchan música a todo volumen y en un rato, si se queda, va a ver que salen en duplas a hacer picadas. Van hasta Punta Gorda, antes de la cámara de Coimbra. Corren carreras idas y vuelta. Acá se desafían”.

No pude cargar nafta. Salí y llamé a la Policía. A los pocos minutos llegaron dos patrulleros y disolvieron la aglomeración.

Pero estos jóvenes se juntan cada semana a correr picadas. Se reúnen allí o lo harán en otro lado. Como se reúnen otros, en otros puntos de Montevideo. Y lo volverán a hacer.

¿Qué están esperando las autoridades para hacer lo que hay que hacer? ¿Que estas irresponsabilidades cuesten una o más vidas?

¿Quién controla estas cosas, que suceden a la vista de todos? ¿Qué hace la Intendencia de Montevideo para combatir esta peligrosa costumbre? ¿Hace controles? ¿Retira libretas? ¿No debería coordinar con la Policía para actuar como corresponde y cuidarnos a todos?

¿Qué es? ¿Miedo a reprimir y castigar, o simple y riesgosa omisión?

[email protected]

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados