EL 36% DE LOS JÓVENES NO AVANZA

Al rescate de los NI-NI

Los jóvenes que no estudian ni trabajan le llaman a su actividad del día a día "estar en la vagancia". Abandonaron el sistema educativo y no piensan en reinsertarse. No tienen trabajo y son pocos quienes buscan uno.

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De los 36.000 jóvenes que no estudian ni trabajan, el 30% ya tiene hijos. Foto: A. Colmegna

Se dedican a hacer "changas", venden en ferias, son cuidacoches o se quedan en sus casas, donde a las adolescentes les toca la tarea de cuidar el hogar y encargarse de los hermanos menores. El vínculo con el delito también aparece como opción.

En Uruguay son 36.000 los jóvenes que no estudian ni trabajan, a quienes se los conoce como "ni-ni". Suman indicadores de extrema vulnerabilidad porque dejaron de estudiar siendo muy chicos, porque no tienen herramientas para conseguir empleo y porque viven en hogares pobres de zonas marginales. A veces, rescatarlos también implica disputárselos al narcotráfico.

"Cuando tenés mucho tiempo libre y estás en tu casa se te pudre la cabeza. Te aburrís, amanecés en la calle. Yo vivía el día a día y lo derrochaba. No hacía nada, no aprovechaba el tiempo", cuenta Miguel Figueredo, apodado "Cuchu". Tiene 18 años, es de Malvín Norte y hace dos meses empezó a trabajar tras pasar por el programa Jóvenes en Red, del Ministerio de Desarrollo Social (Mides).

El plan comenzó a funcionar hace dos años y medio y busca sacar a flote a adolescentes de entre 14 y 24 años que no estudian, que no culminaron el Ciclo Básico, que pertenecen a hogares que están por debajo de la línea de pobreza y que no tienen empleo formal. En resumen, los jóvenes ni-ni.

De esa población, el gobierno atendió hasta ahora solo al 10%. "Pasaron 3.600 jóvenes por el programa. Era lo que nos habíamos propuesto, y 1.500 ya egresaron, en un proceso de intervención que se extiende por entre 18 y 24 meses", informó a El País el coordinador de Jóvenes en Red, Diego Olivera.

El último informe estadístico de Jóvenes en Red, cerrado en agosto de 2014, mostró que con el 35,8% de los beneficiarios no se llegó a trabajar ni en el plano educativo ni en el laboral, aspectos centrales del programa. Eso se explica porque presentaron carencias tales que demandaron esfuerzos previos a ingresar en los programas señalados, como la regularización de la documentación o la atención sanitaria.

Con el 37,9% de los beneficiarios sólo se trabajó en la inserción educativa y con el 18% únicamente en la inserción laboral, mientras que solamente con el 8,4% se pudo trabajar en ambos objetivos planteados por el programa.

El informe estadístico también revela que un 30% del total ya es madre o padre. Entre las mujeres el porcentaje asciende a casi el 50%, mientras que en los varones se encuentra próximo al 10%.

El 52% de los beneficiarios del plan son mujeres. En relación a las edades, el programa logró una mejor llegada en jóvenes de 18 y 19 años, y ha tenido dificultades para conectar con quienes tienen 23 y 24 años. "Con los varones mayores es con quienes nos ha costado más, porque afirman que siendo más grandes ya no están para participar en esto y creen que tienen que defenderse por sus propios medios", señaló Olivera.

Perfil.

En una primera instancia el programa priorizó a los 3.600 jóvenes más vulnerables. Por ejemplo, entre los atendidos, unos 1.800 compartían un rezago educativo a un nivel tal de no haber comenzado el liceo o no haber terminado la escuela.

Olivera se refirió al nivel académico con el cual llegaron los primeros jóvenes al programa y afirmó que el mismo se vuelve "un discriminante fuerte". "Hay jóvenes que o bien no finalizaron la Primaria, o la finalizaron en situaciones de extraedad y nunca se insertaron en la enseñanza media. Ese perfil es el más duro, el más complejo", subrayó.

Agregó que en esos 1.800 jóvenes que tienen un rezago educativo "muy fuerte", los conocimientos básicos vinculados a lectoescritura, cálculo y pensamiento abstracto son "muy débiles". Explicó, en tanto, que con esas condiciones se vuelve "muy difícil la revinculación educativa si no hay un proceso de nivelación previo".

José, que tiene 18 años y fue uno de los primeros en asistir a Jóvenes en Red en Santa Catalina, llegó al programa con 16 años y sin haber hecho ni quinto ni sexto de escuela. Así, debió recibir un apoyo especial y en un año pudo terminar Primaria. De esa forma, y tras realizar otros talleres de capacitación, ingresó en una empresa de poda y hoy, a poco de cumplir 10 meses de trabajo, ya logró un primer ascenso.

"Está bueno hacer el esfuerzo, se lo recomiendo a mis amigos. A mí me ayudó mucho y eso también puso muy contenta a mi familia, que vio que cambié mi actitud", expresó José a El País.

Sobre el proceso de revinculación de los jóvenes a la educación y el trabajo, Olivera expresó que "muchas veces los muchachos con los que trabaja el programa generan cierto rechazo en las instituciones a las que se acercan. Ya sea por sus maneras de comunicarse, por cómo se visten o por cómo actúan".

El jerarca entiende que "hay que hacer una transacción importante" entre cómo son los jóvenes y cómo son las pautas institucionales: "Si son muy rígidas, los muchachos golpean contra una pared y retroceden. No decimos que haya que flexibilizar las pautas ni ser permisivos, pero sí es importante que las instituciones se comprometan con un proceso para ir insertándolos", alegó.

Olivera destaca que en general los ni-ni no buscan trabajo. "Muchas veces existe la intención, pero como algo muy en el aire. Cuando nosotros los contactamos no hay una acción concreta y organizada de ellos en la búsqueda de empleo", lanzó. Datos recabados por el programa muestran que de los 36.000 ni-ni, 30% no realiza ningún tipo de búsqueda de trabajo y son "puramente inactivos", mientras que el resto realiza tareas en su hogar, trabaja a nivel informal o busca trabajo y no lo encuentra.

En materia educativa sucede algo similar. Se anotan una y otra vez en la enseñanza, pero no llegan a insertarse en el largo plazo. "En los dos planos está la idea (de insertarse), pero falta el sustento necesario para organizar la cotidianeidad y superar las dificultades específicas para que esa intención se transforme en realidad", dijo Olivera al respecto.

Martín, un joven de 18 años que vive en Maroñas y que ya egresó del programa, contó a El País que antes de Jóvenes en Red "no hacía nada, solo había terminado la escuela y ya no estudiaba". "No trabajaba, tenía 16 y estaba en la vagancia", reconoció. Ahora lleva más de seis meses empleado en una cooperativa de limpieza y también hizo gran parte de un curso de reparación de equipos de aire acondicionado, algo que piensa terminar en 2015, tras haber dejado por un accidente laboral.

Liliana Callejas, coordinadora del plan en Malvín Norte y la Unión, señaló, en tanto, que los jóvenes llegan con problemáticas de todo tipo, y que si bien el objetivo es trabajar en lo educativo y lo laboral, muchas veces surgen situaciones conflictivas en otras áreas que hay que atender de inmediato: hechos de violencia, adicciones y hasta problemas de salud mental no diagnosticados.

Son muchachos que "no proyectan su vida. No tienen perspectiva alguna y no piensan en eso", advirtió Callejas.

"Cuchu", que está terminando el programa y vive en Malvín Norte, contó a El País que antes de comenzar los talleres "solo pensaba en el día a día". "Todo me daba lo mismo", admitió, y agregó que con Jóvenes en Red vio que sin hacer algún curso no podría trabajar. "Me puse las pilas", dijo el joven de 18 años, que ya lleva dos meses empleado en una ferretería y piensa hacer más cursos.

Tras dos años y medio en marcha y con los primeros 1.500 jóvenes egresados, los responsables del programa que asiste a los ni-ni comenzaron a identificar algunos aspectos que serán necesario revisar de cara al futuro.

Olivera dijo que los beneficiarios se pueden separar en dos grandes grupos: uno compuesto por quienes logran revincularse a la educación o acceder al mercado laboral, y otro, crítico, que en el plazo que dura el programa (entre 18 y 24 meses) solo avanza en cuestiones vinculadas a su documentación, atención en salud y participación en actividades culturales y deportivas, pero no logra "dar el salto a una inserción formal".

El jerarca marcó que con ese perfil "más duro" sería necesario trabajar más tiempo. "Los equipos técnicos nos muestran que ese perfil es el que más adhiere al programa, pero le cuesta mucho dar el salto al sistema formal y en general no lo logra". Para Olivera, se trata de una población que necesita "un trabajo a nivel pedagógico más fuerte, porque muchas veces el cuello de botella se ubica en los aprendizajes básicos. Algunos perdieron esos conocimientos básicos y quizá algunos nunca los adquirieron, y eso se transforma en un escollo demasiado fuerte al pensar en una revinculación", explicó.

La situación de rezago educativo y la forma en la cual el mismo impacta en los sectores más vulnerables de la sociedad viene siendo especialmente señalada por expertos de diversos organismos en los últimos años, y los datos conocidos recientemente a través del Anuario Estadístico 2013 del Ministerio de Educación encendieron otra luz de alerta.

Según mostró ese documento, a partir de los 13 años los adolescentes, cuanto más pobres, menos nivel educativo alcanzan. Se registró, por ejemplo, que solo 9,4% de los jóvenes que pertenecen a familias dentro del primer quintil de ingresos continúan estudiando cuando alcanzan los 22 años, mientras que en el quintil mayor, son el 61,8%.

Problemas.

Jóvenes en Red ha ingresado en los barrios más complejos de Montevideo y viene complementando el plan Siete Zonas, que encabeza el Ministerio del Interior y que busca una mejor llegada del Estado en las denominadas "zonas rojas" del área metropolitana.

En ese marco, Olivera contó que el programa del Mides encontró "realidades duras" en los barrios en los que desembarcó, y dijo que han visto situaciones especialmente difíciles en el barrio Ituzaingó (próximo al hipódromo de Maroñas) y en el barrio Marconi. "Se dan dinámicas en las cuales hay una presencia fuerte del narcotráfico y muchos de los jóvenes están vinculados a los distintos roles que implica una estructura de tráfico de estupefacientes", dijo el jerarca.

Según afirmó, "la conflictividad en términos de violencia se respira" en esos lugares y también se registran fenómenos de explotación sexual y de violencia intrafamiliar, además de las carencias en términos habitacionales. "Todas esas variables agregadas conforman un panorama duro", dijo Olivera, que relató que en algunos de estos barrios han "tenido que plantear a los jóvenes que vayan desarmados a las actividades del programa", dado que ellos no notaban previamente que llevar un arma no era lo correcto.

La coordinadora del plan en Malvín Norte contó que el delito resulta para los jóvenes "una salida fácil para tener dinero y se les vuelve muy seductor". Explicó que el liceo es una opción que no se plantean los adolescentes. "No es una alternativa válida, no ven nada para hacer ahí", dijo. Los educadores que trabajan en esas zonas han sufrido agresiones y han quedado en medio de enfrentamientos internos del barrio, según pudo saber El País.

"Jóvenes que el sistema ya no veía"


En entrevista con El País, Diego Olivera, coordinador de Jóvenes en Red, destacó que una de las claves del programa ha sido el poder reconstruir el vínculo de las instituciones estatales con un sector de la población que se había alejado de las mismas, ya sea en el plano educativo, en lo laboral y también en materia sanitaria.

"La cuestión central es el haber llegado a una población que estaba por fuera de las instituciones, una población de alto riesgo, en donde las perspectivas de desarrollo futuro eran muy acotadas", dijo el jerarca. Subrayó como elemento clave el "haber ayudado a que esa población alcanzada por el programa recobre la confianza" y también destacó que se haya "generado desde el Estado un trabajo a nivel barrial muy directo con la población", algo que no era común que pasara. "Se trabajaba desde la locación del Estado en el barrio, desde las oficinas, pero a partir de este plan hicimos un despliegue de mucha cercanía, y eso es necesario para llegar a algunas zonas donde las instituciones clásicas no estaban llegando", expresó Olivera.

Retorno.

El jerarca analizó especialmente la situación de la enseñanza y afirmó que "hay un grupo de muchachos que retornó al sistema educativo cuando el propio sistema ya ni siquiera los veía". "Ellos habían pasado, se habían ido hace un tiempo importante, y logramos devolverlos a ese lugar. Así se mejora la equidad, porque devolvemos al sistema una cantidad de personas que componen el núcleo más vulnerable de la población", expresó el coordinador.

Liliana Callejas, coordinadora de Jóvenes en Red en la Unión y Malvín Norte, dijo a El País que los adolescentes que llegan al programa no se plantean la posibilidad de hacer el liceo porque no le ven utilidad alguna, pero sí apuestan a opciones vinculadas a la UTU y a la formación profesional básica que esa institución proporciona, más que nada en áreas como la gastronomía, la carpintería, la electricidad y la mecánica de motos. En esas áreas encuentran elementos que son de su agrado, pero también ven la posibilidad de conseguir empleo en el corto plazo.

En ese marco, Olivera entendió que el trabajo con esta población sumamente vulnerable "también supone un proceso de transformación de las instituciones de las que alguna vez salieron". "Si la economía no se torna más inclusiva y si la educación no logra tener estrategias para la retención de estos jóvenes, es probable que nuestro trabajo en algún punto se caiga", opinó. Agregó que es necesario mejorar la cobertura del programa y que la meta debe ser alcanzar a los 36.000 ni-ni, para lo cual es necesario llegar a todos los departamentos del país. Hoy, la mayor parte del trabajo se concentra en los barrios más carenciados de Montevideo y Canelones y en las zonas fronterizas de Artigas y Cerro Largo, además de una presencia menor en San José y Tacuarembó.

Las cifras


36.000


Son los jóvenes que no estudian ni trabajan en Uruguay, de acuerdo a los datos que maneja el Ministerio de Desarrollo Social (Mides). La cifra se mantiene estable en los últimos años.

3.6

Son los jóvenes de entre 14 y 24  años que fueron atendidos por el programa Jóvenes en Red en dos años y medio que lleva en funcionamiento. Pertenecen a hogares en situación de pobreza.

1.8


Son los jóvenes atendidos hasta ahora que integraban el núcleo “más duro” en cuanto a los niveles educativos que habían logrado hasta ese momento, presentando un rezago muy importante.

35,8%


Fue el porcentaje de los jóvenes del programa con el cual no se pudo avanzar en educación y trabajo, porque presentó carencias mayores que requerían atención urgente.

30%


es el porcentaje de los jóvenes que no estudia ni trabaja, que además no realiza ningún tipo de búsqueda de trabajo, y que integra a los que se denominan como “puramente inactivos”.

SACADOS A FLOTE


Miguel: “Recién ahora veo el tiempo perdido”


Miguel Ángel Figueredo tiene 18 años y todos lo conocen como “Cuchu”. En marzo va a cumplir dos años en el programa Jóvenes en Red y obtendrá el egreso. Llegó a los talleres de casualidad, porque empezó a jugar al fútbol con unos amigos que iban a la cancha del centro del Mides en el barrio y dice que al final se terminó “enganchando”. Pidió para hacer “algún curso” y terminó haciendo varios: pintura de obra, ferretería y albañilería, entre otros. Consiguió trabajo hace dos meses en una cadena de ferreterías, en Carrasco, y ahora piensa en alguna otra capacitación a futuro. Recuerda, mientras tanto, que antes del programa “no hacía nada, amanecía en la calle aburrido”. Según dijo a El País, se arrepiente por “todo ese tiempo perdido”. “Recién ahora veo que no lo aproveché y recién me doy cuenta de todo lo que podía haber hecho”. También admite que es difícil convencer a más amigos para que vayan al programa.

Martín: “No hacía nada, ni estudiar ni trabajar”


Martín tiene 18 años y ya egresó de Jóvenes en Red, aunque sigue yendo a visitar a los profesores que tuvo en el taller y se acerca a observar cómo marchan las actividades del programa en su barrio. Dice que quedó “muy contento” con lo que logró, más que nada porque a través del programa pudo comenzar una capacitación como reparador de equipos de aire acondicionado, curso que piensa terminar el año que viene luego de haber tenido que abandonar por un accidente que tuvo en el trabajo. Ahora está empleado en una empresa de limpieza y dice que con el sueldo trata de ayudar en su casa y pagar sus gastos. “Me enseñaron a hacer el currículo, a presentarme correctamente en un trabajo, y me mostraron cómo tenía que hablar al tener una entrevista para ingresar en un trabajo nuevo. Yo les recomendaría a todos los jóvenes de mi edad que entren en el programa, la verdad es que a mí me sirvió para salir de la vagancia, porque antes de esto yo no hacía nada, no estudiaba y no trabajaba”, se sincera Martín. También dice que en su casa están muy contentos por los logros que obtuvo.

José: “El trabajo me sirvió para progresar”


José tiene 18 años y ya egresó de Jóvenes en Red. Fue de los primeros en ingresar a los talleres en el barrio Santa Catalina, y aunque ahora se mudó al Cerro, se mantiene en contacto con los educadores porque le dijeron que “cualquier cosa que necesite podía contar con su respaldo”. En el programa terminó en un año quinto y sexto de escuela, escolaridad que le había quedado pendientes tras abandonar la Primaria. Después accedió a una capacitación en albañilería, aunque admite que tiene intenciones de aprender más en esa área más adelante. Lleva casi 10 meses trabajando en una empresa de poda y cuenta con orgullo que ya logró un primer ascenso (pasó de ser peón a achicador) y explica que ese empleo le permite ir recorriendo la ciudad y también visitar zonas del interior para desarrollar su tarea. “Está bueno hacer ese esfuerzo que te requiere el programa. Yo se lo recomiendo a mis amigos porque te da muchas posibilidades para empezar a mejorar. En mi casa están muy contentos y me dicen que siga para adelante, que no afloje”, relata José en diálogo con El País.

SABER MÁS

"Existe una atomización en las políticas sociales"


Diego Olivera, coordinador de Jóvenes en Red, dijo a El País que al realizar el trabajo de campo se articula con otros programas sociales y con las ONG, aunque aclaró que el grado de coordinación "quizá no es el ideal". "Tenemos cierto grado de atomización en las políticas públicas en general y también en las políticas sociales.

Creo que a veces hemos caído en cierto error de generar una cantidad excesiva de programas; se van superponiendo a los programas existentes otros nuevos que se van creando, y a veces no le damos una correcta organización al conjunto de los programas", admitió el jerarca.

Olivera opinó que el Consejo Nacional de Políticas Públicas podría mirar la globalidad de los planes: "Es importante generar niveles de articulación, mejorar en ese sentido", afirmó el coordinador.

En ese marco, explicó que en total entre 15.000 y 20.000 jóvenes son alcanzados por distintos programas del Ministerio de Desarrollo Social (Mides), del sistema educativo y del INAU, y dijo que debe ser un objetivo central el hecho de poder "afinar la mirada sobre qué programa es más pertinente para cada situación".

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