CRÓNICA

Entre miedos y agradecimientos, la vacuna arribó a los refugios

Criticaron falta de información sobre la vacuna anticovid en los refugios, pero los convencidos fueron en aumento.

Vacunación en refugio. Foto: Rosalía Souza.
En un centro nocturno de La Blanqueada, algunos usuarios rechazaron la vacuna por miedo, dudas y desconfianza. Foto: Rosalía Souza.

Son casi las 18:30 del martes 23 de marzo de 2021 y en un refugio nocturno de La Blanqueada comienzan a vacunar con la primera dosis de Pfizer a personas en situación de calle y funcionarios de la institución. En total, cuando termine el día, serán 19 los centros nocturnos que habrán cumplido con la primera etapa de inmunización. El lunes fueron 10. Para cuando termine la semana, en total habrán sido vacunados un 68% de los usuarios y 72% de los trabajadores.

Un hombre de los que vive en el refugio se pone de pie frente a otros y lee en voz alta: “El Estado uruguayo está ofreciendo a la población la posibilidad de vacunarse contra el COVID-19 para prevenir la enfermedad del coronavirus causada por el SARS-CoV-2…”. Así hasta el punto final, por aquellos compañeros que no pueden o no saben leer. A su alrededor, otros hombres y algunas mujeres lo escuchan atentos. Cuando termina, unos pocos se encorvan sobre una mesa de ping pong azul y escriben su nombre, su fecha de nacimiento, su documento, su firma. Otros preguntan. Otros se alejan.

Las vacunadoras, cuatro mujeres a las que solo se les ven los ojos detrás de delantal, tapabocas y gorro celeste, aguardan a los primeros y les explican el procedimiento.

Los que quieran vacunarse deben hacer una fila con el papel en mano. Los que ya recibieron la inyección deben sentarse en el patio, en unos bancos de madera dispuestos entre las plantas y las cuerdas con ropa limpia.

Los que no quieren vacunarse pueden seguir su nochecita en el hogar: algunos se toman una ducha después del día largo en la calle, otros preparan un mate mientras charlan con otros convivientes. Para ellos, todo transcurre casi como un día normal, salvo por el tapabocas y la cantidad de visitantes que aguardan a que sus compañeros se vacunen.

Desde una ventana, Alexis (su nombre fue cambiado para proteger su identidad), 21 años, observa todo lo que pasa a su alrededor. Usa tapabocas, cree en el virus, le teme a la pandemia, pero no quiere vacunarse. “Me da miedo, yo quiero llegar vivo y bien a los 30; tengo que cumplir mis sueños”.

A pocos metros de él, Luis, 79, ya firmó su consentimiento y espera tranquilo. “Yo estoy totalmente seguro”, dice, antes de mover el tapabocas para poder tomar su mate. Él se siente afortunado de estar en esa fila.

“Faltó más información”, comenta un muchacho mientras sostiene un algodón en su brazo derecho. Está esperando el tiempo que le recomendaron para ver si su cuerpo reacciona negativamente a la vacuna. No sintió ni siente nada. “Yo me informé con la radio, pero acá hay muchos compañeros que no se animan a dársela porque tienen miedo. Tendrían que haber acercado más información a la gente de acá adentro”.

A su lado hay un hombre centroamericano que no quiere ni decir mucho ni dar su nombre por temor a que lo asocien a un refugio y por eso no poder conseguir trabajo. Él, que está hace pocos meses en Uruguay y antes pasó por Argentina, dice que esto, estar contemplados para una vacuna tan importante siendo personas vulnerables, no pasa en todos lados. “Ahora nos sentimos más tranquilos. La protección al ciudadano en Uruguay es superior”, agrega.

Vacunación en refugio. Foto: Rosalía Souza.
Al final de la jornada, las vacunadoras se fueron como heroínas, con un fuerte aplauso. Foto: Rosalía Souza.

De lejos, un chico que no supera los 20 años observa esa conversación mientras sorbe tragos de un café caliente. No quiere hablar. No confía en nadie que haga preguntas, no confía en el papel que leyeron antes, no confía ni en la vacuna ni en todo lo que se dice de la pandemia. No se va a vacunar, al menos no ahora, no hasta ver qué pasa con aquellos que sí aceptaron. “Lo que me parece extraño es que si supuestamente nos vamos a vacunar todos, por qué tenemos que firmar un papel que dice que supuestamente te trae consecuencias”, empieza y se explaya.

En el transcurso de esa conversación que dura unos 10 minutos, cada vez más usuarios y empleados del centro nocturno se sientan en los bancos de madera. Charlan entre ellos, unos convencen a otros.

Carlos, 53 años, se siente más tranquilo con la vacuna. “Yo, por supuesto. Miles de personas contagiadas, cada vez más muertes. Acá adentro los mayores somos los que estamos más seguros de vacunarnos”. A su lado se para Néstor. Ya se vacunó, ya se dio el baño del día y mira a Sarita, la gatita que tienen en la casa. “Yo hace tres años que estoy en la calle. Después de que fallecieron mi mamá y mi abuela me puse mal. A mi papá nunca lo vi. Durante el día vendo bolsas en un semáforo; prefiero eso a quedarme quieto en una plaza. Y estoy agradecido con el refugio, con Sandra y todos los cuidadores”, dice. Afirma que “por supuesto” que se vacunó, pero lo que más le importa es contar su historia y la de sus compañeros.

En el sector de las vacunadoras la fila está detenida y las luces encendidas. La cámara de un canal de televisión está a punto de salir en vivo. Quieren registrar el momento en el que uno de los usuarios recibe el pinchazo. Adentro, un grupo enciende la televisión entre risas: en ese preciso instante se están viendo a ellos y a los suyos. “Bien, Chuky”, grita uno cuando ve a su compañero en la pantalla y aplauden cuando termina la transmisión.

Alexis, 21 años, ya no está observando todo desde la ventana. Firmó el papel y espera en la fila. “Me convencieron otros que viven acá”, dice. “Yo sueño con tener mi casita, mi familia, mi autito, y si no me contratan en un laburo por la vacuna, no voy a poder”. Es uno de los últimos en recibir la dosis.

Allí, en ese centro nocturno de La Blanqueada, las cuatro vacunadoras sacan la cuenta: les quedan dos refugios más esa noche. Juntan jeringas, nylons y se despiden. Mientras atraviesan la puerta, todos aplauden. Fuerte. Agradecen. Entre el bullicio alegre y la iluminación tenue por la hora, los delantales celestes parecen capas.

En dos semanas, 60 equipos en la calle

En las últimas dos semanas se asistió a vacunar a 15 centros de 24 horas y 29 nocturnos. Además, concurrieron equipos de vacunación a los centros de contingencia donde funcionarios trabajan con personas en situación de calle que dieron positivo al test de coronavirus y están en cuarentena. También hubo una jornada para todos aquellos funcionarios que no pudieron concurrir a la fecha de vacunación que les correspondía a su lugar de trabajo.

En total se vacunaron un 68% de los usuarios y 72% de los trabajadores.

La subdirectora general de la Salud, María Giudici, explicó a El País que muchos meses planificaron cómo sería la vacunación. “Sabíamos que teníamos que ser rápidos, efectivos, lo más eficientes posible, y para eso lo que se hizo fue una logística donde salieron a la calle 60 equipos”, relató. Estos 60 equipos llegaron a todos los establecimientos de larga estadía que existen en Montevideo, así como a la totalidad de refugios nocturnos y de 24 horas. “También contamos con la colaboración de la Cámara de Emergencias y el SAME 105, que estaban atentos por cualquier complicación que pudiera surgir. Pero solo hubo una persona con un efecto adverso leve, que no tuvo complicaciones”, señaló Giudice.

El martes, tras completar la vacunación en refugios, la jerarca escribió en Twitter: “Feliz y orgullosa”.

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