MARCELLO FIGUEREDO
Por más que intento e intento, no lo consigo. Busco noticias alentadoras para alegrarles el domingo pero lo único que encuentro es la alargada sombra de la crisis, que oscurece pronósticos en todas partes del mundo. Con decirles que, de pronto, Uruguay parece un oasis de optimismo: un país jubiloso tras la hazaña de un empate en la altura y entregado al entretenido torneo de descubrir quién gobernará sus destinos a partir de 2010. Qué felices que somos.
Pero el mundo real está en otra cosa. Leo en el londinense The Sunday Times un simpático artículo escrito por un tal Ruby Warrington, que propone 50 maneras de ser un recessionista. Comparando cómo eran los ingleses hasta hace unos pocos meses y cómo serán de ahora en más, Warrington ofrece irónicas pistas. Por ejemplo: el botox cederá paso a las terapias detox; las chicas que antes se la pasaban revolviendo boutiques vintage ahora deberán atacar el altillo de sus abuelitas; los que se prodigaban con el té de la tarde en el Ritz tendrán que conformarse con una pizca de ron en su taza de chocolate caliente; las escapadas románticas de fin de semana habrán de ser sustituidas por maratones caseras de DVD`s y delivery; en lugar de despilfarrar dinero en esa nueva bufanda de cashmere habrá que unirse a un grupo de tejido; el postergado jacuzzi para el jardín será sustituido por baños de inmersión de una hora; la compra de zapatos nuevos por media suela y taco en los viejos, y la terapia paga con el sicoanalista por el cotorreo con los amigos. Los ingleses han pasado cosas peores, así que sabrán superarlo.
En el New York Times, y con otra cuota de humor, Roger Cohen también se esfuerza en encontrarle el lado bueno a la depresión económica. Según él, de aquí en adelante tal vez pueda disfrutarse de una fiesta en Manhattan sin que nadie alardee con el valor creciente de su propiedad. Con un poco de suerte, la fiebre por el BlackBerry, otro obstáculo habitual para disfrutar de las veladas, debería aplacarse. Volverán a ponerse de moda consejos para usar el saquito de té dos veces, comprar una caja fuerte barata y criar pollos en casa. Habrá más lugar en los aviones y el look homeless se volverá furor. Como dice un serio despacho de AFP firmado por Karen Zeitvogel, Estados Unidos está descubriendo a la fuerza las bondades del ahorro. Denise, una norteamericana de 51 años, contó a la agencia de noticias que ahora sólo su hijo adolescente usa el auto de la casa, y que cuando lleva a alguien a algún lado, le pide una contribución para la nafta. Barbara Dafoe, coautora del informe Por un nuevo ahorro, sostiene que tras años de crédito fácil y endeudamiento, la crisis ha reavivado el interés por la frugalidad entre los estadounidenses, cuyos inmigrantes puritanos construyeron el país sobre la base del trabajo duro y la sensatez financiera. "Hace dos o tres años" -dice Dafoe- "si mencionabas la palabra ahorro la gente se habría reído de ti y habría dicho: eso es muy del siglo XIX".
Pero ahora, el viejo y sabio capitalismo vuelve a demostrar que a veces hay que dar un paso atrás para dar dos adelante. ¿O eso era el leninismo?