San Luis | E. BARRENECHE
Son las cuatro de la madrugada y el contacto con el agua duele como una cuchillada. Para empujar la barca, los pescadores entran al mar hasta que el oleaje les golpea el pecho. Tras llevar la barca a una buena profundidad, algunos vuelven a sus refugios y traen ropas secas.
En altamar, con temperaturas bajo cero y un viento inclemente, se desnudan y se cambian de vestimentas. Otros prefieren colocarse una campera o un buzo seco por encima de la ropa mojada y salen "a la mar" en busca del sustento diario.
Los pescadores tienen sus códigos. Antes de partir, no desean suerte a ninguna barca, de lo contrario esta se hundirá. Nunca mencionan por sus nombres a la serpiente, a la araña y a la bruja. Entienden que ello les traerá mala suerte en alta mar.
Otros, los creyentes, encomiendan su alma a Dios y rezan cuando una tempestad los atrapa a muchas millas de tierra firme.
Muchos pescadores del balneario San Luis salen al mar sin comer. Llevan encima alguna cocina con una pequeña garrafa y fritan la primer corvina o pescadilla que saquen de los anzuelos. En caso de que no haya pesca, volverán a la una de la tarde con más hambre con la que salieron.
En el retorno comienzan los problemas con la Armada Nacional. Altas fuentes de esta institución indicaron a El País que de cada siete días, cuatro tienen que activar el sistema de emergencia, ya que hay pescadores que no informan su regreso a tierra. Es que su ausencia hace presumir a los funcionarios estatales que se perdieron en el mar.
El protocolo de la Armada tiene tres fases: constatación telefónica del retorno del pescador, envío de efectivos al lugar y movilización de embarcaciones.
"Esta situación provoca gastos de esfuerzo de personal y de medios", dijo la fuente naval. En cambio, los pescadores dicen que cuando mucho se retrasan entre quince y veinte minutos, por lo tanto no lo consideran un problema.
Desde que se instalaron en el balneario en 1990, los pescadores no son queridos por los pobladores de San Luis.
Algunos de ellos opinan que estos destruyeron esa zona costera con sus embarcaciones, mientras que los comerciantes están conformes por el consumo que realizan los 500 pobladores del asentamiento.
En cambio, los pescadores indican que el comportamiento de los habitantes del balneario es un prejuicio y que ello determinó que se levantaran muchas "leyendas negras" contra los trabajadores del mar.
"La mala fama de nosotros la hizo la gente del balneario. Cuando festejamos, lo hacemos como si ese día fuera fin de año, porque no sabemos si mañana regresamos con vida de una salida de pesca", dijo Julio López, un pescador de 58 años.
SACRIFICIO. Juan Mondutey tiene 65 años. Es el pescador más viejo del balneario. De su escuela mamaron la mayoría de los pescadores que se encuentran en San Luis.
Pese a que es pescador desde los 16, le teme al mar como al mismo diablo.
Tras ayudar a sus dos hijos y a su nieto a arrastar la barca hacia el agua, Juan prepara el mate y se sienta debajo de una galería. Sus ojos escrutan, incansables, el horizonte.
Si el viento "eriza" la superficie del mar, Juan se levanta y camina impaciente. Por el solo movimiento de las aguas, percibe el comportamiento del clima.
Pasado el mediodía, Juan se tranquiliza. La barca de sus hijos se acerca a la playa. Respira hondo y comienza a vivir con paciencia y tranquilidad.
Su comportamiento se explica fácilmente. Juan sabe, muy bien, lo que es enfrentar una tempestad en alta mar: la proa de la pequeña barca de cinco metros cortando olas altas, el agua ingresando a raudales en la embarcación y el oleaje meciéndola de un lado a otro como una niñera enloquecida.
"Muchas veces pensé de esta no zafo. En el medio de la tormenta, le pedía a Dios que me ayudara. En tierra tenía gente que mantener", explicó.
Aunque no haya nubes en el cielo y el sol reine en forma absoluta, el peligro está latente en cada salida de pesca.
López, por su parte, dijo: "si el día está lindo, igual tengo miedo. Nunca sé si voy a volver a tierra".
MERCADO. Como los granjeros, los pescadores están pendientes del clima.
La diferencia es que los granjeros aran la tierra, mientras que los pescadores lo hacen en el mar. El producto de ambos, sin embargo, está sujeto a la oferta y la demanda.
Cuando sobra el pescado, su precio desciende y los intermediarios entre los pescadores y el frigorífico, descartan grandes cantidades por heridas u otros defectos. Cuando falta, el precio sube y los camiones frigoríficos se llevan el 100% de la pesca.
En la playa, los intermediarios pagan unos $ 10 el kilo de corvina. En una oferta de un supermercado, el precio de ese mismo pescado ronda los $ 35.
"El intermediario y no el pescador pone el precio que va a pagar por cada caja de pescado", explicó Juan Mondutey.
Los pescadores destacan que, cuando no hay pesca, obtienen de los intermediarios adelantos en dinero, lo cual es utilizado para su subsistencia, compra de carnada, combustible o reparar algún motor fuera de borda.
El trabajo con anzuelos oxidados y pescado no está exento de riesgos. José García, un ex decorador de interiores de 47 años, apenas puede mover el meñique de su mano izquierda: se lo pinchó con un anzuelo y como no tenía la vacuna antitetánica, la herida se agravó.
DUREZA. A muy pocos metros de la playa del balneario San Luis, se amontona el caserío donde viven alrededor de 500 personas vinculadas a la pesca artesanal. En la temporada baja, el número desciende abruptamente.
Los ranchos se encuentran desordenados sobre las pequeñas dunas de arena, unidos por pequeños caminitos. Cada tanto, hay baños comunes levantados con paredes de chapas y sin techos.
Las viviendas precarias no tienen contadores de luz. Y el agua es extraída de un manantial cercano. El viento se cuela entre las tablas de las paredes y el frío es un huésped que no fue invitado por nadie. Son pocas las viviendas que cuentan con una "quematutti" para enfrentar el frío.
A pocas millas de la costa, los pescadores salen erráticos en busca del pescado en una segunda salida, tras detectar que en la zona hay buena pesca.
Tienen ecosondas, un dispositivo electrónico que les permite "ver" el fondo del mar. Muchas veces, piensan que el pescado se encuentra en el este. Tras detectar su error, deben "caminar" unas 15 millas hacia el oeste hasta encontrarlo.
Ello significa un mayor gasto de combustible que será dividido entre el patrón (dueño) de la barca y los tres pescadores.
En tierra esperan las personas que cobrarán su jornal para sacar el pescado de las barcas, apilarlo en cajas, desenredar los "palangres", colocarle carnadas y lavar la barca.
El precio de cada una de estas actividades ronda entre 35 y 100 pesos. La mayoría es efectuada por mujeres y por aquellos hombres que no tienen permisos de la Armada para salir al mar.
Una jornada de pesca, como la realizada el miércoles 20, dura 24 horas. Muchos no duermen para no desperdiciar la corta y precaria zafra.
Una mujer con salida al mar
Silvia Trías (40) es la única mujer que salió al mar en una barca. Lo hizo en unas 20 oportunidades, mientras intentaba regularizar su permiso de pesca.
Silvia es esposa del pescador José García, pero se vio obligada a subirse a la embarcación ya que las deudas asediaban a la familia.
"Es que para pescar con ‘palangres’ se necesitan tres personas. Ahora ya no salgo", explicó.
Su trabajo era sencillo aunque prioritario en la barca: debía arreglar el "palangre" que Ibis Días, su yerno, recogía desde el mar.
En ese viaje, la barca de García volvió con ocho cajas de pescado. Sin embargo, Silvia también supo lo que era volver a tierra sin pesca.
"Ahí entendí cuando mi esposo regresaba disgustado y la frustración que se siente al ver que el ‘palangre’ sube vacío", dijo.
Es que las mujeres son indispensables para la economía de la familia de pescadores asentadas en San Luis.
Carmen Pérez (33) es esposa de Miguel Angel López (46). Cuando no hay temporal, Pérez duerme dos o tres horas por día.
Luego de una dura jornada y tras acostarse a las 11 de la noche, Pérez es despertada por algún vecino para que le lave la barca.
Semidormida, la mujer se levanta. Con fríos cercano a cero grado, baldea la barca descalza y con el pantalón remangado en la rodilla. Dos horas más tarde, regresa a su casa con $ 100. Su ropa está totalmente mojada.
Datos
El balneario San Luis (Costa de Oro) queda a 62 kilómetros de Montevideo.
En julio y agosto es la zafra de pesca en esa zona. Los pescadores viven nueve meses en el balneario y en los otros tres meses restantes, se mudan hacia Pajas Blancas. Actualmente, en San Luis, operan unas 60 barcas.
Cada barca lleva a tres pescadores. En tanto que otras cuatro o cinco personas quedan en tierra. Son los que se encargan de "alistar" (preparar y encarnar) los anzuelos.
Las barcas son pequeñas. Tienen 5,50 metros de eslora (largo) y 2.30 de mancha (ancho). Llevan un pequeño motor naftero que oscila entre 8 y 25 HP de fuerza.
Los pescadores calculan que en el asentamiento de San Luis viven unas 500 personas.
Una barca puede transportar alrededor de 1.000 kilos de pescado. Tras ser extraído del anzuelo; éste es colocado en cajas y luego transportado a un frigorífico por un intermediario.
Por cada caja de 23 kilos de corvina, los intermediarios pagan $ 200.