Muerte de un joven, que recibió 28 tiros en Santa Catalina, genera alarma 

El "sicariato", un fenómeno que se instaló en barrios capitalinos

Michael Andrés Fernández (21), un joven igual a tantos uruguayos, que trabajaba como mecánico en un taller en el centro de Montevideo, fue sepultado ayer de tarde en el Cementerio del Cerro, en medio de la congoja de familiares y centenares de amigos.

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Investigadores de la zona IV identificaron a uno de los matadores. Foto: F. Ponzetto.

El día antes, dos sicarios lo mataron de 28 tiros en una calle del barrio Santa Catalina. Los asesinos por encargo se equivocaron de persona. No sabían a quién tenían que matar, sólo tenían una referencia de dónde vivía "el objetivo".

Media hora antes de ser baleado, el joven había salido de un modesto almacén ubicado sobre Murallones y Calle 2. En el camino hacia su casa, se encontró con un conocido del barrio. Ambos comenzaron a charlar.

Dos sujetos en moto pasaron frente a los jóvenes. Buscaban a un adolescente que vivía en la misma cuadra que Michael Andrés.

Al llegar a la esquina de Víctor Hugo, la moto giró en redondo y regresó. Los delincuentes creyeron que Michel era el sujeto al que debían ejecutar. Extrajeron armas automáticas y comenzaron a disparar sobre el muchacho. Recibió trece balazos en el pecho, cinco en la cabeza y el cuello, cuatro en los brazos y seis en las piernas: 28 en total.

Luego, los agresores regresaron al barrio Casabó, de donde venían.

Investigaciones realizadas por efectivos de Zona IV (Cerro y zonas aledañas) constataron que, en julio de este año, una barra de adolescentes de Santa Catalina mató al "Bebo", un joven de Casabó, por diferencias barriales que se arrastran desde hace cierto tiempo.

En la tarde del miércoles 28, los dos sicarios en moto se dirigieron hacia Santa Catalina con la misión de vengar la muerte del "Bebo", pero se equivocaron de persona y mataron a Michael, dijo un operador judicial a El País. El parte policial dejó en claro que la víctima no tenía "antecedentes penales".

La Policía ya identificó a uno de los matadores que está prófugo. El individuo que era buscado por los sicarios tampoco ha sido ubicado hasta ahora. La Policía sabe que se trata de un adolescente que vive en un asentamiento al final de la calle Murallones.

Una vecina de ese asentamiento dijo ayer a El País que el miedo cunde en el barrio. "La muerte de Michael no es el primer asesinato que ocurre acá. Esto es un problema de bandas. Por eso acá nadie sale de noche", agregó.

Un funcionario de la Armada que revista en una unidad ubicada al lado de Santa Catalina apuntó: "Esto es Shanghai".

El lugar equivocado.

La muerte de Michael es una caso excepcional que muestra cómo se ha extendido la modalidad de contratar a cualquier clase de sujeto para matar a otro. Nunca antes ocurrió que un ciudadano, ajeno a problemas de drogas o rivalidades de bandas, pudiera caer muerto de 28 disparos "por equivocación".

"Michael estaba en el lugar y en el momento equivocado. Por eso murió. Él no tiene nada que ver con la delincuencia", dijo ayer a El País su mejor amigo, que trabaja en un restaurante.

Michael y su amigo se conocían desde los siete años. Vivían a poco más de una cuadra de distancia en Santa Catalina. En muchas ocasiones, se quedó a dormir en la casa de Michael, una vivienda humilde donde el padre tiene un taller mecánico.

Ambos compartieron la misma escuela (N° 309), aunque Michael concurría al turno matutino y su amigo al vespertino.

"Pero nos veíamos todos los días", rememoró.

En la adolescencia, Michael se interesó por la mecánica. Fue contratado para trabajar junto con su padre en un taller del Centro de Montevideo, y su amigo comenzó a trabajar en un restaurante. Los dos se veían poco. Sin embargo, se encontraban a menudo por las calles.

Fanático de Cerro, Michael iba a todos los fines de semana al estadio "Luis Tróccoli".

Al regresar a casa, escuchaba música en su dormitorio. "Lo que pasó a Michael es una gran injusticia. No se merecía algo así, explicó el amigo.

Fenómeno.

La muerte de Michael, como tantas otras, vuelve a poner en el tapete el fenómeno del sicariato, muy común en países como Colombia pero que era extraño en Uruguay.

Operadores judiciales consultados por El País señalaron que los "ajustes de cuentas" por drogas explican solo "una parte" de los motivos por los que se recurre, cada vez con más frecuencia, a pagar a un sicario para matar a alguien. Se han constatado causas más burdas, como problemas de vecindad y celos de pareja, en casos de asesinatos por encargo.

Los operadores judiciales consultados señalaron que hay una "alta impunidad" en los casos que involucran a sicarios. El asesino vende sus servicios por un poco de dinero para comprar droga y no tiene mayores dificultades en acceder al armamento, que abunda en elmercado negro.

El principal riesgo que corren los sicarios es que, a veces, el contratante, después de que se cumplió el encargo, paga a otro sicario para matar a su colega con el objetivo de que el caso no termine en una repartición policial. En la jerga policial eso se denomina "quemar archivos".

Un magistrado, que pidió el anonimato, expresó que rara vez un sicario es atrapado. Nadie los delata, por temor a represalias.

Sicarios del Cerro y Casabó

El 13 de abril de este año, la Justicia Penal procesó a tres sujetos de Cerro Norte acusados de ser autores de por lo menos nueve asesinatos en ese barrio. Se trataba del "Negro Paolo", "el Coco" y "el Luisito". Fueron acusados de matar a narcotraficantes para robarles drogas y dinero, y de ser autores de rapiñas al Hotel Casino Carrasco y al peaje del arroyo Pando. También fueron considerados sicarios de Casabó los adolescentes "el Rey", el "Sebita", el "Dibu", "Aron" y el "Purri". Integraban una banda que asoló la zona de Casabó en 2013 y 2014. Fueron mencionados en 17 crímenes por encargo de dueños de "bocas" de ventas de drogas. Son avisos los disparos en los miembros o en las fachadas de casas de los deudores. Después los tiros van a la cabeza o al tórax.

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